Estudiante destacado


Una fotografía desencadena una serie de recuerdos de trago, drogas, luces en el cielo y una vieja amistad echada a perder. 


La foto del anuario que me envió mamá al celular revelaba mi cara de pelado tras unas gafas enormes de marco grueso. Debajo de esa vieja imagen en blanco y negro vi también la de Francisco acompañada por una breve anotación: “estudiante destacado”. Pasé de mis viejos traumas de infancia y me quedé mirando a Pacho, como le dijimos siempre, mientras pensaba cómo fue que alguien a quien todos reconocíamos como un tipo sobresaliente, con un talento innato para el dibujo, acabó echándose a perder. En qué momento sucedió. Cuándo fue que la vida le pasó por encima y se quedó atrás. 

Y pensé también que yo sabía —que todos sabíamos— las respuestas.

***

Fue en Manizales, durante unas ferias. Por alguna extraña casualidad acabamos reencontrándonos varios ex compañeros de colegio, y celebramos la coincidencia bebiendo como si no hubiera mañana. Tal y como lo hacíamos cuando aún estudiábamos juntos y el futuro no era aún algo por lo que debíamos preocuparnos. Desocupamos un montón de botellas en un bar de la avenida, y luego rematamos la fiesta en casa de alguno de ellos.

A eso de las tres de la mañana surgió el tema de Pacho. Alguien dijo que sus padres lo habían traído de Canadá, donde llevaba años rehabilitándose, y que estaba quedándose en su finca de Pereira, a la que fuimos varias veces de paseo.

—¿Qué tal si salimos ya a verlo? —propuso alguno. Y aunque era una idea descabellada, con tanto trago en la cabeza nos pareció razonable.

Compramos otra botella de aguardiente y cogimos la carretera que lleva a Pereira en el carro de un amigo. Entre las nieblas del trago y los estragos de la memoria, acabamos llegando cuando ya estaba amaneciendo.

"Celebramos la coincidencia bebiendo como si no hubiera mañana. Tal y como hacíamos cuando aún estudiábamos juntos y el futuro no era aún algo por lo que debíamos preocuparnos".

La madre de Pacho salió a recibirnos sorprendida; después de estamparnos un beso a cada uno, nos dijo que pasáramos al cuarto, que él estaba dormido pero seguro se alegraría de vernos. Caminamos por los corredores de la casa, vimos la piscina al fondo, y llegamos a una habitación grande ocupada con varios camarotes. Ahí estaba Pacho, tal y como lo recordábamos; un poco más flaco, tal vez.

Pero bastó que se incorporara a medias para que entendiéramos que era otro.

Durante el tiempo que pasamos allí resultó imposible quebrar el hielo. Ni siquiera el trago ayudó. Pacho se mantenía sentado en la cama, medio tapado aún con una sábana y la mirada perdida en algún punto del infinito. No llamó a ninguno de nosotros por el nombre, pese a que crecimos juntos durante casi quince años. No nos preguntó cómo estábamos. No pareció interesarse especialmente por nadie. Solo mantenía una sonrisa ausente en su rostro; una sonrisa triste. Salimos del cuarto, desayunamos con él en silencio y emprendimos el camino de vuelta sin decir una palabra.

Ya no estábamos borrachos; en el ambiente flotaba un silencio incómodo que ninguno de nosotros fue capaz de quebrar. Llegamos a Manizales y nos fuimos a dormir sin hablar una palabra más del asunto.

***

Era todavía un niño cuando empecé a entender que Pacho no solía comportarse de manera normal. O al menos no siempre. Vivíamos cerca, los dos: él en una casa enorme de tres plantas sobre la avenida Paralela, entrando al barrio Palermo, y yo unas cuadras más abajo, donde acaba una pendiente larga cerca al centro comercial Sancancio. Una tarde, recién llegado del colegio, sonó el teléfono.

—Quiubo —me dijo, agitado—. ¿Puedo ir a su casa ya? Me están asustando aquí.

Llegó pocos minutos después, nervioso y con la camiseta por fuera. Me contó que había escuchado voces que lo llamaban por su nombre y que quiso salir corriendo de su casa. En la noche su madre fue a recogerlo, y luego olvidamos el episodio.


"Era todavía un niño cuando empecé a entender que Pacho no solía comportarse de manera normal. O al menos no siempre". 

Aunque con los años nos volvimos muy cercanos, siempre me costó trabajo entender sus cambios de ánimo. En un momento estaba tranquilo, abierto, y al minuto siguiente se sumía en un silencio largo, como si se recogiera a sí mismo en un caparazón. Una vez, durante un concierto, me clavó un puño a un costado de la espalda sin ninguna explicación. En el colegio se quedaba dormido en las canchas de fútbol, usando el saco como almohada. Se hundía en un mutismo que ninguno de nosotros podía explicar.

Y entonces llegaron las drogas.

***

Cuando llegué a vivir a Bogotá, Pacho completaba un año largo en la capital. Yo no lo sabía, pero por entonces parece que ya era un consumidor habitual. Me instalé en un pequeño apartaestudio cerca de la Universidad Javeriana, en un edificio viejo que quedaba detrás de un caño, abajo de la carrera séptima. Como extrañaba la vida que había llevado hasta entonces —y a la gente que había hecho parte de ella—, aprovechaba cualquier oportunidad para viajar a Manizales o invitar a mis antiguos amigos a la casa. Me sentía solo y estar con gente era una manera de llenar el vacío.



Una noche fue Pacho. Destapamos una botella de aguardiente y nos pusimos a charlar; varios tragos más tarde, empezó a contarme una historia rarísima. Dijo que hacía poco había tomado un bus rumbo a Manizales; que cuando estaban subiendo a Letras, en el último tramo del camino, se vararon. Era de noche y el cielo estaba despejado. Mientras el conductor arreglaba el bus, él aprovechó para bajarse y pasar el alambrado que separaba la carretera de un potrero. Se alejó del lugar donde estaba estacionado y se sentó en la hierba, mirando las estrellas. Entonces, dijo, vio una luz intensa a lo lejos que comenzó a acercarse poco a poco, a hacerse más grande. Venía hacia él. «No sentí miedo —me aseguró—. Al contrario: me invadió una calma que jamás había experimentado».

Eso fue todo.

Luego regresó al bus y arrancaron cuando el conductor solucionó la falla.

***

No recuerdo en qué momento Pacho abandonó la carrera en la universidad y se fue a vivir a Canadá, donde estaba su hermano mayor. No recuerdo, tampoco, cuándo empezamos a alejarnos. Por entonces la única red social que existía era el chat de Messenger, del que empezó a ausentarse hasta desaparecer. Un par de años más tarde, cuando llevaba ya un tiempo radicado en ese país, un amigo cercano fue a visitarlo y lo vio fregado: nos contó que lo había visitado en una habitación minúscula, y que durante el tiempo que estuvieron juntos no lograron sostener una conversación coherente. Que sólo le dijo disparates.

No hace mucho, uno de mis grandes amigos de la vida (que conocí hace años gracias a Pacho), me contó que una vez, estando en Manizales, lo había recogido en el carro. Llevaba una camisa de manga larga metida por dentro y pocas veces volteó a mirarlo a los ojos. Conversaron mientras daban una vuelta y no lo vio tan mal, pero me confesó que quedó impresionado porque todo el tiempo lo llamó por su nombre y no por el apodo con que todo el mundo lo conoce. Lo último que supimos fue que regresó a Canadá y ahora vive bien, parece, alejado de las drogas. Hace trabajo social. Está medicado contra una enfermedad mental.

Pero no habla con ninguno de nosotros. No sabemos nada de él. Yo volví a recordarlo por culpa de una foto vieja de anuario. Y no he podido sacarme de la cabeza el mensaje de “estudiante destacado” que estaba bajo su imagen.  



Como la vida


«Qué libro, pana», me dijo un amigo. «Tenés que leerlo». Y aunque esa sola advertencia era ya un buen preámbulo, sucedió que, dos días después, me topé con la columna de un escritor recomendándolo, y un comentario de esos que acompañan las portadas y que acabó de antojarme aún más (aunque ya sabemos que es difícil confiar en esos elogios): “es el debut que he estado esperando”, escribe Junot Díaz. (¡Junot, carajo! ¡La maravillosa vida breve de Óscar Wao!).

            Lo cierto es que Vida, de Patricia Engel, no decepciona. En ningún momento. Y puedo tratar de adivinar la razón por la que emocionó a Díaz: porque, al igual que en sus historias, los protagonistas son esa generación de estadounidenses hijos de inmigrantes –en el caso de Patricia, sus padres son colombianos–, que llegaron tras el ya manido sueño americano. Es por eso que durante los nueve relatos de este libro, narrados por la misma protagonista, Sabina, Colombia flota como un fantasma: como esa patria lejana de la que hablan los padres en casa, donde la vida no vale un carajo, y en la que matan, secuestran, y se roban la plata. Pero nada más. Colombia es una conversación en la cocina, un eterno lamento y un dolor en el corazón; tal como la ven, a fin de cuentas, todos los inmigrantes.



            Pero lo mejor de este libro, creo, es la prosa de Engel. La forma en que, con frases concisas, logra pintar a los personajes tan reales, tan vivos: gente que dice una cosa y hace otra, igual que nos ha pasado a todos, tantas veces. Como esa vez que Sabina deja a uno de sus novios porque se entera de que se acostó con otra, y antes de buscarlo otra vez dice: «Y luego me derrumbé, porque soy como todo el mundo, y no puedo hacer nada basada en verdaderos principios». Creo que eso es lo que me gusta: que los personajes se comportan como cualquier persona, y por eso se quedan en el lector más allá de las páginas. Y eso es un logro tremendo.

            En fin, que hay de todo, aquí: amor, desamor, muerte, desarraigo, relaciones humanas, amistad… y no tiene ni siquiera 200 páginas.  Así las cosas, ¿para qué esperar, entonces?  

Una vez estuve muerto*


El viernes 7 de diciembre de 2012 estoy muerto durante varios minutos, quizá horas. Yo me entero después del accidente, como lo saben en su momento algunos amigos y familiares cercanos, y cuando entiendo quedo helado. Como ellos. Como todos. Una de las primeras en saberlo es Fabiola Ospina, la mamá de uno de mis mejores amigos; alguien, no sé quién, le cuenta esa mañana lo que ya se dice por todo Manizales: que Martín Franco y un amigo han muerto en un accidente de carretera.  

Fabiola piensa que el amigo de su hijo está muerto. Angustiada, llama a Silvia, la socia de mi mamá en el jardín infantil que tienen hace casi treinta años, para preguntarle si yo salí de viaje en la mañana. Silvia le responde que no sabe, que mi madre no le ha dicho nada, y entonces Fabiola le cuenta. A Silvia le parece muy raro –como es raro lo que sucede alrededor del momento de una muerte– y cuando cuelga decide averiguar por su cuenta. Me imagino la escena: antes de marcar un número de teléfono, Silvia le echa una mirada a mi madre en la oficina, ubicada al lado del salón de los niños más pequeños, y la ve sentada detrás de su escritorio, indiferente a todo, quizás revisando unos papeles, tal vez haciendo algún oficio rutinario. No sé. Silvia sabe, o cree tener, lo que puede ser una noticia fatídica para ella, algo que en cuestión de instantes podría voltear su mundo al revés; mi madre, mientras tanto, no se imagina nada. En ese momento, esa mañana de viernes, yo podría estar muerto. Nadie lo sabe con certeza. O sí.

Silvia llama a Marta Gaviria, la socia de su marido en un almacén, y ella le dice que sí, que hubo un accidente, y que Martín Franco está muerto. Ella lo sabe, no sé bien por qué. Pero ese Martín Franco no soy yo, sino un homónimo al que me unen, sin haber sido nunca amigos, más de una extraña coincidencia: además del nombre y el apellido, ambos estudiamos en el mismo colegio (yo un año más arriba), y luego hicimos la carrera de periodismo (él en Manizales; yo, en Bogotá). En la noticia que publican al día siguiente en La Patria, el diario de la ciudad, dicen que Martín “escribió columnas de opinión en el periódico”, pero esa parte, al menos, no es cierta: las columnas las escribí yo durante un buen tiempo, y luego las dejé.

El destino es así y por eso cuando mi madre se entera tiene la suerte de saber, ahí mismo, que ese Martín Franco no es su hijo. Lo mismo les pasa a un par de conocidos que por un momento, minutos quizás, piensan que fui yo. Pero un instante de alivio significa uno de angustia para alguien más, otro que se niega a creerlo y espera a que le digan que no es cierto. Es lo que tiene, creo, una muerte inesperada: que entre el momento en que nos dicen lo que pasó y ese en que asumimos que no hay nada qué hacer, existe un espacio en el que esperamos que todo sea mentira. Casi nunca pasa, pero en este caso, por azar, fue así.

O no lo fue, al menos para mi madre. Lo extraño es que pudo haber sido diferente; quizá ella habría tenido que vivir ese momento de angustia si por cosas de la vida se entera de otra manera. ¿Martín Franco muerto? No es cierto, no puede ser. Y no lo fue. Yo sigo aquí varios años después, escribiendo esto ahora mismo, y al hacerlo he vuelto a mirar el perfil de Facebook de ese otro Martín Franco que se fue: cada vez menos, es verdad, pero la gente sigue escribiéndole cosas en el muro, como si él pudiera verlas, como negándose a creer que se fue. Eso es muy raro, como es raro lo que sucede alrededor de una muerte,  y como es raro pensar que alguna vez estuve muerto y que fue mentira.

O no, no del todo.

*Publicado en la edición 172 de El Malpensante.