Ansiedad: mal de muchos*

El día en que Beatriz Pinedo se enteró de que su madre tenía cáncer, empacó maletas y regresó a Riohacha. Por esa época vivía en Bogotá, estudiaba Relaciones Internacionales en la Universidad del Rosario y había sido, en 2007, reina Nacional del Bambuco. Cuando la enfermedad se llevó a su mamá, en agosto de 2012, Beatriz se quedó junto a su familia; un año más tarde sintió que era el momento de retomar su vida.

Y ahí sucedió.  “De repente me entró la angustia –recuerda–. No podía dormir ni tampoco me daba hambre, no sentía ganas de comer. En la universidad, cuando me iban a evaluar, temblaba como si fuera la cosa más terrible. Estaba muy nerviosa”.

La ansiedad comenzó a hacerse cada vez más grande; desesperada, buscó ayuda. Un siquiatra le recetó ansiolíticos y antidepresivos que tomó durante tres meses y le ayudaron a sentirse mejor. También compró unos tenis y salió a trotar. Dos años más tarde, Beatriz ha encontrado otras maneras de lidiar con la enfermedad: buscó a Dios y ahora es cristiana, y en sus ratos libres hace Kick-boxing, cocina y estudia francés. Cosas que le han ayudado a hacer la vida más llevadera y mantener la ansiedad a raya.


Algo similar le ocurrió a Ariel Gómez Jiménez, de 76 años, quien luego de una arritmia cardiaca, que lo obligó a pasar unos días en el hospital, comenzó a sufrir una crisis de ansiedad. “Se me metió en la cabeza que iba a morirme y eso me hizo sentir mucha angustia –cuenta–. No me hallaba en ninguna parte, en la noche cambiaba de sitio en la cama, no podía dormir. De pronto estaba viendo televisión y me daba una confusión tan terrible que no sabía para dónde coger”.  El siquiatra le recetó Sertralina, un antidepresivo que inhibe la recaptación de serotonina y lo ha ayudado a sentirse mejor.  Hoy mantiene la enfermedad controlada gracias, entre otras cosas, a que hace un año fue abuelo, lo que se ha convertido en un motivo para seguir adelante.  

Casos como los anteriores se repiten cada vez con mayor frecuencia el mundo, y Colombia no es la excepción. El último Estudio de Salud Mental realizado en el país, en 2003 –que incluyó una muestra de 4.500 adultos en 25 departamentos y más de 1.000 municipios–, reveló que el trastorno más experimentado por los colombianos hasta entonces era el de ansiedad (19,4%), seguido por los trastornos del estado de ánimo (15%) y los generados por el abuso de sustancias psicoactivas (10%). El estudio reveló también que los trastornos de ansiedad pueden comenzar a afectar a un individuo desde los seis años, sin importar su condición económica o nivel de escolaridad. Los datos a nivel mundial no son mucho más alentadores: un análisis global publicado en 2006 en el Canadian Journal of Psychiatry arrojó la conclusión de que una de cada seis personas padecerá un trastorno de ansiedad durante al menos un año en el transcurso de su vida. En países como Estados Unidos, según el Instituto Nacional de Salud Mental, unos 40 millones de ciudadanos –uno de cada siete, en promedio– sufren actualmente trastornos de ansiedad. Así, pues, ¿qué nos está llevando a estar al borde de un ataque de nervios?       

En búsqueda de una definición
La ansiedad es una respuesta normal del cuerpo ante algunas situaciones cotidianas y está comprobado que cierto grado de ella resulta incluso deseable para afrontar las “amenazas” que se presentan en la vida diaria. El problema empieza cuando este sentimiento se desborda y se convierte en una patología que puede hacer de la vida un verdadero tormento.
 
Pese a que se definió como tal apenas durante la segunda mitad del siglo XX, la ansiedad no es un trastorno nuevo. Hasta antes de que se probara científicamente la responsabilidad de los componentes químicos del cerebro en la generación de la angustia, filósofos como Soren Kierkegaard, en el siglo XIX, y sicólogos como Sigmund Freud ya habían abordado las raíces desde el lado espiritual, definiendo la ansiedad como “un malestar difuso pero ineludible sin una causa directa ni aparente”.

En 1952 la Asociación Estadounidense de Siquiatría publicó el primer tomo del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM), que se convirtió en la “biblia” para que médicos e investigadores de la salud en el mundo pudieran definir la clasificación de los trastornos mentales. Y aunque la ansiedad sólo entró a hacer parte del DSM en su tercera versión, publicada en 1980, ya en el siglo I filósofos como Epiteto, y médicos como Galeno e Hipócrates, en siglo IV a.C, planteaban el tema desde dos las perspectivas que se mantienen hasta hoy: sicológicas y biológicas. Mientras que el primero decía que las raíces de la ansiedad no se encontraban en la biología sino en la forma como percibíamos la realidad, Hipócrates, el gran médico de la antigua Grecia, atribuía el problema a un mal físico.


Hoy en día, gracias a las investigaciones del neurocientífico Joseph LeDoux en los años ochenta, sabemos “que las emociones y los comportamientos de temor son producidos de un modo u otro (o al menos procesados a través de) la amígdala cerebral, un diminuto órgano con forma de almendra, situado en la base del cerebro”, según cuenta el periodista norteamericano Scot Stossel en el libro Ansiedad: miedo, esperanza y la búsqueda de la paz interior. Sabemos también que neurotransmisores como la serotonina y la dopamina juegan un papel importante en la reducción o el aumento de la ansiedad (de ahí el éxito de los medicamentos) y que, además, el trastorno tiene un fuerte componente genético. Eso sin olvidar que factores como el desarrollo de la primera infancia, las condiciones sociales, y los posibles traumas generados en el pasado son en gran parte responsables del comportamiento ansioso.

“Como casi todas las condiciones emocionales, la ansiedad tiene un componente relacionado con la historia de la persona, las memorias significativas que lo han llevado a ser quien es y una vivencia que ayuda a detonarla –explica Marisol Gómez, sicóloga de la Universidad Javeriana–. Si durante los primeros dos años hay imposición, distancia, exigencia sin escucha e incomprensión de lo que es capaz un niño, el resultado es una incapacidad del cerebro para producir dopamina suficiente que le permitirá estar centrado, calmo y apacible, condiciones que nos permiten aprender, discernir y decidir”.

El ritmo de los tiempos
Si bien la ansiedad y demás trastornos mentales suelen clasificarse como enfermedades modernas, lo cierto es que han acompañando a los hombres desde hace siglos. Está claro, sin embargo, que el ritmo de la sociedad actual, en el que la presión por el éxito y el dinero ha crecido de manera desmedida, contribuye a aumentar un mal que se expande como pólvora. “Los niveles de ansiedad han aumentado y afectan cada vez más a poblaciones jóvenes”, explica Gómez. “La modernidad pareciera exigir al hombre vivir sin vínculos profundos, en desconexión con la naturaleza y su propia identidad a un ritmo imparable que lo pone altamente ansioso”.


No es gratuito que en esta época hayan proliferado todo tipo de tendencias espirituales, desde el yoga hasta las iglesias Cristianas, que tienen, en última instancia y guardando las proporciones, el mismo fin: brindar a las personas un poco de esa tranquilidad que cada vez pierden más. En cualquier caso, y en vista de que un trastorno de ansiedad es también una enfermedad física, el uso de los medicamentos resulta casi siempre benéfico a pesar de las polémicas que giran alrededor de ellos.

Descubiertos por casualidad en la década de 1950, los fármacos para tratar los trastornos mentales, entre ellos la ansiedad, constituyen en la actualidad uno de los negocios más lucrativos del planeta (por poner solo un ejemplo, el Valium, que apareció en 1973, se convirtió en el primer medicamento en la historia en alcanzar ventas por 230 millones de dólares, más de mil millones actuales). Aunque se habla mucho acerca de la dependencia que producen este tipo de fármacos –y que puede resultar cierta, si hay abuso o se prolonga demasiado en el tiempo–, lo cierto es que tienen un efecto real sobre el sistema nervioso central que ayudan a paliar la enfermedad. De igual manera, sirve también para mantener la ansiedad a raya, entre otras, cosas como tener una vida espiritual fuerte, una alimentación balanceada o hacer ejercicio de manera regular.

Pero la realidad es que, como cualquier enfermedad crónica, no hay garantía de que la ansiedad pueda desaparecer por completo. Si se lleva el tratamiento apropiado y se adquieren hábitos de vida saludable, cualquiera puede convivir con el problema y llevar  una vida normal. Tal y como la llevan hoy, cada uno a su manera, Beatriz y Ariel. 

*Este texto apareció en la edición de octubre de la revista Bienestar Sánitas. 

Puertas con llave

Emilio se despertó a las seis. Mi esposa, que abre el ojo con cualquier ruido que venga de su cuarto, lo sintió moverse y pronunciar bajito las tres palabras que hasta ahora repite. No estaba llorando. Me levanté a cargarlo, como todas las mañanas, y al intentar abrir la puerta me di cuenta de que estaba con llave. Giré la chapa sólo para enfrentarme a ese bloqueo que creí terminaría cediendo si seguía agitando con fuerza. Recordé entonces que jamás, desde que llegamos a este apartamento, nos habían entregado la llave de ningún cuarto. Nunca pensamos que fueran necesarias; en ningún momento se nos pasó por la cabeza una cosa así. Y ahí estábamos: dos padres primerizos angustiados y un niño de diez meses encerrado en una habitación. Nos separaba una puerta que en ese momento parecía una barrera enorme, tan grande como nuestra angustia.

Fue entonces cuando caímos en cuenta que la noche anterior, durante una comida familiar, el hijo de una prima a la que no veíamos hace tiempo estuvo jugando con las puertas de la casa, poniéndoles el seguro, corriendo por todas partes, dejando las cosas patas arriba. Era un niño, no tenía la culpa. Nadie la tenía. Así que cuando cerramos la puerta para aislar a Emilio del ruido no sabíamos nada. Sólo nos dimos cuenta esa madrugada, mientras mirábamos el reloj angustiados y yo intentaba sin éxito abrir la puerta con cuchillos, alambres y destornilladores.

Nada.

Bloqueada.

Emilio no lloraba, pero mi esposa comenzó a angustiarse tanto que las lágrimas no tardaron en saltarse. ¿Qué íbamos a hacer a esa hora? Pensé en tumbar la puerta o coger la chapa a martillazos (¡qué ingenuo!), hasta que recordé un imán pegado en la nevera con los datos de una ferretería cercana. Ver el letrero de “24 horas” en la parte superior fue como un salvavidas. Con tono de angustia le pedí al ferretero que viniera pronto, que estábamos a la vuelta, que había un niño encerrado, por favor, apúrese. No tardó más de diez minutos en llegar a casa, los suficientes para entender que detrás de todo padre reside un miedo oculto, un temor inmenso que salta con cualquier cosa, hasta con la más mínima pequeñez: una puerta cerrada con llave. Y tras él viene la culpa, las recriminaciones inevitables: ¿Por qué no me fijé? ¿Cómo no pensé antes en que algo así acabaría sucediendo?

Al final no pasó nada: el hombre abrió la puerta en menos de cinco minutos y Emilio estaba en su cuna, mirándonos con esos ojos grandes que quieren conocerlo todo. Nunca lloró, pero el episodio nos reafirmó la certeza de que crecer implica vivir y eso es sinónimo de riesgo. No estoy diciendo nada nuevo, lo sé: así es la vida. Los años traerán decenas de episodios similares, graves de verdad, algunos ante los cuales podremos hacer muy poco, y saber eso es lo que mantiene vivo el miedo. Es como una bestia al acecho que sólo podemos olvidar por momentos. Pero ser padre es haber adquirido un temor que, aunque sepamos llevar, está ahí, oculto tras las puertas con llave.


Tatuajes después de los treinta

¿Tiene algún sentido pintarse la piel a estas alturas de la vida?

Fue mi esposa quien lo propuso, poco después de que Emilio naciera. Sería, dijo, una bonita manera de recordar su llegada a nuestras vidas. Al principio no estuve muy convencido; nunca se me había pasado por la cabeza la idea de tatuarme, sobre todo por una razón esencial: dejarse un dibujo en la piel es algo para toda la vida, y bastan un par de meses para entender que eso que hoy nos gusta será mañana cosa del pasado. ¿Qué pasaría –solía pensar con respecto al tema–, si con el tiempo dejaba de reconocerme en lo que me había hecho? Ese era el miedo: el sentido de permanencia de los tatuajes, que casi siempre va en contra de lo que somos.

Sin contar, además, con lo patéticos que se ven los viejos llenos de tatuajes. El tatuaje por rebeldía que se hace en la juventud arroja una sombra de lástima con el pasar de las décadas. Basta ver a alguien entrado en años con el brazo lleno de figuras para sentir una especie de compasión antes que esbozar un gesto de horror (vaya prejuicio tonto, lo sé). Pero si jamás lo había considerado era por una razón todavía más simple: nunca he dejado de ser una persona convencional.

Aún así la propuesta me quedó sonando, sobre todo porque la llegada de Emilio fue un suceso que nos cambió la vida, y eso será algo que, pase lo que pase en los años por venir, no cambiará jamás. Un hijo pone a tambalear la idea de que nada es para siempre, porque cuando llega nos damos cuenta de que hay cosas que sí permanecerán: el amor incondicional y la certeza de que, más allá de lo que suceda en el futuro, el sentimiento permanecerá idéntico hasta la muerte.

Así que acepté. Me ahorraré los detalles –los dos whiskeys que tomé para disipar el miedo, el dolor de la aguja en la espalda, el tipo de la silla contigua que se hacía una figura enorme en el omoplato– y diré que ya está ahí, de una vez y para siempre, como prueba de que hay una cosa en mi vida, en nuestra vida, que jamás se podrá borrar.



   

Los ojos del Giro de Italia

Fausto Coppi, la leyenda, cinco veces ganador del Giro.

En 1949 el Corrierre Della Sera le encargó a Dino Buzzati cubrir para sus páginas el Giro de Italia. Para entonces, Buzzati ya había escrito El Desierto de los Tártaros –su obra maestra, vaya si no–, y el Corriere le apostaba a recuperar el prestigio contratando a grandes plumas. Una jugada arriesgada sobre todo porque, como el propio Buzzati lo confiesa en una de sus crónicas, poco o nada sabía sobre el popular deporte:

“(…) quien les habla es, en materia de ciclismo, un bruto total y absoluto; no sabe nada de cambios ni de platos, no tiene ninguna idea clara sobre las estrategias de competición y durante estos días ha hecho preguntas tan ingenuas que, entre tanto entendido, resultan casi escandalosas”. (p. 67).

Así las cosas, queda claro que al acercarnos a estas páginas vamos a estar ante algo muy distinto al típico y soso recuento deportivo: quién ganó esta etapa, en qué posición está tal o cuál, a qué tiempo vienen los favoritos. No. Las crónicas de Buzzati son otra cosa.

Dino Buzzati

No puedo evitar preguntarme qué dirían las grandes plumas de la crónica hoy al ver los 24 relatos que componen este libro, una travesía de casi un mes que arranca en el sur, en Palermo, recorre la península por Salerno, Napolés y Roma, y sube hasta Torino para acabar en Milán. Y lo digo porque en cada uno de ellos hay decenas de elementos que contradicen lo que se entiende por el género: una voz que entra sin permiso en la cabeza de los personajes; una cantidad de elementos fantásticos en los que la literatura mete mano (Buzzati ni se inmuta cuando pone a hablar entre sí a dos cabras que pastan mientras pasa el pelotón, o cuando les hace aparecer una sirena, seductora y con cola, a los competidores que se desplazan un tramo en barco), y un estilo que deja de lado lo importante para centrarse en un viejo que recorre el mismo trayecto del Giro porque sí o en los gregarios que llegan de últimos a la meta, cuando ya el público ha abandonado el lugar.

Gino Bartali y Fausto Coppi, los dos grandes del Giro en 1949.
Foto: Agencia EFE ©

El encanto, pues, no está en la carrera como tal, ni mucho menos en el enfrentamiento entre los dos grandes, Fabio Coppi y Gino Bartali, que Buzzati tiene todo el tiempo presentes. La gran apuesta del Corriere, tan acertada, es la forma cómo Buzzati nos cuenta el Giro. Porque al final resulta que no saber de ciclismo le da una ventaja: los que recorremos junto a él esa Italia de la posguerra ­–y que tampoco sabemos mucho sobre los valientes que andan en bicicleta–, nos despojamos de los prejuicios, de los términos técnicos, del resultado inmediato o final, qué más da, y vemos más allá: el paisaje, la gente, el país y todo lo que en últimas significa una de las carreras más importantes del mundo:

“El Giro es una condena a galeras, pero también es una gran aventura, un juego de reyes, una guerra, una excursión, un examen, una locura, cosas todas ellas muy similares a la juventud.  (p. 157).


El Giro de Italia
Dino Buzzati
Gallo Nero Ediciones

Los peces no cierran los ojos


Diez años es una edad compleja: ya no se es del todo niño, pero tampoco, todavía, un adolescente. Uno está en un limbo difícil, tratando de lidiar con el remolino de situaciones que cambian para siempre lo vivido. Y, mientras tanto, la vida pasa. Eso es lo que muestra Erri De Luca en esta novela corta (apenas 122 páginas), en donde cada cosa parece estar dicha de la forma correcta –y además, bonita–: nada más, nada menos, todo ahí.

El protagonista, un hombre que a sus cincuenta se recuerda a sí mismo en Nápoles a sus diez años, cuenta una historia ocurrida en un verano de tantos: sus tarde en la playa leyendo y llenando crucigramas al lado de su madre –quien, a su vez, enfrenta la figura de un marido ausente, embelesado con la Estados Unidos de la posguerra–; la aparición de una jovencita apenas un poco más grande aficionada a los animales y con la que acabará descubriendo, de a pocos, lo que significa crecer, y tres muchachos imberbes que a su manera le enseñarán que no todo lo que viene es fácil. La vida, en suma; nada fuera de lo común.



Lo hermoso de esta novela es la forma cómo está contada; la prosa, certera y llena de frases sin desperdicio (“Para quien tiene el tullido impulso de no haber existido nunca, queda el oficio de fantasma”. “Se topa uno, leyendo, con frases sísmicas”), nos va llevando por una historia que parece sencilla, pero que en verdad no lo es: es la historia, al final, que todos de alguna manera hemos vivido. Y en el intermedio, el descubrimiento del amor, o algo parecido:
 
–Entonces, ¿te gusta el amor? 
–Es peligroso. Provoca heridas y después, a causa de la justicia, más heridas. No es una serenata de balcón, se parece a una marejada de ábrego, revuelve el mar por encima y por debajo lo remueve. No sé si me gusta.  

Siempre es grato encontrarse con estas pequeñas joyas. Y toparse, de paso, con gente como Erri De Luca. Con su prosa, digo. ¿Para qué más?