miércoles 8 de julio de 2009

Es lo que hay

Llevo dos semanas en Málaga y una trabajando en la delegación de la agencia EFE. A veces me pregunto qué diablos estoy haciendo aquí. Cuando nos pusieron a escoger en qué ciudad de España queríamos hacer las prácticas, entré a la oficina de la delegada sin saber a dónde iría. Sólo sabía que tenía ganas de abandonar Madrid; que, aunque me encantaría volver una y mil veces a la capital, ocho meses habían sido suficientes. Sentía que el ciclo se había cumplido y la idea de comenzar otra vez no dejaba de atraerme. Pero cuando me senté detrás del escritorio no tenía ni la más mínima idea de lo que iba a pasar conmigo.

Fue ella la que me sugirió Málaga. Me convenció con dos o tres frases formales y yo, que no sabía mucho de la ciudad, acepté. Rápido y sencillo. Salí de allí con la única certeza de que me iría a un lugar distinto, nada más. Mientras los días en Madrid se agotaban me resistía a averiguar datos sobre la nueva ciudad; siempre he creído que es mejor hacerse una idea y luego llegar a descubrir lo equivocado que uno anda. Y en efecto, así sucedió. Aún hoy no estoy seguro de lo que me produce esta pequeña ciudad de playas y palmeras, pero supongo que es cuestión de tiempo.

Suena a lugar común, pero el tiempo es la única manera de poder empezar a sentir algo como propio. Mañana cumplo una semana en la que será mi casa durante lo que me resta en este país y aún no puedo decir que la cama en que duermo o el cuarto en el que me quedo sean míos. Al principio uno entra a invadir un espacio, a romper una rutina establecida, a alterar un orden. Y lo único que resta es esperar.

A veces ni siquiera sé para qué escribo estas cosas en el blog; otras ni para qué sirve tener uno. Unas más pienso que la cosa va muy en serio y que debería haber otro tono en las entradas, pero luego me doy cuenta de que, como dicen acá para justificarse, “es lo que hay”.

En realidad la respuesta a esas preguntas –que vuelven una y otra vez sobre este espacio–, me la dio hace poco Juan Gabriel Vásquez, en una entrevista que navegando por ahí vi en el blog (¿casualidad?) que tiene Mauricio Becerra en la revista Cambio. Dice Vásquez que “uno no escribe sobre lo que sabe: escribe para saber, para averiguar. No escribe para explicar sus opiniones, sino para descubrirlas”.

Para eso sirve escribir aquí, allá o donde sea. Para descubrir y descubrirse. Aunque la verdad no entiendo por qué terminé hablando de esto cuando empecé con otra cosa. ¿Quién dice que no es raro esto de escribir?

sábado 4 de julio de 2009

Bolaño, el detective salvaje

Los detectives salvajes
Anagrama

Sí, lo acepto: durante un buen rato me dio pereza cogerlo. Mucho bombo, mucha unanimidad con el tal Bolaño. Hasta me reía de los que le hacían culto. Y es que empecé mal, entrándole a La pista de hielo, que es aburrido. Pero Los detectives salvajes se empeñaba en cruzarse en mis lecturas y de un tiempo para acá me hacía ojitos. La agarré, al final, después del empujón que me dio el fisgón.

Puta, tengo que callarme la boca. Es que la historia de los real visceralistas me agarró desde el principio. Y aunque es un libro grandote uno va pasando las páginas sin darse cuenta. En mi caso no pude leer otra cosa; terminé dedicándole fidelidad absoluta a la novela, a Lima y a Belano, y un par de noches hasta soñé con ellos. Suena estúpido, lo sé, pero es cierto. Soñé que, como tantos otros, los había visto por ahí, en alguno de sus pasos fugaces por una ciudad perdida.

Lima y Belano. Los real visceralistas. No sé qué opinen los que la han leído, pero a mí me da la impresión de que en el fondo Bolaño era un mamador de gallo. Que ese poema de Césarea Tinajero es una burla a toda esa literatura de vanguardia que muchos hacen hoy en día. Que varios personajes están hechos para reírse en la cara de algunos de sus colegas. Y eso me encanta. Hay buenas frases, también, sobre literatura, amor, soledad. Sobre la vida misma. Dejo una, nada más: “El amor, no recuerdo qué clásico lo dijo, sonríe a los que triunfan”.

Decía, pues, que me callo la boca. Y anoto 2666 en la lista de pendientes, pero lo dejo para después después de un tiempo prudente. Ya llegará el día en que me dé un arrojo de valentía y me meta en esa mole de no sé cuántas páginas. Ya llegará.

jueves 2 de julio de 2009

Málaga

El paisaje es siempre el mismo: los árboles de olivos, tan pequeños, con sus hojas secas y los troncos alargados. La tierra es árida. Siete horas de bus hacia el sur de Madrid está Málaga. Andalucía, tierra de flamenco.

El casco histórico se parece al resto. Todos son similares: iglesias barrocas, pasajes peatonales y edificios viejos. La avenida principal es una alameda larga por la que se puede caminar bajo la sombra. Luego se prolonga, atraviesa un parque y sigue, sigue, sigue hasta que termina en la playa.

Hace calor y a veces huele mal. Las mujeres tienen la piel morena, tostada por el sol. Llevan los vestidos cortos.

Málaga es cálida. Me gusta caminar por el centro. Ayer encontré una librería grande a donde he vuelto un par de veces, pero ahora no tengo dinero para antojarme. Esta mañana abandoné la residencia donde me había estado quedando y fui con las maletas a mi nueva casa, un apartamento grande y con terraza que compartiré con tres españolas. La habitación es pequeña.

Por ahora me adapto. Aún no conozco a nadie pero supongo que es cuestión de tiempo. Hace dos días caminé por la playa y me quedé un rato viendo los turistas. Luego me tomé una cerveza y regresé por la Alameda. Es bueno volver a comenzar.

Matamoscas  © Blogger template por Emporium Digital 2008

Voltar para o TOPO