Como la vida


«Qué libro, pana», me dijo un amigo. «Tenés que leerlo». Y aunque esa sola advertencia era ya un buen preámbulo, sucedió que, dos días después, me topé con la columna de un escritor recomendándolo, y un comentario de esos que acompañan las portadas y que acabó de antojarme aún más (aunque ya sabemos que es difícil confiar en esos elogios): “es el debut que he estado esperando”, escribe Junot Díaz. (¡Junot, carajo! ¡La maravillosa vida breve de Óscar Wao!).

            Lo cierto es que Vida, de Patricia Engel, no decepciona. En ningún momento. Y puedo tratar de adivinar la razón por la que emocionó a Díaz: porque, al igual que en sus historias, los protagonistas son esa generación de estadounidenses hijos de inmigrantes –en el caso de Patricia, sus padres son colombianos–, que llegaron tras el ya manido sueño americano. Es por eso que durante los nueve relatos de este libro, narrados por la misma protagonista, Sabina, Colombia flota como un fantasma: como esa patria lejana de la que hablan los padres en casa, donde la vida no vale un carajo, y en la que matan, secuestran, y se roban la plata. Pero nada más. Colombia es una conversación en la cocina, un eterno lamento y un dolor en el corazón; tal como la ven, a fin de cuentas, todos los inmigrantes.



            Pero lo mejor de este libro, creo, es la prosa de Engel. La forma en que, con frases concisas, logra pintar a los personajes tan reales, tan vivos: gente que dice una cosa y hace otra, igual que nos ha pasado a todos, tantas veces. Como esa vez que Sabina deja a uno de sus novios porque se entera de que se acostó con otra, y antes de buscarlo otra vez dice: «Y luego me derrumbé, porque soy como todo el mundo, y no puedo hacer nada basada en verdaderos principios». Creo que eso es lo que me gusta: que los personajes se comportan como cualquier persona, y por eso se quedan en el lector más allá de las páginas. Y eso es un logro tremendo.

            En fin, que hay de todo, aquí: amor, desamor, muerte, desarraigo, relaciones humanas, amistad… y no tiene ni siquiera 200 páginas.  Así las cosas, ¿para qué esperar, entonces?  

Una vez estuve muerto*


El viernes 7 de diciembre de 2012 estoy muerto durante varios minutos, quizá horas. Yo me entero después del accidente, como lo saben en su momento algunos amigos y familiares cercanos, y cuando entiendo quedo helado. Como ellos. Como todos. Una de las primeras en saberlo es Fabiola Ospina, la mamá de uno de mis mejores amigos; alguien, no sé quién, le cuenta esa mañana lo que ya se dice por todo Manizales: que Martín Franco y un amigo han muerto en un accidente de carretera.  

Fabiola piensa que el amigo de su hijo está muerto. Angustiada, llama a Silvia, la socia de mi mamá en el jardín infantil que tienen hace casi treinta años, para preguntarle si yo salí de viaje en la mañana. Silvia le responde que no sabe, que mi madre no le ha dicho nada, y entonces Fabiola le cuenta. A Silvia le parece muy raro –como es raro lo que sucede alrededor del momento de una muerte– y cuando cuelga decide averiguar por su cuenta. Me imagino la escena: antes de marcar un número de teléfono, Silvia le echa una mirada a mi madre en la oficina, ubicada al lado del salón de los niños más pequeños, y la ve sentada detrás de su escritorio, indiferente a todo, quizás revisando unos papeles, tal vez haciendo algún oficio rutinario. No sé. Silvia sabe, o cree tener, lo que puede ser una noticia fatídica para ella, algo que en cuestión de instantes podría voltear su mundo al revés; mi madre, mientras tanto, no se imagina nada. En ese momento, esa mañana de viernes, yo podría estar muerto. Nadie lo sabe con certeza. O sí.

Silvia llama a Marta Gaviria, la socia de su marido en un almacén, y ella le dice que sí, que hubo un accidente, y que Martín Franco está muerto. Ella lo sabe, no sé bien por qué. Pero ese Martín Franco no soy yo, sino un homónimo al que me unen, sin haber sido nunca amigos, más de una extraña coincidencia: además del nombre y el apellido, ambos estudiamos en el mismo colegio (yo un año más arriba), y luego hicimos la carrera de periodismo (él en Manizales; yo, en Bogotá). En la noticia que publican al día siguiente en La Patria, el diario de la ciudad, dicen que Martín “escribió columnas de opinión en el periódico”, pero esa parte, al menos, no es cierta: las columnas las escribí yo durante un buen tiempo, y luego las dejé.

El destino es así y por eso cuando mi madre se entera tiene la suerte de saber, ahí mismo, que ese Martín Franco no es su hijo. Lo mismo les pasa a un par de conocidos que por un momento, minutos quizás, piensan que fui yo. Pero un instante de alivio significa uno de angustia para alguien más, otro que se niega a creerlo y espera a que le digan que no es cierto. Es lo que tiene, creo, una muerte inesperada: que entre el momento en que nos dicen lo que pasó y ese en que asumimos que no hay nada qué hacer, existe un espacio en el que esperamos que todo sea mentira. Casi nunca pasa, pero en este caso, por azar, fue así.

O no lo fue, al menos para mi madre. Lo extraño es que pudo haber sido diferente; quizá ella habría tenido que vivir ese momento de angustia si por cosas de la vida se entera de otra manera. ¿Martín Franco muerto? No es cierto, no puede ser. Y no lo fue. Yo sigo aquí varios años después, escribiendo esto ahora mismo, y al hacerlo he vuelto a mirar el perfil de Facebook de ese otro Martín Franco que se fue: cada vez menos, es verdad, pero la gente sigue escribiéndole cosas en el muro, como si él pudiera verlas, como negándose a creer que se fue. Eso es muy raro, como es raro lo que sucede alrededor de una muerte,  y como es raro pensar que alguna vez estuve muerto y que fue mentira.

O no, no del todo.

*Publicado en la edición 172 de El Malpensante. 

Ansiedad: mal de muchos*

El día en que Beatriz Pinedo se enteró de que su madre tenía cáncer, empacó maletas y regresó a Riohacha. Por esa época vivía en Bogotá, estudiaba Relaciones Internacionales en la Universidad del Rosario y había sido, en 2007, reina Nacional del Bambuco. Cuando la enfermedad se llevó a su mamá, en agosto de 2012, Beatriz se quedó junto a su familia; un año más tarde sintió que era el momento de retomar su vida.

Y ahí sucedió.  “De repente me entró la angustia –recuerda–. No podía dormir ni tampoco me daba hambre, no sentía ganas de comer. En la universidad, cuando me iban a evaluar, temblaba como si fuera la cosa más terrible. Estaba muy nerviosa”.

La ansiedad comenzó a hacerse cada vez más grande; desesperada, buscó ayuda. Un siquiatra le recetó ansiolíticos y antidepresivos que tomó durante tres meses y le ayudaron a sentirse mejor. También compró unos tenis y salió a trotar. Dos años más tarde, Beatriz ha encontrado otras maneras de lidiar con la enfermedad: buscó a Dios y ahora es cristiana, y en sus ratos libres hace Kick-boxing, cocina y estudia francés. Cosas que le han ayudado a hacer la vida más llevadera y mantener la ansiedad a raya.


Algo similar le ocurrió a Ariel Gómez Jiménez, de 76 años, quien luego de una arritmia cardiaca, que lo obligó a pasar unos días en el hospital, comenzó a sufrir una crisis de ansiedad. “Se me metió en la cabeza que iba a morirme y eso me hizo sentir mucha angustia –cuenta–. No me hallaba en ninguna parte, en la noche cambiaba de sitio en la cama, no podía dormir. De pronto estaba viendo televisión y me daba una confusión tan terrible que no sabía para dónde coger”.  El siquiatra le recetó Sertralina, un antidepresivo que inhibe la recaptación de serotonina y lo ha ayudado a sentirse mejor.  Hoy mantiene la enfermedad controlada gracias, entre otras cosas, a que hace un año fue abuelo, lo que se ha convertido en un motivo para seguir adelante.  

Casos como los anteriores se repiten cada vez con mayor frecuencia el mundo, y Colombia no es la excepción. El último Estudio de Salud Mental realizado en el país, en 2003 –que incluyó una muestra de 4.500 adultos en 25 departamentos y más de 1.000 municipios–, reveló que el trastorno más experimentado por los colombianos hasta entonces era el de ansiedad (19,4%), seguido por los trastornos del estado de ánimo (15%) y los generados por el abuso de sustancias psicoactivas (10%). El estudio reveló también que los trastornos de ansiedad pueden comenzar a afectar a un individuo desde los seis años, sin importar su condición económica o nivel de escolaridad. Los datos a nivel mundial no son mucho más alentadores: un análisis global publicado en 2006 en el Canadian Journal of Psychiatry arrojó la conclusión de que una de cada seis personas padecerá un trastorno de ansiedad durante al menos un año en el transcurso de su vida. En países como Estados Unidos, según el Instituto Nacional de Salud Mental, unos 40 millones de ciudadanos –uno de cada siete, en promedio– sufren actualmente trastornos de ansiedad. Así, pues, ¿qué nos está llevando a estar al borde de un ataque de nervios?       

En búsqueda de una definición
La ansiedad es una respuesta normal del cuerpo ante algunas situaciones cotidianas y está comprobado que cierto grado de ella resulta incluso deseable para afrontar las “amenazas” que se presentan en la vida diaria. El problema empieza cuando este sentimiento se desborda y se convierte en una patología que puede hacer de la vida un verdadero tormento.
 
Pese a que se definió como tal apenas durante la segunda mitad del siglo XX, la ansiedad no es un trastorno nuevo. Hasta antes de que se probara científicamente la responsabilidad de los componentes químicos del cerebro en la generación de la angustia, filósofos como Soren Kierkegaard, en el siglo XIX, y sicólogos como Sigmund Freud ya habían abordado las raíces desde el lado espiritual, definiendo la ansiedad como “un malestar difuso pero ineludible sin una causa directa ni aparente”.

En 1952 la Asociación Estadounidense de Siquiatría publicó el primer tomo del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM), que se convirtió en la “biblia” para que médicos e investigadores de la salud en el mundo pudieran definir la clasificación de los trastornos mentales. Y aunque la ansiedad sólo entró a hacer parte del DSM en su tercera versión, publicada en 1980, ya en el siglo I filósofos como Epiteto, y médicos como Galeno e Hipócrates, en siglo IV a.C, planteaban el tema desde dos las perspectivas que se mantienen hasta hoy: sicológicas y biológicas. Mientras que el primero decía que las raíces de la ansiedad no se encontraban en la biología sino en la forma como percibíamos la realidad, Hipócrates, el gran médico de la antigua Grecia, atribuía el problema a un mal físico.


Hoy en día, gracias a las investigaciones del neurocientífico Joseph LeDoux en los años ochenta, sabemos “que las emociones y los comportamientos de temor son producidos de un modo u otro (o al menos procesados a través de) la amígdala cerebral, un diminuto órgano con forma de almendra, situado en la base del cerebro”, según cuenta el periodista norteamericano Scot Stossel en el libro Ansiedad: miedo, esperanza y la búsqueda de la paz interior. Sabemos también que neurotransmisores como la serotonina y la dopamina juegan un papel importante en la reducción o el aumento de la ansiedad (de ahí el éxito de los medicamentos) y que, además, el trastorno tiene un fuerte componente genético. Eso sin olvidar que factores como el desarrollo de la primera infancia, las condiciones sociales, y los posibles traumas generados en el pasado son en gran parte responsables del comportamiento ansioso.

“Como casi todas las condiciones emocionales, la ansiedad tiene un componente relacionado con la historia de la persona, las memorias significativas que lo han llevado a ser quien es y una vivencia que ayuda a detonarla –explica Marisol Gómez, sicóloga de la Universidad Javeriana–. Si durante los primeros dos años hay imposición, distancia, exigencia sin escucha e incomprensión de lo que es capaz un niño, el resultado es una incapacidad del cerebro para producir dopamina suficiente que le permitirá estar centrado, calmo y apacible, condiciones que nos permiten aprender, discernir y decidir”.

El ritmo de los tiempos
Si bien la ansiedad y demás trastornos mentales suelen clasificarse como enfermedades modernas, lo cierto es que han acompañando a los hombres desde hace siglos. Está claro, sin embargo, que el ritmo de la sociedad actual, en el que la presión por el éxito y el dinero ha crecido de manera desmedida, contribuye a aumentar un mal que se expande como pólvora. “Los niveles de ansiedad han aumentado y afectan cada vez más a poblaciones jóvenes”, explica Gómez. “La modernidad pareciera exigir al hombre vivir sin vínculos profundos, en desconexión con la naturaleza y su propia identidad a un ritmo imparable que lo pone altamente ansioso”.


No es gratuito que en esta época hayan proliferado todo tipo de tendencias espirituales, desde el yoga hasta las iglesias Cristianas, que tienen, en última instancia y guardando las proporciones, el mismo fin: brindar a las personas un poco de esa tranquilidad que cada vez pierden más. En cualquier caso, y en vista de que un trastorno de ansiedad es también una enfermedad física, el uso de los medicamentos resulta casi siempre benéfico a pesar de las polémicas que giran alrededor de ellos.

Descubiertos por casualidad en la década de 1950, los fármacos para tratar los trastornos mentales, entre ellos la ansiedad, constituyen en la actualidad uno de los negocios más lucrativos del planeta (por poner solo un ejemplo, el Valium, que apareció en 1973, se convirtió en el primer medicamento en la historia en alcanzar ventas por 230 millones de dólares, más de mil millones actuales). Aunque se habla mucho acerca de la dependencia que producen este tipo de fármacos –y que puede resultar cierta, si hay abuso o se prolonga demasiado en el tiempo–, lo cierto es que tienen un efecto real sobre el sistema nervioso central que ayudan a paliar la enfermedad. De igual manera, sirve también para mantener la ansiedad a raya, entre otras, cosas como tener una vida espiritual fuerte, una alimentación balanceada o hacer ejercicio de manera regular.

Pero la realidad es que, como cualquier enfermedad crónica, no hay garantía de que la ansiedad pueda desaparecer por completo. Si se lleva el tratamiento apropiado y se adquieren hábitos de vida saludable, cualquiera puede convivir con el problema y llevar  una vida normal. Tal y como la llevan hoy, cada uno a su manera, Beatriz y Ariel. 

*Este texto apareció en la edición de octubre de la revista Bienestar Sánitas.