Mi oído en su corazón



Nada más difícil que escribir una historia para tratar de descifrar los misterios que se esconden tras la relación de un padre y un hijo. Hay unas, como El olvido que seremos, de Abad, en las que prima un sentimiento de admiración profundo y un terrible dolor por la pérdida, injusta, del ser más amado; pero hay otras, como Mi oído en su corazón, de Hanif Kureishi, en las que existe una relación un poco más traumática, dolorosa y compleja que resulta mucho más difícil de desentrañar.

Las relaciones entre padres e hijos siempre serán un misterio, pero es inevitable que con el tiempo terminemos replicando aquellos aspectos del viejo que alguna vez dijimos que no haríamos. Hay ciertas cosas que parecen estar destinadas a hacerse de nuevo, así en el fondo nosotros mismos las detestemos: la manera de reaccionar ante las circunstancias, el carácter irascible, ciertos gestos y formas de comportarse. Uno es su padre, sí, y en ocasiones eso no es fácil porque no todos los viejos son como el buen señor Abad, asesinado por los paramilitares hace ya un par de décadas. Ahí está, por ejemplo, el caso de Kureishi: presionado por su papá, un pakistaní que emigró a Inglaterra soñando con convertirse en un escritor de éxito, crece mortificado porque él sí logra lo que el señor Kureishi no pudo: vivir de las letras. Una relación difícil (pero no por eso menos entrañable) que intenta explicar, varios años después de su muerte, sumergiéndose en las novelas sin publicar que su padre dejó escritas.

No hay que ser muy listo para descubrir que en la escritura se encuentran muchas pistas sobre un personaje. Los últimos días me los he pasado leyendo una serie de novelas inéditas de alguien que, hasta ahora, había sido desconocido para mí, y he logrado descubrir varios rasgos que de alguna manera explican por qué era como era. O eso creo. Entrar en unos escritos que, bajo el rótulo de ficción, esconden una realidad soterrada, puede llegar a ser muy útil para averiguar quién era la persona que se sentaba frente a la máquina. O al menos una parte suya. Y ahí, en esas novelas, hay también una relación tortuosa con padre y madre. ¿Tiene eso algo que ver? Supongo que sí, pero hay que seguir leyendo para averiguarlo.

Miami

Una de las consecuencias directas de la crisis económica es que prácticas como la mendicidad se están expandiendo, cada vez con mayor rapidez, por aquellos que solíamos llamar “países del primer mundo”. “Eso no lo veíamos antes”, nos dice Paola, la mujer que nos recibió en el aeropuerto, señalando con el dedo a un hombre de unos setenta años, blanco, calvo y sudoroso, que sostiene sobre sus manos, a la altura del pecho, un cartón en el que pide dinero para comer. Como tampoco se veía esa gente que ofrece botellas de agua y Coca-Cola en los semáforos, o a esos viejos de raza negra que se protegen del sol bajo los árboles en Miami Beach.

Eso es lo que nos ha traído el capitalismo desbocado: la eliminación de una clase media que solía vivir de manera decente y hasta lograba darse ciertos lujos de vez en cuando. Ahora los términos medios son cada vez menores: o tienes mucho o no tienes nada. Es así de simple.

Miami es una ciudad extraña. Por un lado están sus edificaciones estilo Art-decó que se extienden por casi todo Miami Beach y Coconut Grove, mientras que por otro está la enorme influencia latina que el turista puede ver en forma de barrios de inmigrantes (hay un parque entero en el que los jubilados cubanos se la pasan jugando dominó y hablando mal de Castro), y la gran cantidad de gente que te habla ese español mal hablado, salpicado de palabras en inglés y traducciones literales que resulta, a veces, difícil de entender.

Esta ciudad de la Florida representa eso que simboliza la cultura gringa: el consumismo desmedido traducido en enormes “malls” llenos de almacenes y rebajas. A eso van los colombianos a Miami: a comprar lo que acá cuesta el doble y a presumir de que les sale más barato pagar los tiquetes y regresar antes que adquirir esas cientos de cosas que no necesitan en Bogotá o Medellín. A eso, claro, o a buscar un mejor futuro en esos trabajos de segunda que, por cuenta de la crisis, ahora los propios gringos se ven en la obligación de realizar.

Perdonarán, pero yo no le encuentro la gracia.