La vida pasada

–¿Si hubieras sabido cómo iba a ser esto lo habrías hecho de todos modos?

La pregunta me la soltó mi esposa una noche en que Emilio, nuestro hijo de poco más de un mes, no dejaba de llorar. Eran más de las doce y ya lo habíamos intentado todo para calmarlo: llevarlo en brazos por la casa, ponerle música de cuna, darle tetero y arrullarlo en su cuna. Nada. El niño lloraba con todas sus fuerzas y empeño, destrozando nuestros nervios y poniendo a prueba, por primera vez, nuestra paciencia.

Creo que no me equivoco si digo que en momentos así todo padre ha pensado en su vida pasada. ¿Dónde quedaron las noches en que podía dormir de largo? ¿A dónde se fueron las fiestas con los amigos, los tragos, las cervezas después de un día de trabajo? (En el preciso momento en que escribo esto –una mañana temprano, tempranísimo, mientras Emilio se mueve inquieto a mi lado–, escucho en la calle, por una irónica casualidad, a unos jóvenes que terminan su fiesta cantando una canción). Y supongo que a ninguno de nosotros, los padres primerizos, nos hace malas personas el hecho de que esas cosas se nos pasen por la cabeza. Porque sé que mi esposa añora esa vida a veces, cuando Emilio se pasa un día entero sin darle respiro y en la noche está tan cansada que casi se queda dormida mientras le da de comer.

Pero, aun así, sé también que ambos lo habríamos hecho de todos modos.

Porque hay decenas de situaciones que compensan esas lágrimas, o el tener que levantarse a las dos de la mañana, con el sueño aun pesado en los ojos, a cambiar un pañal: verlo crecer de a poquitos; comenzar a entender su manera de comportarse y vislumbrar cómo será su personalidad (el pediatra, la última vez, volteó los ojos cuando lo vio tan inquieto); quedarse largo tiempo cargándolo mientras él mira con esos ojos ávidos de descubrirlo todo…

Y sigue. Supongo que podría enumerar mil razones más, pero hay una que lo justifica todo. 

Y es esta: