Antes del olvido

Esta mañana saqué de mi biblioteca un libro titulado Antes del olvido. Si yo tuviera que decir de dónde nace mi necesidad de escribir, de dónde viene esa manía de intentar ganarse la vida juntando palabras en un papel, pensaría que es de ahí, de ese libro. Porque, la verdad, en mi familia la lectura siempre ha estado en segundo plano; a diferencia de muchos lectores que, al recordar su infancia, rememoran un padre con su libro bajo el brazo, cuentos antes de acostarse y grandes clásicos devorados a temprana edad, yo nunca viví esas cosas. Mi padre no lee libros y mi hermano tampoco. Les aburre. Mi madre sí lee –ya menos que antes–, pero nunca ha sido, lo que se dice, una gran lectora. Quiero decir: mi madre lee, y lee mucho, pero no se sienta a devorar grandes clásicos, ni novela, ni cuento, ni poesía. A ella le gustan la historia y, más que nada, los libros de superación. Algo que no tiene nada de malo, por supuesto: siempre he creído que es mejor leer superación (o lo que cada quien quiera), que no leer nada.

Pero empecé hablando de escritura y terminé justificando la falta de lectura. No importa: después de todo, la primera es una causa directa de leer. Y si en mi casa no había tanta pasión por la lectura, ¿de dónde, entonces, viene la mía? Y más: ¿de dónde la manía de escribir? He estado tratando de responder esa pregunta, hurgando en la memoria, y siempre llego al mismo punto: Antes del olvido. El primer tomo del libro –el que más me gusta-, tiene una portada roja con una foto en la que se ve un hombre joven, apuesto y elegante; lleva puesto un vestido negro, zapatos brillantes impecables, sombrero y bastón. Un hombre que camina por la mitad de un pueblo antioqueño, con la actitud desafiante y segura de quien quiere comerse el mundo. El segundo tomo es exactamente igual, pero su fondo es amarillo.

Conocí Antes del olvido hace muchos años y tuvieron que pasar muchos más para que llegara a él. Pero cuando lo leí supe que de ahí venía todo. Desde entonces he vuelto sobre el libro muchas veces, en ocasiones en desorden, y he pensado que me hubiera gustado llevar la vida de aquel hombre. Aquel hombre dicharachero, sencillo y trabajador que, a principios del siglo pasado, se ganaba la vida en distintos oficios de un pueblo como muchos en Antioquia. De un hombre que montaba a caballo, que llevaba serenatas y tomaba aguardiente.

De un hombre que con el paso del tiempo, a pesar de no haberse dedicado nunca a escribir, redactó sus memorias (Antes del olvido), las imprimió en una edición casera y se las repartió a sus hijos con el único deseo de que el libro jamás saliera de ellos, de que nadie diferente a la familia más cercana lo conociera. Ese hombre es mi abuelo. Y ese libro, creo, es la razón por la que escribo. Y aunque muchas veces me pregunte cuál es el sentido de escribir, al final está claro: para tratar de entender lo incomprensible y para evitar que la vida se nos vaya entre los dedos.

adentro

Hoy es uno de esos días en que me gustaría sentarme frente a la pantalla y empezar a escribir lo primero que se me venga a la mente; escribir sin preparar nada, sin fijarme en la concordancia de los párrafos ni volver cada segundo sobre lo dicho, sino seguir de largo, sin detenerme, y dejar que quede en el papel todo lo que he venido pensando desde hace varios días y que no sé por qué razón no he logrado escribir. No he vuelto sobre el blog, ni a intentar un cuento, ni menos un esbozo de otra novela, o un intento de ella, sin saber muy bien la razón; es como si toda la escritura, mi escritura, se hubiera volcado sobre la revista, sobre los temas que en cada edición hago y que intento no convertir en rutina, sobre los personajes que suelo entrevistar, los temas que busco porque es mi trabajo, pero lo que escribo queda metido en ese molde, como tan políticamente correcto, como con mucha menos libertad de la que puedo encontrar en este espacio, un espacio que está ahí, esperándome; un espacio sobre el que vuelvo una y otra vez, a veces, muchas veces, arrepentido, porque pienso que a quién le pueden interesar las cosas personales, o porque pienso que a veces no vale la pena escribir así, desde tan adentro, sobre todo cuando veo otros tipos de blogs por el estilo y yo mismo, muchas veces, me pregunto qué sentido tiene saber sobre tal o cual, o como se siente con respecto a cosas que solo le pueden interesar a él y a nadie más, pero luego también pienso lo contrario: que en el fondo las vidas de todos se parecen, que lo que me sucede a mí o pienso yo alguien puede sentirlo tan igual en un lugar lejos de aquí y puede que ni siquiera nos conozcamos, que jamás vayamos a hacerlo, que nuestras vidas nunca se vayan a cruzar, pero están unidas por las palabras, las efímeras palabras, las traicioneras palabras, las deleznables palabras. Quisiera escribir también sobre lo difícil que es a veces tener un hermano, sobre por qué somos tan distintos y cuál es la razón por la cual lo siento lejos, cada vez más lejos, y maldigo porque la diferencia entre un hermano y un amigo es que uno no puede escoger a la familia, que hay un vínculo tácito creado ahí, una especie de pacto indisoluble que se da por el hecho de venir de la misma parte, así seamos tan diferentes y pensemos tan distinto, así en ocasiones no soporte verlo ni apruebe la vida que lleva o la poca pasión que le pone a las cosas que hace, algo que me mortifica aunque quisiera dejarlo pasar y lo logro, a veces, pero luego vuelve a mí ese sentimiento y pienso que no puedo ni debo ser egoísta, que no tiene que pensar de la misma forma que yo y que, a fin de cuentas, es una buena persona. Eso es lo que quisiera hacer hoy aunque, como siempre, no sé si tenga mucho sentido.