Nunca pensé que existiera algo mejor que subirse a un bus. Jamás imaginé que lo diría, pero es cierto: diez, doce o quince minutos después de estar bajo una estación de techo ínfimo, cocinándose lentamente bajo los casi cuarenta grados que hace a la sombra, no hay dicha más grande que montarse al transporte público y sentir el aire acondicionado helado. Me importa un carajo que muchos españoles –sobre todo los viejos– huelan a los mil demonios; en últimas, prefiero aguantar un rato ese humor que se les pega en la piel a seguir sudando como un caballo.
Ay, Málaga. Como empiezo a coger una rutina varios personajes se me van haciendo familiares. No amigos, sino los que tengo que ver día tras día. Están las chicas de la casa, por ejemplo. Compatimos poco porque paso todo el día afuera y cuando vuelvo tampoco hablamos mucho. Me doy cuenta de que han usado mi detergente y el papel higiénico que compré, pero aún no les digo nada. Para vengarme, uso la sal, el aceite de oliva y la crema dental de ellas.
Abajo, a dos edificios de EFE, hay un bar que se llama Cervecita’s. Así, con apóstrofo. En las tardes atienden dos meseras: una española y una colombiana. Paisa. Cuando al final de la jornada la cosa está relajada me bajo y charlamos; o mejor: charla ella porque no me deja hablar. Me cuenta que su hermano se fue para Medellín, que está dichoso y que no se quiere devolver. Yo pienso que es una mierda tener que quedarse aquí teniendo la cabeza allá. Pero no se lo digo. Ella habla y yo me río; su compañera, una española, me cuenta que ya ha aprendido las palabras claves del vocabulario colombiano: carechimba, gonorrea, hijueputa y malparido. Le digo que aprende rápido y me responde que tiene que viajar pronto a Colombia.
En la oficina la cosa es diferente. Al frente mío se hace Esperanza. Pobre Esperanza, me da un poco de lástima. Es una buena chica; en realidad, demasiado buena: siempre contesta el teléfono, llega más temprano, se va más tarde, hace lo que no le piden y se sacrifica por todos. Se le ven las ganas de mostrarse para que la dejen. A veces la soporto menos que otras. De no ser por mi jefe la cosa hace rato se habría vuelto insoportable. Por fortuna es un tipazo; buenísima gente el hombre. Muchas veces me voy para su oficina y nos ponemos a charlar sobre Colombia, o el periodismo, o esa jodida proliferación de los gabinetes de prensa que —muchas gracias— nos hacen la vida más fácil y mecánica. Hace unos días me invitó a almorzar a un chiringuito y comimos los famosos espetos, pulpo, calamar, pimientos, cañas y mil cosas más a cuenta de EFE. Me hubiera encantado decirle que pidiéramos unas copas y nos echáramos la tarde emborrachándonos con el mar al frente, pero entiendo que es el jefe y debe guardar la compostura. O dar ejemplo, yo qué sé.
Ya me lo dijeron una vez: no se emborrachen nunca con sus subalternos. Los jefes tienen que ser cabrones.
Ay, Málaga. Como empiezo a coger una rutina varios personajes se me van haciendo familiares. No amigos, sino los que tengo que ver día tras día. Están las chicas de la casa, por ejemplo. Compatimos poco porque paso todo el día afuera y cuando vuelvo tampoco hablamos mucho. Me doy cuenta de que han usado mi detergente y el papel higiénico que compré, pero aún no les digo nada. Para vengarme, uso la sal, el aceite de oliva y la crema dental de ellas.
Abajo, a dos edificios de EFE, hay un bar que se llama Cervecita’s. Así, con apóstrofo. En las tardes atienden dos meseras: una española y una colombiana. Paisa. Cuando al final de la jornada la cosa está relajada me bajo y charlamos; o mejor: charla ella porque no me deja hablar. Me cuenta que su hermano se fue para Medellín, que está dichoso y que no se quiere devolver. Yo pienso que es una mierda tener que quedarse aquí teniendo la cabeza allá. Pero no se lo digo. Ella habla y yo me río; su compañera, una española, me cuenta que ya ha aprendido las palabras claves del vocabulario colombiano: carechimba, gonorrea, hijueputa y malparido. Le digo que aprende rápido y me responde que tiene que viajar pronto a Colombia.
En la oficina la cosa es diferente. Al frente mío se hace Esperanza. Pobre Esperanza, me da un poco de lástima. Es una buena chica; en realidad, demasiado buena: siempre contesta el teléfono, llega más temprano, se va más tarde, hace lo que no le piden y se sacrifica por todos. Se le ven las ganas de mostrarse para que la dejen. A veces la soporto menos que otras. De no ser por mi jefe la cosa hace rato se habría vuelto insoportable. Por fortuna es un tipazo; buenísima gente el hombre. Muchas veces me voy para su oficina y nos ponemos a charlar sobre Colombia, o el periodismo, o esa jodida proliferación de los gabinetes de prensa que —muchas gracias— nos hacen la vida más fácil y mecánica. Hace unos días me invitó a almorzar a un chiringuito y comimos los famosos espetos, pulpo, calamar, pimientos, cañas y mil cosas más a cuenta de EFE. Me hubiera encantado decirle que pidiéramos unas copas y nos echáramos la tarde emborrachándonos con el mar al frente, pero entiendo que es el jefe y debe guardar la compostura. O dar ejemplo, yo qué sé.
Ya me lo dijeron una vez: no se emborrachen nunca con sus subalternos. Los jefes tienen que ser cabrones.





