¿Vale la pena recordar?

¿Cuánto de recuerdo hay en cada texto? ¿Qué tanta verdad o mentira tienen las palabras que escribimos? Las preguntas me quedaron sonando después del comentario que me dejó una amiga en la entrada sobre Málaga. Y digamos que me llamó la atención porque trata un punto que yo ya había pensado: muchas veces, quizás más de las que nos imaginamos, sentimos que algunos recuerdos no nos importan más que a nosotros mismos. El problema es que el auge de los blogs –que se han convertido en una especie de diarios en línea–, han disparado el afán de la gente por contar su vida y la forma cómo percibe las cosas. Algo que no es malo, por supuesto, pero que seguramente nos hace escribir cosas que quizás no necesitamos contar.

(Un paréntesis: se me ocurre pensar que eso mismo ocurre ahora con Twitter: cada minuto la gente está lanzando frases con situaciones que no deberían importar más que a ellos mismos. No tengo Twitter, pero como en Facebook hay una aplicación que permite a sus usuarios poner lo tweets allí, en ocasiones no queda más remedio que aguantarlos. El otro día un contacto de mi lista rebosó la copa al escribir –no sé por qué, lo juro– que estaba "en sus días de fin de mes". ¿De verdad hay que saber esas cosas?).

Digamos, pues, que hay blogs de blogs. No hay mayor problema con los temáticos, pero cuando alguno no tiene una categoría específica –como este–, la cuestión se vuelve difusa. Al final no debería ser tan complicado, pero no puedo dejar de pensar que hay cierta vanidad en contar lo que nos sucede o en evocar recuerdos. Después de todo, ¿qué nos hace pensar que son especiales? O, mejor aún, ¿quién nos dice que a los demás les interesa saber? Siempre he tenido alguna prevención con ese tipo de cosas, aunque más de una vez he dejado entradas así en este blog. ¿Buenas o malas? No lo sé. Pero sí sé que a veces pienso lo contrario. Pienso que escribir sobre el pasado permite entender mejor ciertos recuerdos que a veces se quedan como imágenes dispersas; pienso, también, que poner las cosas en "papel" es una manera de comprendernos, de intentar saber qué es lo que hay más allá de los simples hechos.

Quizás no haya una conclusión; a lo mejor no tiene que habernos sucedido algo extraordinario para que merezca la pena ser recordado (y escrito). O tal vez sí, no lo sé. Supongo que al final es una cosa de lectores: habrá algunos a los que les guste y otros pensarán que no vale la pena. Pero eso, claro, es inevitable.

Un año


Hace un año, por esta época, empacaba maletas para irme a Málaga. A veces me sorprende lo rápido que pasa el tiempo, sobre todo porque ahora, mientras escribo, siento como si todo aquello hubiera sucedido hace mucho, muchísimo. Cada que me pongo a pensar en lo que fue mi vida al otro lado el paisaje se hace difuso, la gente que conocí se aleja un poco más y solo quedan, por fortuna, recuerdos dispersos, imágenes que me llegan en los momentos menos esperados.

Imágenes como la del bus que me llevó por primera vez a esa ciudad del sur, donde encontré algo diferente a lo que había imaginado: edificios viejos y tierra baldía. No me arrepiento en ningún momento de haber viajado, ni tampoco de regresar a Madrid apenas tres meses después. Recuerdo, eso sí, el calor infernal, la avenida del centro con los puestos de flores, la Calle Larios engalanada en la feria, la cerveza Cruzcampo, los espetos de sardina, los domingos en la playa con un libro, los chiringuitos, la entrada al conjunto con cagadas de perro que nadie recogía, la paisa que atendía la cafetería justo debajo de EFE y que siempre, mientras me tomaba una cerveza, hablaba de Colombia. Quizás el único día en que de verdad fui feliz en Málaga fue uno antes de abandonarla para siempre. Y cuando, otra vez en el bus, dejé atrás un lugar, una gente, un recuerdo más.

No sé si algún día regrese.

No lo creo.

Malos perdedores

Voy a decirlo de una vez, antes de que a algunos les dé por encasillarme: no voté por Santos ni en primera ni segunda vuelta. Lo dejo claro para que entiendan sin prejuicios la molestia que me producen los malos perdedores del partido verde, que se han dedicado, desde ayer en la tarde, a inundar el Facebook con mensajes insultantes, dolidos y sin sentido. Resulta curioso que mientras el profesor promulgó la tolerancia, el respeto y la educación, varios de sus seguidores se encargaron de echarle tierra a sus palabras. ¿Pero qué vamos a hacer? Uno entiende, al final, que este país está polarizado, y que cuando la intolerancia no viene de un lado pues llega de otro. Lo gracioso es que la mayoría cayó en el error de la generalización, una equivocación peligrosa en temas de política. ¿O me van a decir, entonces, que los nueve millones de votantes que tuvo Santos son todos corruptos, ignorantes y ventajosos? Sí, hay corrupción, clientelismo y politiquería, pero no es correcto asumir que todo el conjunto es igual. En fin: voy a dejar acá algunos de los mensajes para que entiendan de lo que hablo, sin corregir una sola palabra, y que cada uno juzgue lo que le plazca. En todo caso, la conclusión es sencilla. ¿Aún no la han sacado?

Hoy han ganado los ciegos...

COLOMBIA EMPIEZA A TERMINAR SU DESTRUCCIÓN... A ACABAR CON AL SALUD... EL EMPLEO PARA PROFESIONALES....... Y YO? YO ESTOY DE LUTO!

Colombia eligió.... la guerra, los falsos positivos, la mentira y la corrupción, pero el pueblo tiene los mandatarios que se mercen.

Qué alegría¡¡ ganaron los falsos positivos, el vale todo en la política, la mentiras al pueblo, la corrupción y los fusiles por encima de todo¡¡ SIGÁMONOS MATANDO¡¡

LA IGNORANCIA HA GANADO EN COLOMBIA.... QUE VIVA!!!!!! y que lo disfruten!!!!!!

Y éste, el mejor, que me lo dejaron ayer cuando dije que al fin Facebook iba a dejar de ser un lugar de propaganda política:

vas a estar tranquilo en facebook, pero sin conque pagar el Internet. Felicitaciones amigo Franco

Fútbol, política y libros

Pasada la euforia de las primeras semanas, el mundial de Sudáfrica se revela como un torneo lento y aburrido. Partidos sin emoción, marcadores estrechos, férreas defensas y las insoportables ‘vuvuzelas’ han sido las constantes de este campeonato que –es triste decirlo– cada vez se pone peor. Los equipos grandes han decepcionado; África, como siempre, se queda como la eterna esperanza, y las selecciones de América (¡quién lo creyera!), son las que están sacando la cara. La cuestión es que cada vez me cuesta más levantarme a las 6 y 30 de la mañana a ver al equipo que sea, aunque para ser sincero sólo lo hago si hay un juego que valga la pena. Pero, como va la cosa, parece que lo mejor va a ser quedarse en la cama. Ojalá en octavos de final el nivel mejore, aunque algo me hace pensar que más de un partido tendrá que definirse por penales después de 120 minutos sin goles.

Así que, sin mucho fútbol ya que ver, sólo quedan dos temas por escribir: política y libros. Del primero no hay más qué decir, y menos después de estas tres semanas en las que el candidato del Partido Verde terminó de ahogarse en su propia ola; por desgracia, está demostrado que para gobernar hacen falta más que buenas intenciones. Yo, lo confieso, alcancé a ilusionarme con los verdes, pero creo que al final hizo falta un líder; parece que al profesor le quedó grande y él solito, nadie más, fue el encargado de hundirse. Una lástima. Ojalá que en el futuro alguien retome las riendas de un partido que puede volver a ilusionarnos con fuerza.

Del segundo, en cambio, quería comentar un grato encuentro: Frutos extraños, las crónicas reunidas de la argentina Leila Guerriero. Creo que está de más repetir de que Guerriero es una de las cronistas imprescindibles de esta época; sus historias, además de novedosas, giran siempre en torno a unos personajes fascinantes: Jorge González, el gigante argentino que jugó en la NBA, triunfó en Estados Unidos, y ahora pasa los días enfermo y sin dinero en un pueblito gaucho; Rene Lavard, el mago manco; Miguel Tomasín, el líder de la exitosa banda Los Reynols que canta a pesar de su síndrome de Down, y Jorge Busetto, un médico cardiólogo que en sus ratos libres se convierte en el clon de Freddy Mercury. Tremendos personajes sumados a un estilo limpio y que agarra desde el primer párrafo, hacen de este libro una verdadera joya. Mucho tenemos que aprender de Leila los que nos dedicamos a este oficio. De eso, claro, no hay duda.

Acto de fe

Si algo llama la atención de los secuestrados que rescató el ejército, más allá del encuentro con sus familias y la felicidad inocultable, es la fe ciega que cada uno de ellos tiene y que, sin lugar a dudas, les permitió sobrevivir más de una década en la selva.

En medio de las declaraciones inconexas que alcancé a ver, todos, sin excepción, comenzaron sus discursos agradeciéndole a Dios; dijeron, mientras abrazaron a sus seres queridos, que haberse encomendado a él era lo que les había permitido llevar las horas vacías, muertas e insoportables de esos once años sin libertad.

Yo nunca he sido una persona creyente y, de hecho, con los años me he vuelto más escéptico. Por eso cuando veo estas cosas me pregunto qué pasaría si, en lugar de ellos, uno tuviera que pasar por una situación en la que se pone a prueba todo lo que ha sido su vida hasta el momento. La ventaja de los creyentes –y aún me pregunto por qué eso sucede– es que no suelen poner a Dios como responsable, en parte, de sus desgracias, sino que aceptan el destino que les toca, por trágico que sea, porque así son los designios del Señor y sólo él sabe las razones por las que los pone a prueba.

En mi opinión no es Dios quien hace las cosas –por buenas o malas que sean– sino los hombres, solamente. Sé que suena a obviedad, pero es así; por eso me disgusta oír que si algo sucede es por la voluntad del Señor. Al final, eso no es más que un acto de resignación. En todo caso, debo confesar que muchas veces envidio la fe ciega de estos fieles que, al menos, tienen algo a lo que aferrarse en momentos tan jodidos.

Creo que yo no sería tan fuerte.

Malas lenguas

Esta mañana salí a trotar. Ya no alcanzo a recordar cuándo fue la última vez que hice deporte, pero tuvo que ser hace mucho tiempo. Me puse una pantaloneta, una camiseta vieja y unos tenis y me fui a la séptima, que los días festivos se convierte en una vía llena de bicicletas, patines y gente en sudadera. Corrí durante casi media hora, deteniéndome al final cada vez con más frecuencia; cuando regresé estaba exhausto, respiraba con mucha fuerza y sentía las gotas de sudor en el pelo. Tal vez mañana vuelva; hay un parque cerca a la casa que siempre está vacío. Quizás lo haga. Debería.

Mientras descansaba me puse a ver la repetición del programa de Bayly en el que hablaba de lo patético que fue ver a Mockus y sus seguidores cantando eso de “tu vida es sagrada” cuando perdieron de manera aplastante las elecciones. Ante lo que sucedió el domingo de la semana pasada he pensado que sólo hay dos formas de ver las cosas: una es ser iluso y pensar que el próximo 20 de junio de verdad se podrá hacer algo ante el candidato del Uribismo; y la otra abrir los ojos y entender que ya todo está perdido. En todo caso, sigo creyendo que el discurso del candidato verde fue terrible; ver a Mockus y sus seguidores cantando y gritando en vez de decir algo concreto me dio pena ajena. Y no es por aguar la fiesta, pero si la ley es tan sagrada, ¿por qué Antanas no dijo nada cuandose veía que Lucho Garzón no estaba en sus cinco sentidos sabiendo que había ley seca? ¿Por qué sus seguidores cayeron en el mismo fanatismo que tanto critican?

Ya esto de la política me tiene hastiado y si las elecciones fueran mañana haría algo muy simple: no votar. De hecho, creo que por ahí va la cosa. En el mismo programa mostraron el momento en que a Uribe le dicen que el día de la segunda vuelta se juega el partido de Brasil y Costa de Marfil en el mundial de Suráfrica y el mandatario pregunta si no será posible abrir las mesas de votación a las seis de la mañana. Pobre: sigue asustado.

Así que ese día tal vez me quede en casa revisando, una vez más, ese armatoste de archivo que se llama Malas lenguas y al que hace unas semanas le puse punto final. Es la novela, sí. El arrume de hojas al que he venido trabajándole desde hace varios años con más dudas que certezas, como supongo que les sucede a muchos de los que se meten en este oficio. Ahora mismo no tengo idea del paso que sigue. Hace unas semanas le escribí a un conocido a ver si podía darme algunas luces pero nunca obtuve respuesta; no importa, supongo que tendré que lidiar con muchos “no” antes de que al fin pueda salir algo. Lo cierto es que tendré que empezar a tocar puertas a ver si las Malas lenguas entran a inundar el mar de publicaciones que salen todos los días.

Por el momento, lo que debo hacer es levantarme a trotar.