El Caribe en Madrid II

En vista del auge de anónimos que tuvo la entrada sobre "El Caribe en Madrid" —muchos de los cuales, según dicen, estuvieron en la charla de Fiorillo—, le pedí el favor a mi estimado Iván, amigo y colega, que escribiera su versión de los hechos. Y todo porque, leyendo los comentarios, cualquiera pensaría que hubo dos charlas distintas. Así que aquí va un breve texto de este "cuate" para seguir aumentando la polémica entre el club de fans del baranquillero.

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¿Polémica?
Por Iván Hernández

http://lasaladeinterrogatorios.blogspot.com/


El “despistado” mexicano de marras —como alguien me llama en los comentarios— que estuvo esa noche en la Casa de América soy yo. Mis datos están disponibles para quien los quiera: Iván Hernández, mexicano, 32 años, reportero.

Para resumir, esa noche fui a conocer a dos narradores colombianos que desconocía y lo que vi fue a dos autores y a un presentador que ninguneaba a Sánchez Baute y elogiaba a Efraim. Vi a un presentador que confundía la ironía con el sarcasmo y las presentaciones públicas con sus fiestas particulares.

Los que responden a la versión del autor de MATAMOSCAS, (que es mi amigo, vaya por delante, y en caso de que eso ayude para descalificarme) diciendo que ellos estuvieron allí y se defienden respondiendo que los hoy citados “tienen mucho éxito”, le hacen un flaco favor a sus defendidos, porque utilizan argumentos extraliterarios como el éxito para sacarlos a flote. Si el éxito fuera una cualidad literaria, entonces podríamos meter en el mismo cajón a Dan Brown, Og Mandino, o el autor de Quien se robó mi queso, que ha vendido millones de libros en todo el mundo.

Algunos ejemplos de lo anterior:

Entre los anónimos florecen frases como las siguientes: “Fiorillo prepara sus presentación, “el tipo es un triunfador”, “No creo que un escritor tenga éxito internacional y sea traducido a varios idiomas por casualidad. Me pregunto quienes son ustedes, que representan. La envidia mata más personas que el cáncer”. “Averigüen primero antes de echar pestes sobre alguien. Revisen la hoja de vida de Fiorillo. Por encima, ha obtenido más de una docena de premios en periodismo, cine y televisión; tres películas y ocho libros escritos”.

El resto de los no argumentos son la descalificación directa, la amenaza y la revelación de que son ellos quienes poseen la verdad absoluta.

Ah, y se me olvidaba, en otros de los comentarios preguntan que quién es el autor del blog para criticar. Esa es una respuesta típica de los soberbios. En cualquier caso, creo que ningún premio Nobel ha respondido todavía a la discusión.

Les deseo a los fervorosos seguidores de Fiorillo, o de los autores, que en ocasiones futuras presenten mejores argumentos para defenderlos. Por ahora, no veo polémica alguna, veo escupitajos y pudores ofendidos y por lo tanto no queda nada qué decir.

Frase suelta



“Después de todos los lujos, de los viajes de la imaginación y del deseo tenemos que regresar a lo que nos rodea. La realidad es la resignación. Nos vemos obligados a darnos cuenta de que nuestra soledad esencial es esa realidad. Tenemos que hacer el empinado camino de vuelta de nuestros viajes imaginarios, enfrentarnos al hecho masivo de que tenemos una familia y que tenemos a una pareja que nos han sido dados por un azar de la voluntad (…) Y nuestra tragedia no es comprobar que hemos dejado de amar o de querer a esa persona, sino que detrás de las amarguras la seguimos queriendo sin comprenderlo, con la pasión resignada de la costumbre. Porque sabemos que todas las ilusiones que nos rodean son espejos deformes. No somos sino esa pareja a la que juramos fidelidad. No es que esa pareja sea una buena compañía. Es que envejecer significa darse cuenta de que no hay nadie que sería mejor que ella. Esto de la soledad es clave en ese tema, la jaula dentro de la cual tenemos que caminar como un animal manso y feroz, topándonos siempre con nuestro espejo”.

Alonso Cueto
La hora azul

Agassi


Hubiera sido más fácil, Andre. No hubiera supuesto mucho que, al igual que la mayoría de los grandes deportistas, tu silencioso retiro te hiciera permanecer en la memoria como una leyenda. Muchos recordarían, sin duda, aquella tarde de 2006 cuando el Arthur Ashe Stadium, en Nueva York, se paró a ovacionarte después de que un desconocido B. Becker (Benjamin, no el mítico Boris) te derrotara en tercera ronda del U.S Open, ese Grand Slam que ganaste en 1994 y 1999. Quedaría en el recuerdo la imagen del último punto –un terrible “ace”– que obligó al alemán a llevarse las manos al rostro y revelar, sin palabras, la vergüenza que sentía por haber despedido así a uno de los tenistas más grandes de la historia.

Quizás recordarían otra vez tus lágrimas, la voz entrecortada, los aplausos de un público que no quería perderte. Y si el silencio se hubiera prolongado, Andre, irían más atrás –mucho más– hasta ver de nuevo la imagen de un tenista de gorra, pelo largo y aretes que, desafiando la rigidez del pulcro “deporte blanco” a principios de los noventa, se presentaba en la cancha con zapatillas y ropa de colores.

Te verían llevándote los trofeos de tus ocho Grand Slams, la medalla olímpica, los grandes partidos contra el inmenso Pete Sampras y volverían a ser testigos de tu caída. Cómo olvidarlo: fue en 1997, el mismo año en que te casaste con la bellísima Brooke Shields cuando, por culpa de la presión y las drogas –como ahora lo sabemos–, bajaste al ranking 141 de la Asociación. Pero saliste, Andre. Regresaste a las canchas y, en contra de los que daban por terminada tu carrera, volviste a estar entre los diez primeros.

Todo eso pasaría, Agassi, si no hubieras hablado; si, como el resto, hubieras elegido el plácido cielo del elogio. Pero ayer apareció “Open”, una especie de autobiografía escrita por el periodista J.R. Moehringer –ganador del Pulitzer en el 2000– en la que, en un acto de confesión brutal, revelas decenas de verdades dolorosas: que odiabas el tenis, que detestabas la competición, que jugaste por la presión que te puso tu padre y que el mismo año de tu caída te dopaste con metanfetamina bajo la complicidad silenciosa de la ATP.

Quizás, para muchos, has destruido tu imagen de héroe. Ya algunos tenistas lo han dicho: Safin, Nadal, Becker. ¿Pero qué saben ellos? Hay que tener valor para revelar la verdad cuando todo podría ser tan perfecto; agallas para decir en voz alta: “miren, este es el verdadero Agassi, alguien que no es como creen. Un hombre que comete errores y se atormenta".

Ésa es la madera de los verdaderos campeones.


Una renuncia

Dos cosas me pusieron a pensar esta semana sobre el vicio de leer y el oficio de escribir. La primera fue una visita, por cuestiones de trabajo, al lujoso hotel Ritz de Madrid, donde se presentaron los ganadores del premio Planeta. Mientras escuchaba a Juan José Millás desbordarse en elogios hacia la ganadora, Ángeles Caso, no pude evitar preguntarme en qué momento la literatura se convirtió en un desfile de estrellas: el lujoso salón de estilo barroco, con una imponente lámpara de cristal en el medio, acogió decenas de personajes vestidos de gala en algo tan planeado y riguroso que no parecía la simple presentación de un libro.

La otra –sobre a lectura– tiene que ver con un comentario que apareció hace unos días en la página de Libélula, en respuesta a una pequeña reseña que hice sobre un libro de John Fante. El cruce de opiniones me hizo recordar algo que siempre he creído: el deber ser de la lectura, más allá de sus efectos secundarios, consiste en proporcionarnos un secreto placer que no se sustituye con nada. Por eso huyo de esas pequeñas cofradías que, creyéndose dueñas de la verdad, canonizan a ciertos autores y se dedican a señalar como impíos a quienes leen cosas que, para ellos, resultan “menores”. Vuelvo a decir lo que alguna vez escribí en ese boletín: que la gente lea lo que quiera, desde Cohelo hasta Thomas Bernhard, pasando, sí, por Ángela Becerra. Mejor que eso a que nunca abran las páginas de un libro.

Como una cosa lleva a la otra, volví sobre los antiguos boletines de la librería y revisé, algunas con más detenimiento que otras, las reseñas de sus colaboradores. Y entonces aterricé en el número 44, el de los siete años del lugar. Allí, en medio de tantas personas que sentían ese espacio como propio (“La mejor definición de patria es: biblioteca”, escribe Canetti), hay un mensaje mío. Un mensaje que trata de ser cálido pero que no logra acercarse a los otros por una razón muy sencilla, que vuelvo a pensar ahora: desde que conozco la librería, apenas la he pisado un par de veces. Y tal vez ni siquiera sea por la ausencia, pues he estado en Manizales durante largas temporadas; quizás sea sencillamente por ese deseo de huirle a cualquier encasillamiento de la literatura.

Le agradezco a Pablo Felipe por abrirme las puertas de ese cálido boletín durante tanto tiempo pero creo que debo dejarlo. Quizás me equivoque y la visión que tengo sea errada. Es muy probable: los prejuicios se basan, generalmente, en el desconocimiento. En cualquier caso, creo que no es honesto escribir en un lugar donde no termino de entrar, y por eso mejor dejar ese espacio a alguien que de verdad lo sienta. Seguiré viéndolo, claro, y quizás más temprano que tarde visite la librería una de esas tardes en las que, según leo, se reúnen para conversar entre cafés y libros.

El Caribe en Madrid


La Casa de América está ubicada en pleno centro de Madrid, diagonal al antiguo edificio de correos y justo al frente de la estatua de la diosa frigia Cibeles. Un punto privilegiado donde se reúnen escritores y artistas que cruzan el charco para mostrar su producción en este país. A finales de octubre el turno fue para Colombia; la embajada convocó a un pintoresco evento llamado “El Caribe a Madrid”, en el cual, durante cinco días, los españoles pudieron ver un trozo de la cultura costeña. El programa se cerró el viernes 23 de octubre con lo que se había anunciado como una charla entre el periodista y escritor Heriberto Fiorillo y “dos de las nuevas voces de la narrativa colombiana”: Efraim Medina Reyes y Alonso Sánchez Baute.

Invité a un buen amigo mexicano a que fuéramos a verlos, a pesar de que no había leído a ninguno. Aceptó sin estar muy convencido.

El evento empezó tarde. Sánchez Baute llegó primero a la Casa de América con algunos ejemplares de sus libros bajo el brazo y tras él Efraim Medina, embutido en unos pantalones blancos y con zapatos de punta del mismo color, empujaba el cochecito de su hija. El corpulento Fiorillo iba junto a Medina y sonreía detrás de sus gafas oscuras.

Noté que algo iba mal desde el momento en que se ubicaron en la mesa: Fiorillo –en el medio– y Efraim –a la izquierda– estaban sentados muy juntos; a la derecha, un poco marginado, quedó el escritor de Valledupar. De inmediato ambos “compadres” (“Efra es mi compa”, dijo Fiorillo cuando lo presentó) sacaron dos pequeños portátiles Mac y se sumergieron en ellos mientras un señor muy bogotano de la embajada decía las palabras de protocolo.

Y empezó la charla, o al menos eso creímos. Fiorillo, quien reconoció que no había preparado nada, le dijo a Efraim que leyera, mientras ignoraba sin remordimiento a Sánchez Baute. Medina leyó el fragmento de un cuento de Cinema árbol y luego el periodista se volteó sin muchas ganas y le dio la misma orden a Baute. Cuando ambos terminaron de leer, el ilustre barranquillero comenzó con las improvisaciones: “¿Qué es para ti la literatura?”, le preguntó a Sánchez Baute, y luego, para rematar, le dijo que por favor le aclarara al público si “existía eso de la literatura colombiana”.

Sánchez Baute –un tipo lúcido y sin pretensiones– sacó una buena respuesta que se extendió más de lo que Fiorillo estaba dispuesto a digerir, y así se lo hizo saber cuando terminó: “Ahora responde la segunda –le dijo, riéndose– pero no vayas a explayarte igual que en ésta”. Atónito, Sánchez Baute sólo alcanzó a responder: “pues entonces no me preguntes, marica”.

Cada que terminaba de hacerle las preguntas, Fiorillo se sumergía en su portátil o, peor aún, le decía algo al oído a Efraim y se reía. No pude evitar pensar que se estaba burlando en la cara de Sánchez Baute y me dieron ganas de que el escritor se parara de ahí y se fuera. Pero no pasó; por el contrario, tuvimos que tragarnos una nueva versión de un Medina que ya parece incómodo dentro de la etiqueta de chico malo que le han endilgado. Supongo que a Efraim la paternidad lo ha afectado –y mucho– porque estuvo leyendo un fragmento de su nueva obra llamada “El mecanismo”, una especie de diatriba anti globalización que dejaba a Obama como el gran salvador de una raza estúpida imbuida en la publicidad y el comercio. Un momento: ¿Efraim Medina cambiando las vergas por el nuevo Nobel de la paz?

El clímax de la reunión llegó cuando mi amigo levantó la mano para preguntar. Dijo que la charla estaba muy bien pero que si no habían considerado buscar una manera más amable de presentarles a los lectores españoles, tan desconocedores de lo que se escribe allá, la obra de estos dos escritores.

Sarcástico, Fiorillo sonrió y le respondió: “si quiere pídales que lean más, para que usted quede satisfecho”. Ahí fue Troya: mi amigo le recriminó su actitud pedante y displicente y de inmediato casi todo el auditorio, lleno de colombianos, se fue contra él. La cosa se diluyó cuando una mujer, supongo que de la logística del evento, pidió que nos calmáramos, “que allí íbamos a pasarla chévere”.

Cuando la charla terminó salimos pensando en que, quizás, a don Heriberto no le quedó tiempo para ocuparse de prepararla después de una caminada por la Gran Vía y un almuerzo con paella acompañado de buen vino. Es que pasear siempre es muy sabroso, y más si uno va invitado.

Curiosos hábitos

La fundación Germán Sánchez Rupérez publicó a finales de octubre un estudio sobre los hábitos de lectura de los inmigrantes en España. El trabajo buscaba analizar la percepción que tienen los habitantes extranjeros sobre el oficio de leer y, para ello, estudiaron un colectivo de rumanos, búlgaros, ucranianos, chinos, marroquíes, ecuatorianos, peruanos, bolivianos y –cómo no–, colombianos. Los resultados son sorprendentes. O tal vez no. En cualquier caso, leyendo un par de ellos recordé la brillante definición de “Vicio” que hace algún tiempo publicó Pablo Arango en El Malpensante. Acá van algunas de las conclusiones:

- “La mayoría de los inmigrantes considera leer una pérdida de tiempo, pero quieren que sus hijos lean y le dan una gran importancia a la lectura como medio para ampliar conocimientos”.

- "La gran barrera que aducen para no leer es la misma que para los españoles: no tengo tiempo”.

- “Otros obstáculos son el idioma, el precio de los libros, la falta de hábito de acudir a la red de lectura pública -en muchos de sus países no existe- y un desconocimiento bastante profundo de las letras españolas”.

- “..aunque los hábitos lectores son prácticamente nulos, se ha comprobado que los iberoamericanos solicitan más los "best-sellers"; las mujeres iberoamericanas y marroquíes prefieren lecturas prácticas, como bricolaje o cocina, y los marroquíes, libros religiosos”.

- “De todos ellos, sólo las niñas chinas dan absoluta prioridad a la lectura en su tiempo de ocio; el resto, ni lo nombra. Prefieren pasear e ir al parque, ver televisión o comunicarse con sus familiares en el extranjero”.

Y para finalizar, la gran perla:

- “Para los inmigrantes que han participado en el estudio, leer no es vivir; incluso conlleva graves perjuicios de salud, porque ocupa tiempo que se podría dedicar a pasear al aire libre y perjudica a los ojos; no se hacen amigos leyendo y es un ocio lujoso".