La vida de los otros


Se me ocurre esto: si hay algo más duro que escribir sobre uno mismo es hacerlo sobre otros. Quizás lo más complicado a la hora de mirarse el ombligo consiste en perder el pudor, aunque pensándolo bien lo realmente difícil es ser honesto (resulta cómodo asumir la pose de iconoclasta y hacer creer a la gente que todo nos importa un carajo; tiene éxito, sí, pero al final no es más que eso: una pose). Escribir sobre uno mismo es exponerse, pero escribir sobre los demás es exponerlos, y eso es más delicado.

De vidas ajenas, de Emmanuel Carrère, nos lo advierte desde el título: lo que aquí vamos a ver son las vidas de otros, las cosas que les pasan a los demás. ¿Pero qué sucede si los relatos de esas vidas se centran en algunas de las tragedias más grandes que puede sufrir el ser humano? En este libro aparecen narrados, con una honestidad que raya en lo incómodo, dos momentos de los que el autor fue testigo: la muerte de una pequeña niña –la primera hija de una joven pareja– en el tsunami de Sri Lanka, y la de la hermana de su pareja ­–la del autor– por cuenta del cáncer.

Es un libro triste, difícil, pero a la vez hermoso. No comete el error de caer en el sentimentalismo ni es, mucho menos, una historia de superación. Nada de eso. Lo mejor logrado, quizás, es la forma cómo Carrère dibuja a los personajes: la manera en que actúan al afrontar esas situaciones tan duras, las cosas que hacen y ocultan, los miedos que tienen. Todo está ahí, y uno no puede evitar pensar en que, al leerlo, los protagonistas se habrán sentido incómodos, incluso molestos. Después de todo, ¿a quién le gusta que un desconocido le hurgue la vida y luego la exponga ante cientos, miles de otros desconocidos?

Todo tiene una explicación. La propia vida del autor cambia de manera drástica durante los seis años que transcurren entre ambos sucesos y la redacción del libro, y eso también queda escrito. Puede parecer que el tema es trágico –y sí, lo es– pero en el fondo los hechos no son más que un pretexto para tratar otros tópicos: la vida, la muerte, el destino, la felicidad, la amistad, el miedo, el amor. Este es un libro sobre todas esas cosas. ¿No es, acaso, suficiente?  

Volver al anonimato


Regresaba a mi casa por la carrera treinta cuando la vi. Era una valla grande, de letras enormes, que decía más o menos así: “El canto del cuco, la aclamada primera novela de Robert Galbraith, seudónimo de J.K. Rowling”. Hasta ahí todo bien: un simple anuncio publicitario de un libro. Pero lo que me llamó la atención fue la última frase, el énfasis especial con que los vendedores –en este caso Planeta, si no estoy mal– nos quieren hacer saber que Galbraith no existe; que es, en realidad, el nombre escogido por la autora de Harry Potter para… ¿para qué?

La historia es graciosa: Rowling –quizá agobiada con su fama, tal vez harta de cargar con el estereotipo Potter– escoge un seudónimo para publicar una novela policíaca que, como era de esperarse, no crea mucho revuelo. Y habría seguido así si el abogado Chris Gossage no entra en escena y lo estropea todo. Imaginemos el momento: Gossage, miembro del bufete de abogados que representa a la señora Rowling, está en una fiesta con su esposa y varios amigos; de repente, alguien habla de Rowling y sus libros del famoso mago, y él, que está ahí con su whisky en la mano, que conoce el secreto, reclama sus quince minutos de fama y le cuenta a una amiga de su esposa la verdad: J.K. ha vuelto, sí, esta vez bajo el seudónimo de un supuesto militar retirado. La noticia corre como bola de nieve –la amiga de Gossage la publica en Twitter– y pocas horas después el libro pasa de 1.000 copias a más de 5.000 vendidas.

Tal vez no ocurrió así, por supuesto; quizás todo fue una estrategia muy bien planeada para vender más libros, vaya uno a saber, pero lo que me gusta del cuento es el afán de la señora Rowling por recuperar ese anonimato que perdió hace rato. Ser nadie otra vez, caminar tranquila por la calle, dejar de responder una y otra vez las mismas preguntas de los periodistas. Hacer el proceso inverso al que aspiran muchos: anhelar que su nombre deje de ser mencionado en todas partes, sentir que se olvidan de ella por cinco minutos.

Quizás ese es el sueño recurrente de todo escritor famoso: que la gente vaya a sus libros, a lo que dice en ellos, y no ande agobiándolo con las mismas preguntas una y otra vez, las mismas charlas de siempre, las firmas a libros que quizás nunca acabarán leyendo. Al final puede que la señora Rowling solo quisiera, como dijo García Márquez hace tiempo, volver a ser por un minuto “indocumentada y feliz”. Pero eso, para ella, ya es mucho pedir.