No tuve necesidad de llegar a Colombia para sentirme en casa: bastó montarme al avión en el aeropuerto de Barajas para darme cuenta de que ya estaba entre los míos. Y lo digo porque las dos horas de retraso que sufrimos dentro del aparato se debieron a que, según dijo el capitán, hubo varios compatriotas que se negaron a apagar los celulares a pesar de las múltiples advertencias de interferencia que causaban los teléfonos en el sistema. Así que, acomodados en las sillas mientras los minutos pasaban y afuera caían unas goticas mínimas –casi imperceptibles–, mis compatriotas comenzaron a hacer lo que mejor saben: socializar. Colombiano que se respete no puede quedarse callado o quieto en una silla leyéndose un libro; hay que hacer amigos.Desesperado por la demora, un caleño que estaba adelante mío dijo, medio en serio medio en broma, que iba a sacar una botellita de whisky para la espera; de inmediato dos paisas que estaban a su lado abrieron los ojos como platos, y entre chistes y burlas por la “interferencia”, una señora sacó vasos y una botella de agua. Se sirvieron, riéndose, y luego se empujaron el primer trago animados por las palabras de uno de los paisas: “brindo por conocerlos y por vivir en el país más chimba del mundo”. La alegría no les duró demasiado porque uno de los azafatos, visiblemente molesto, tuvo que decomisarles el trago. Ellos continuaron riéndose.
Y así fue la cosa: diez horas y mucha turbulencia después aterricé en el aeropuerto El Dorado. Ahora han pasado cuatro días y, luego de varias botellas de Antioqueño, muchas risas y varios abrazos, puedo decir que me siento contento. Es como si el tiempo no hubiera pasado: vuelvo a recorrer los lugares que dejé y compruebo que siguen siendo los mismos. Aún es temprano pero por ahora me gusta estar de vuelta; me agrada, sobre todo, encontrarme otra vez con cosas y personas que necesitaba. Ya tendré tiempo de volver a organizar la rutina; por ahora, feliz fin de año a los que todavía se pasen por acá. Volveremos a leernos.



