Puertas con llave

Emilio se despertó a las seis. Mi esposa, que abre el ojo con cualquier ruido que venga de su cuarto, lo sintió moverse y pronunciar bajito las tres palabras que hasta ahora repite. No estaba llorando. Me levanté a cargarlo, como todas las mañanas, y al intentar abrir la puerta me di cuenta de que estaba con llave. Giré la chapa sólo para enfrentarme a ese bloqueo que creí terminaría cediendo si seguía agitando con fuerza. Recordé entonces que jamás, desde que llegamos a este apartamento, nos habían entregado la llave de ningún cuarto. Nunca pensamos que fueran necesarias; en ningún momento se nos pasó por la cabeza una cosa así. Y ahí estábamos: dos padres primerizos angustiados y un niño de diez meses encerrado en una habitación. Nos separaba una puerta que en ese momento parecía una barrera enorme, tan grande como nuestra angustia.

Fue entonces cuando caímos en cuenta que la noche anterior, durante una comida familiar, el hijo de una prima a la que no veíamos hace tiempo estuvo jugando con las puertas de la casa, poniéndoles el seguro, corriendo por todas partes, dejando las cosas patas arriba. Era un niño, no tenía la culpa. Nadie la tenía. Así que cuando cerramos la puerta para aislar a Emilio del ruido no sabíamos nada. Sólo nos dimos cuenta esa madrugada, mientras mirábamos el reloj angustiados y yo intentaba sin éxito abrir la puerta con cuchillos, alambres y destornilladores.

Nada.

Bloqueada.

Emilio no lloraba, pero mi esposa comenzó a angustiarse tanto que las lágrimas no tardaron en saltarse. ¿Qué íbamos a hacer a esa hora? Pensé en tumbar la puerta o coger la chapa a martillazos (¡qué ingenuo!), hasta que recordé un imán pegado en la nevera con los datos de una ferretería cercana. Ver el letrero de “24 horas” en la parte superior fue como un salvavidas. Con tono de angustia le pedí al ferretero que viniera pronto, que estábamos a la vuelta, que había un niño encerrado, por favor, apúrese. No tardó más de diez minutos en llegar a casa, los suficientes para entender que detrás de todo padre reside un miedo oculto, un temor inmenso que salta con cualquier cosa, hasta con la más mínima pequeñez: una puerta cerrada con llave. Y tras él viene la culpa, las recriminaciones inevitables: ¿Por qué no me fijé? ¿Cómo no pensé antes en que algo así acabaría sucediendo?

Al final no pasó nada: el hombre abrió la puerta en menos de cinco minutos y Emilio estaba en su cuna, mirándonos con esos ojos grandes que quieren conocerlo todo. Nunca lloró, pero el episodio nos reafirmó la certeza de que crecer implica vivir y eso es sinónimo de riesgo. No estoy diciendo nada nuevo, lo sé: así es la vida. Los años traerán decenas de episodios similares, graves de verdad, algunos ante los cuales podremos hacer muy poco, y saber eso es lo que mantiene vivo el miedo. Es como una bestia al acecho que sólo podemos olvidar por momentos. Pero ser padre es haber adquirido un temor que, aunque sepamos llevar, está ahí, oculto tras las puertas con llave.