Cuando en el 2001 un puñado de escritores e intelectuales enviaron una carta al gobierno español expresándole su indignación por la imposición del visado a los colombianos, no hacían una pataleta más: tan solo peleaban por una causa justa. El propio García Márquez, la firma más notable, expresó que “nunca había necesitado permiso para entrar a la casa de su madre”. Pero como la burocracia suele estar por encima de la razón, el gobierno los hizo a un lado e impuso la visa, que es casi tan jodida de conseguir como ganarse el baloto. ¿Que no? Haga la prueba: pase por esa tortura y verá.El caso es que muchos de los firmantes se han mantenido y otros, como suele suceder, terminaron amoldándose a la situación. Sin ir más lejos, don Álvaro Mutis estuvo la semana pasada por aquí en Madrid recitando poesía. ¡Y cuántas veces no ha regresado en estos ocho años! Basta que los tienten con un premio en Euros o les hagan un sentido homenaje y ya está: la firma vale un carajo.
Me aburre volver sobre este tema de los colombianos en el exterior. Me da pereza porque si yo estuviera allá y leyera esto en otro blog, seguro pensaría igual que usted: “pero si eso todo el mundo lo sabe, ¿otra vez con lo mismo?”; o mejor: “si se queja tanto entonces para qué se fue”.
Todo eso lo tengo claro, pero qué le hacemos: primero fue lo de Rumanía y ahora a una visita que esperaba le negaron la tal visa. No dan razones porque tampoco les interesa: simplemente, después de estar más de un mes mendigando, le dijeron que no cumplía con los requisitos necesarios. ¿Qué pasó? ¡Vaya uno a saber! Había llevado certificados laborales, cuentas bancarias, tiquetes de ida y vuelta, cartas de soporte… lo que usted quiera. Estaba probado y reprobado que no tenía ningún interés en vivir aquí. Y además, ¿para qué se va a quedar en un país que va por los cuatro millones de desempleados y cada día está más fregado? Si uno va a comer mierda mejor la come allá, con los suyos.
Pero nada: hoy por hoy es una proeza cruzar el Atlántico. Primero toca rebajarse a pedir permiso; someterse a que una manada de funcionarios analicen, decidan, y sentarse a esperar a que le den respuesta. Después importa un carajo si pierde toda la plata que invirtió: no va. Y punto.
No sé si esta entrada valga la pena pero la verdad tampoco me importa: tengo rabia y debo decirlo. Y más cuando el único delito que muchos hemos cometido –que parece ser el más grave–, es mostrar un papel marrón con un escudo en la portada que dice, abajito, República de Colombia. Pero así son las cosas y a nadie le importa, ni siquiera a nosotros mismos: parecemos resignados a pagar ese precio tan sólo por nacer donde nos tocó en suerte. ¿Y quién dice algo?




