Dos hombres

UNO. Hace más de veinte años que mi abuelo se jubiló de su puesto en el banco y desde entonces todos los días se levanta, se organiza y se pone corbata. No importa que no vaya a salir a ningún lado; cada mañana, después de desayunar y leer el periódico, se viste con camisa, chaleco y saco. Yo, en cambio, ni siquiera sé hacerme el nudo; el único vestido que tenía –que compré para el grado del colegio, me sirvió para unas cuantas fiestas y se recicló para el de la universidad–, lo dejé colgado en el clóset de la que fue mi casa en Málaga porque no cabía en la maleta. Esta mañana, cuando iba para el trabajo, me encontré con mi abuelo; lo saludé eufórico, cruzamos un par de palabras y luego cada uno siguió su camino. Iba, como siempre, vestido de manera impecable.

DOS. De vez en cuando me da por sacar de la biblioteca el libro que escribió mi otro abuelo. Son dos tomos y ambos llevan el mismo título: Antes del olvido. Los dos están escritos a máquina, por una sola cara, y tienen en la portada una foto del abuelo caminando por una calle de Manizales. Lleva un vestido elegante, sin corbata, zapatos lustrados y un bastón. Está bien peinado; se ve joven. El primero, que cuenta su infancia, es rojo; el segundo, amarillo, narra su vida adulta. Él mismo mandó a hacer los ejemplares y los repartió entre la familia, quizás como una forma de intentar que su recuerdo perdure un poco, sólo un poco más entre nosotros, cuando se haya ido.

La feria con otros ojos

Una columna que por fortuna y para bien , rebate mi ingenua teoría sobre la feria del libro:

Otra vez la feria
Por Juan David Correa.
(El Espectador)

Quedan tres días, quizá sea hora de cambiar el recorrido.

¿Cuál es el libro de la Feria? ¿Qué ha comprado, visto, hojeado, que valga la pena? ¿Le parece que la Feria es lo mismo de antes? ¿Le da la impresión de que ir a la Feria es como asistir a una fiesta con los amigos de hace veinte años que se empeñan en las previsibles salidas de siempre? Es probable que usted haya oído y respondido esas preguntas si se ha paseado por la Feria en estos días. Es factible que todas puedan contestarse con un sí rotundo por esa manía que tenemos de dar por sentado que todo sigue igual; que cuando los espacios se consolidan, es como si estuviéramos releyendo una historia de sobra conocida. Sin embargo, cuando la gente pregunta o afirma ese “siempre” con repetida manía, es muy posible que se estén pasando por alto libros y esquinas realmente sorprendentes que, a lo mejor, no tienen que ver con los centros comerciales que ya conocemos .

El primer ejemplo está en el estand del Distrito. Libros como Bogotá retroactiva, de Andrés Ospina, un ejercicio de memorabilia bogotana; Árboles de Bogotá, una hermosa edición en la que se pueden conocer los nombres de los cientos de árboles sembrados en nuestras calles, y La carrera de la modernidad. Construcción de la carrera décima. Bogotá (1945-1960), de Carlos Niño Murcia y Sandra Reina, uno de esos libros que dan ganas de leer y mirar y tener para saber a qué nos referimos cuando hablamos de urbanismo, son sólo tres ejemplos de ediciones muy cuidadas, bellamente editadas, bien escritas, investigadas, en fin, libros buenos, libros que quizá no estén bajo los faros de neón de los primeros pisos, pero que brillan solos.

Al lado del estand del Distrito está el de Reic, la Red de Editoriales Independientes, que a pesar de ser un adefesio en diseño arquitectónico, recoge lo mejor de fondos como Taller de Edición Rocca, La Silueta o Ícono, editoriales que nos están demostrando que la independencia no es sinónimo de precariedad. Un piso más abajo está el estand de Tragaluz Editores, que acaba de lanzar un hermoso libro de poemas ilustrados de Juan Felipe Robledo y cuyas ediciones prueban que el futuro de la edición está en la ambición por recuperar al libro como un objeto contra el cual no podrán mil kindles.

Si el plan es comprar libros para niños, hay un pabellón entero con verdaderas sorpresas. Desde el Fondo de Cultura Económica a Babel Ediciones hasta Fundalectura, que este año cumple su 20° aniversario y en donde se encuentra la más completa selección de libros para niños y jóvenes, hay verdaderas sorpresas. Y si el plan es entrar a una librería, la del Fondo de Cultura Económica, en el pabellón 4, o del Bicentenario, que, en honor a la verdad, está mucho mejor que casi todos los países que ponen danzas folclóricas y trajes típicos cuando son invitados de honor. Quedan tres días de Feria. Y quizá sea hora de cambiar el recorrido: comience por los segundos pisos y piérdase lo mismo de siempre.

Vivir con el miedo

El bombazo sonó cuando apenas estaba amaneciendo. Duro, fuerte, con un eco que se expandió durante varios segundos largos. De inmediato comenzó otra vez la escena que tanto hemos vivido en este país de bombas: el pánico, la alarma, las especulaciones y el miedo. Sobre todo el miedo. Mientras desayunaba y me arreglaba para ir al trabajo pensaba que, a pesar de todo, tendría que tratar de hacer que el día fuera normal; creí que iba a ser difícil llegar a la revista, que las calles estarían atestadas de policía, que la gente dejaría de salir, que se hablaría otra vez de la guerrilla y que los años de terror que veíamos tan lejanos estaban en realidad agazapados.

Pero cuando salí a la calle (apenas a tres cuadras de donde explotó el carro bomba), todo seguía su curso: la gente caminaba tranquila, los carros pasaban por la carrera novena, dos jóvenes con morral esperaban el bus y un camión descargaba frutas en Carulla. Cogí el colectivo a la misma hora; el tráfico estaba igual que siempre. Afuera, la gente no parecía notar nada. Entonces pensé que tantos años de bombas nos han enseñado a vivir con el terror y ahora solemos mirarlo sin sorprendernos. Pensé que en algún lugar, no lejos de allí, un marido volvería a su casa a medio día, almorzaría con su esposa y apenas tratarían el tema por encima: "¿Viste lo de la bomba?", diría él. "Ah, sí: terrible", respondería ella. Y pasarían a otro tema.

Quizás lo más sorprendente de todo fue mi propia reacción. Aturdido por el bombazo y el sueño, con los ojos medio cerrados y las cobijas hasta el cuello, apenas intenté levantarme y pregunté, adormilado:

—¿Qué fue eso?

—No sé —respondió mi hermano, que estaba a punto de salir para el restaurante en el que trabaja.

—Qué raro —dije.

Y me volví a quedar dormido.

Un cuento de Dino Buzzati

Algo había sucedido
Dino Buzzati*

El tren había recorrido sólo pocos kilómetros (y el camino era largo, nos detendríamos recién en la lejanísima estación de llegada, después de correr durante casi diez horas) cuando vi por la ventanilla, en un paso a nivel, a una muchacha. Fue una casualidad, podía haber mirado tantas otras cosas y en cambio mi mirada cayó sobre ella, que no era hermosa ni tenía nada de extraordinario. ¡Quién sabe por qué había reparado en ella! Era evidente que estaba apoyada en la barrera para disfrutar de la vista de nuestro tren, superdirecto, expreso al norte, símbolo -para aquella gente inculta- de vida fácil, aventureros, espléndidas valijas de cuero, celebridades, estrellas cinematográficas... Una vez al día este maravilloso espectáculo y absolutamente gratuito, por añadidura.

Pero cuando el tren pasó frente a la muchacha, en vez de mirar en nuestra dirección se dio vuelta para atender a un hombre que llegaba corriendo y le gritaba algo que nosotros, naturalmente, no pudimos oír, como si acudiera a prevenirla de un peligro. Solamente fue un instante: la escena voló, quedó atrás y yo me quedé preguntándome qué preocupación le había traído aquel hombre a la muchacha que había venido a contemplarnos. Y ya estaba por adormecerme, al rítmico bamboleo del tren, cuando quiso la casualidad -se trataba seguramente de una pura y simple casualidad- que reparara en un campesino parado sobre un murito, que llamaba y llamaba hacia el campo, haciéndose bocina con las manos. También esta vez fue un momento porque el expreso siguió su camino, aunque me dio tiempo de ver a seis o siete personas que corrían a través de las praderas, los cultivos, la hierba medicinal, pisoteándola sin miramientos. Debía ser algo importante. Venían de diferentes lugares -de una casa, de una fila de viñas, de una abertura en la maleza- pero todos corrían directamente al murito, acudiendo alarmados, al llamado del muchacho. Corrían, sí, ¡por Dios cómo corrían!, espantados por alguna inesperada noticia que los intrigaba terriblemente, quebrando la paz de sus vidas. Pero fue sólo un instante, lo repito apenas un relámpago; no tuvimos tiempo de observar nada más.

"¡Qué extraño!", pensé, "en pocos kilómetros ya dos casos de gente que recibe, de golpe, una noticia" (eso, al menos era lo que yo presumía). Ahora, vagamente sugestionado, escrutaba el campo, las carreteras, los paisajes, con presentimiento e inquietud. Seguramente estaba influido por el especial estado de ánimo, pero lo cierto es que cuanto más observaba a la gente, más me parecía encontrar en todos lados una inusitada animación. ¿Por qué aquel ir y venir en los patios, aquellas afanadas mujeres, aquellos carros...? En todos los lados era lo mismo. Aunque a esa velocidad era imposible distinguir bien, hubiera jurado que toda esa agitación respondía a una misma causa. ¿Se celebraría alguna procesión en la zona? ¿O los hombres se dispondrían a ir al mercado? El tren continuaba adelante y todo seguía igual, a juzgar por la confusión. Era evidente que todo se relacionaba: la muchacha del paso a nivel, el joven sobre el muro, el ir y venir de los campesinos: algo había sucedido y nosotros, en el tren, no sabíamos nada.

Miré a mis compañeros de viaje, algunos en el compartimiento, otros en el corredor. No se habían dado cuenta de nada. Parecían tranquilos y una señora de unos sesenta años, frente a mí, estaba a punto de dormirse. ¿O acaso sospechaban? Sí, sí, también ellos estaban inquietos y no se atrevían a hablar. Más de una vez los sorprendí echando rápidas miradas hacia fuera. Especialmente la señora somnolienta, sobre todo ella, miraba de reojo, entreabriendo apenas los párpados y después me examinaba cuidadosamente para ver si la había descubierto. Pero, ¿de qué teníamos miedo?

Nápoles. Aquí, habitualmente, el tren se detiene. Pero nuestro expreso, no, hoy no. Desfilaron cerca las viejas casas y en los patios oscuros se veían ventanas iluminadas. En aquellos cuartos -fue un instante- hombres y mujeres aparecían inclinados, haciendo paquetes y cerrando valijas. ¿O me engañaba y todo era producto de mi fantasía?

Se preparaban para marcharse. "¿Adónde?", me preguntaba. Evidentemente no era una noticia feliz, pues había como una especie de alarma generalizada en la campaña como en la ciudad. Una amenaza, un peligro, el anuncio de un desastre. Después me decía: "Si fuera una desgracia se habría detenido el tren; y en cambio, el tren encontraba todo en orden, señales de vía libre, cambios perfectos, como para un viaje inaugural.

Un joven a mi lado, simulando que se desperezaba, se había puesto de pie. En realidad quería ver mejor y se inclinaba sobre mí para estar más cerca del vidrio. Afuera, el campo, el sol, los caminos blancos y sobre los caminos carros, camiones, grupos de gente a pie, largas caravanas, semejantes a las que marchan en dirección a la iglesia el día del santo patrón de la ciudad. Ya eran cientos, cada vez más gentío a medida que el tren se acercaba al norte. Y todos llevaban la misma dirección, descendían hacia el mediodía, huían del peligro mientras nosotros íbamos directamente a su encuentro; a velocidad enloquecida nos precipitábamos, corríamos hacia la guerra, la revolución, la peste, el fuego... ¿Qué más podía pasarnos? No lo sabríamos hasta dentro de cinco horas, en el momento de llegar y seguramente sería demasiado tarde.

Nadie decía nada. Ninguno quería ser el primero en ceder. Cada uno quizás dudara de sí mismo, como yo, y en la incertidumbre se preguntara si toda aquella alarma sería real o simplemente una idea loca, una alucinación, una de esas ocurrencias absurdas que suelen asaltarnos en el tren, cuando ya se está un poco cansado. La señora de enfrente lanzó un suspiro, aparentando que recién se despertaba e igual que aquel que saliendo efectivamente del sueño levanta la mirada mecánicamente, así ella levantó las pupilas, fijándolas, casi por azar, en la manija de la señal de alarma. Y también todos nosotros miramos el aparato, con idéntico pensamiento. Nadie se atrevió a hablar o tuvo la audacia de romper el silencio o simplemente osó preguntar a los otros si habían advertido, afuera, algo alarmante.

Ahora las carreteras hormigueaban de vehículos y gente, todos en dirección al sur. Nos cruzábamos con trenes repletos de gente. Los que nos veían pasar, volando con tanta prisa hacia el norte, nos miraban desconcertados. Un multitud había invadido las estaciones. Algunos nos hacían señales, otros nos gritaban frases de las cuales se percibían solamente las voces, como ecos de la montaña.

La señora de enfrente empezó a mirarme. Con las manos enjoyadas estrujaba nerviosamente un pañuelo, mientras suplicaba con la mirada. Parecía decir: si alguien hablaba... si alguno de ustedes rompiera al fin este silencio y pronunciara la pregunta que todos estamos esperando como una gracia y ninguna se atreve a formular...

Otra ciudad. Como al entrar en la estación el tren disminuyó su velocidad, dos o tres se levantaron con la esperanza de que se detuviera. No lo hizo y siguió adelante como una estruendosa turbonada a lo largo de los andenes donde, en medio de un caótico montón de valijas, un gentío se enardecía, esperando, seguramente, un convoy que partiera. Un muchacho intentó seguirnos con un paquete de diarios y agitaba uno que tenía un gran titular negro en la primera página. Entonces, con un gesto repentino, la señora que estaba frente a mí se asomó, logrando detener por un momento el periódico, pero el viento se lo arrancó impetuosamente. Entre los dedos le quedó un pedacito. Advertí que sus manos temblaban al desplegarlo. Era un papelito casi triangular. Del enorme título, sólo quedaban tres letras: ION, se leía. Nada más. Sobre el reverso aparecían indiferentes noticias periodísticas.

Sin decir palabra, la señora levantó un poco el fragmento, a fin de que pudiéramos verlo. Todos lo habíamos visto, aunque ella aparentaba ignorarlo. A medida que crecía el miedo, nos volvíamos más cautelosos. Corríamos como locos hacia una cosa que terminaba en ION y debía de tratarse de algo espeluznante; poblaciones enteras se daban a la fuga. Un hecho nuevo y poderoso había roto la vida del país, hombres y mujeres solamente pensaban en salvarse, abandonando casas, trabajos, negocios, todo, pero nuestro tren no, el maldito aparato, del cual ya nos sentíamos parte como un pasamano más, como un asiento, marchaba con la regularidad de un reloj, a la manera de un soldado honesto que se separa del grueso del ejército derrotado para llegar a su trinchera, donde ya la ha cercado el enemigo. Y por decencia, por un respeto humano miserable, ninguno de nosotros tenía el coraje de reaccionar. ¡Oh los trenes, cómo se parecen a la vida!

Faltaban dos horas. Dos horas más tarde, a la llegada, ya sabríamos la suerte que nos esperaba a todos. Dos horas. Una hora y media. Una hora. Ya descendía la oscuridad. Vimos a lo lejos las luces de nuestra anhelada ciudad y su inmóvil resplandor reverberante, un halo amarillo en el cielo, nos volvió a dar un poco de coraje.

La locomotora emitió un silbido, las ruedas resonaron sobre el laberinto de los cambios. La estación, la superficie -ahora oscura- del techo de vidrio, las lámparas, los carteles, todo estaba como de costumbre. Pero, ¡horror! Aún el tren se movía, cuando vi que la estación estaba desierta, los andenes vacíos y desnudos. Por más que busqué no pude encontrar una figura humana. El tren se detuvo, al fin. Corrimos por el andén hacia la salida, a la caza de alguno de nuestros semejantes. Me pareció entrever al fondo, en el ángulo derecho, casi en la penumbra, a un ferroviario con su gorro que desaparecía por una puerta, aterrorizado. ¿Qué habría pasado? ¿No encontraríamos un alma en la ciudad? De pronto, la voz de una mujer, altísima y violenta como un disparo, nos hizo estremecer. "¡Socorro! ¡Socorro!", gritaba y el grito repercutió bajo el techo de vidrio con la vacía sonoridad de los lugares abandonados para siempre.

*(Belluno, 16 de octubre de 1906 – Milán, 28 de enero de 1972). Escritor y periodista italiano.

La feria, lo mismo de siempre

Hace unos años solía ir a la feria del libro con una mezcla de emoción y curiosidad. Paseaba por los stands de las editoriales sin importar los tumultos y terminaba llevándome más de un libro bajo el brazo. Era, por decirlo así, un buen plan de sábado en la tarde. Pero con el tiempo la cosa empezó a perder gracia: siempre los mismos stands en los mismos lugares; los escritores firmando libros y las colas para verlos y tocarlos, como si fueran unas estrellas; el gentío insoportable que no deja caminar y la plaza de comidas sin una silla libre.

Para quienes nos gusta visitar librerías con cierta frecuencia la feria del libro no tiene mucha gracia; al final, no es más que una enorme venta de garaje con pocos atractivos extra. Porque no nos digamos mentiras: lo del país invitado es casi siempre un chorro de babas y hay salones (como el de caricatura) que son simple y puro relleno. La ventaja de las pequeñas librerías es que casi siempre están vacías y uno puede mirar a su antojo y sin afán; en la feria, en cambio, la gente se aglutina de manera desesperada como si a la vuelta de la esquina no hubiera una tienda de libros.

Ni siquiera los invitados (¿hay invitados?) o los lanzamientos de este año llaman la atención. Lo peor de todo es que, por lo general, la gente suele ir a la feria sólo por cumplir con la tarea; no digo que todos, pero supongo que muchos de los libros que allí se compran se quedan adornando más de una biblioteca.

No sé, ya no tiene gracia. Para ser sincero a mí me da pereza ir. Prefiero quedarme en la casa con un buen libro.

Convocatoria*



Vamos a escribir las memorias del agua

Convocatoria. Talleres de crónica periodística: Memorias del agua
Del lunes 2 de agosto al viernes 20 de agosto

Esta es una invitación para personas mayores de 17 años, que vivan en Bogotá y quieran participar en talleres de crónica periodística, donde aprenderán a escribir relatos en este género que recuperen la memoria del agua en la ciudad y muestren la transformación o destrucción de este recurso natural en el entorno urbano y en relación con su vida cotidiana. La convocatoria, organizada por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República y la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Pontificia Universidad Javeriana, cuenta con el apoyo del Archivo de Bogotá y BibloRed, y estará abierta entre el 2 y el 20 de agosto.

Bogotá es una ciudad que cuenta con abundantes fuentes de agua, dentro y fuera de su perímetro urbano, una característica no muy frecuente entre las grandes capitales del mundo. Sin embargo, la relación actual entre agua – ciudad - habitantes pone en evidencia la falta de consciencia, por parte de los bogotanos, sobre el carácter agotable y limitado de este recurso.

MAYORES INFORMES A MEDIOS DE COMUNICACIÓN
Biblioteca Luis Ángel Arango del
Banco de la República
Oficina de Divulgación:
Silvia Echavarría – Sofía Restrepo
Teléfonos: 343 23 96 – 343 13 77
prensablaa@banrep.gov.co

Los Talleres de crónica:
Memorias del agua se realizarán entre los sábados 4 de septiembre y 23 de octubre, con el objetivo de consolidar un archivo de memorias mediante el género de crónica periodística y brindar a la comunidad información amplia sobre el agua y su preservación. Los seleccionados, que se anunciarán el lunes 30 de agosto en la página web http://www.banrepcultural.org/blaa, participarán en talleres gratuitos dictados por destacados periodistas, egresados de la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Pontificia Universidad Javeriana, y asistirán a charlas complementarias en la Biblioteca Luis Ángel Arango, durante la Semana de la Ciencia.Todas las crónicas que se reciban formarán parte del archivo histórico “Memorias del agua”, que enriquecerá la historia de Bogotá para las futuras generaciones. Las mejores crónicas producidas en los talleres se publicarán en las páginas electrónicas del evento y formarán parte de una antología de crónicas que publicará el Archivo de Bogotá.

Esta convocatoria es organizada por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República y la Pontificia Universidad Javeriana, con el apoyo del Archivo de Bogotá y BibloRed, entidades que en 2007 y 2008 desarrollaron los “Talleres de crónicas barriales” en el marco de la celebración de “Bogotá Capital Mundial del Libro”. Quienes estén interesados en conocer el libro y las mejores crónicas de este proyecto las encontrarán en: http://www.lablaa.org/cronicas-barriales/antologia.html

Más información:
http://www.banrepcultural.org/blaa,

Requisitos para participar:
• Vivir en Bogotá y querer aprender las técnicas de la reportería y de la escritura periodística.
• Tener disponibilidad de tiempo para participar en las ocho sesiones sabatinas de los talleres, que se realizarán entre el 4 de septiembre y el 23 de octubre de 2010.
• Enviar antes del 20 de agosto un relato descriptivo de máximo tres cuartillas a doble espacio, en versión digital, a la siguiente dirección electrónica: directobogota@gmail.com.
• El relato puede abordar temas del pasado o del presente relacionados con el agua en Bogotá: usos, oficios y costumbres en torno a los chorros y las pilas; paseos a los lagos, cascadas y ríos que se hacían en otras épocas; luchas que han librado las comunidades por el agua; recuperación de las quebradas en los cerros orientales; líderes barriales de campañas por la protección del agua; leyendas y mitos urbanos sobre el agua.
• El autor deberá adjuntar sus datos personales: nombre y apellidos, documento de identidad, edad, oficio, profesión o actividad que desempeña (si es estudiante, indicar el colegio y el curso; si es universitario, la universidad, la carrera y el semestre), barrio y localidad donde vive.

*Si a alguien le interesa participar, estaré dictando el taller que se hará en la biblioteca El Tintal, al sur-occidente de la ciudad.