Réquiem por Selecciones

Una de las cosas que más me gustaba hacer en vacaciones, cuando viajábamos a la finca que durante mucho tiempo tuvo mi abuelo en Melgar, era agarrar una revista y tumbarme a leerla en una hamaca. Pero no cualquiera: entre los archivos de Semana y Cromos ―que a veces también ojeaba, aunque no con la misma avidez― había un enorme compendio de viejas Selecciones del Reader's Digest. A diferencia de las otras publicaciones, volvía una y otra vez sobre sus páginas porque el contenido era siempre atemporal; así que cada año, cuando regresábamos a la finca, las revistas salían de su estantería y pasaban de mano en mano como si estuvieran recién compradas.

No sé cuántas veces leí las mismas historias; lo que sí estoy seguro es que siempre me divertí. Tenía secciones que adoraba: Gajes del oficio, La risa, remedio infalible y Así es la vida. Y claro: aquellas pequeñas cápsulas que aparecían regadas al final de cada artículo. Con el paso de las vacaciones, el sol y el agua, aquellas Selecciones se fueron haciendo viejas; algunas estaban sin portada o con los bordes de las hojas amarillos, aunque eso no era obstáculo para que continuaran resistiendo. La mayoría eran de los años ochenta pero, si buscaba bien, podía encontrar alguna de finales de los setenta.

Casi no volví a leer la revista desde que mi abuelo vendió la finca. Supongo que el viejo archivo se quedó allá, con los nuevos dueños, o fue tirado a la basura con las cosas inservibles. Yo estaba lejos y no podía averiguarlo. El caso es que pocas veces la vi de nuevo; un día, no hace mucho, compré algún ejemplar pero ya no me pareció lo mismo: los artículos se me hicieron sosos y las secciones no me despertaron el mismo interés. Entonces se me ocurrió pensar que quizás las revistas anteriores eran similares y que quien había cambiado era yo. No lo supe.

Hoy publica el periódico El País una pequeña nota donde anuncia que la revista se ha declarado en bancarrota; hacen un recuento de sus orígenes y luego aclaran que, al menos por ahora, la medida sólo afectará su circulación en Estados Unidos. Fue entonces cuando recordé la historia de la finca y las viejas revistas del Reader's Digest.

Es triste pensar que pueda morir.

Problemas con la ironía

La mentira más grande que nos tragamos los manizaleños es que tenemos una ciudad cultural. Universitaria sí, pero con la paradoja de que no hay dónde ejercer lo estudiado. Exceso de oferta y falta de demanda. ¿Pero cultural? Permítanme dudarlo y más aún con las directrices que imparten desde arriba los encargados de lidiar con este chicharrón.

La historia es así: primero fue la cancelación de la Orquesta Filarmónica y ahora el Festival de Jazz. Ambos, según dicen, por falta de presupuesto. Luego posiblemente seguirá el Festival de Teatro –que se mantiene con las uñas– y la exigua Feria del Libro, que es una vergüenza.

Por eso, agobiado por la falta de interés en estos temas, escribí esta columna el miércoles anterior. Al día siguiente, la directora del Instituto de Cultura y Turismo le envió una carta a Nicolás Restrepo, director de La Patria, quien de manera amable me la remitió.

No voy a decir mucho más. Tan sólo pegaré aquí la misiva y seguiré lamentándome de que la persona que está al frente de la "Cultura" en Manizales no tenga idea de lo que es una ironía. Y peor aún: que lea de manera literal. Así que, como le respondí a Nicolás, espero que pronto ponga en marcha lo del carril para los caballos y el reinado de la fiesta brava. Juzguen ustedes.


***

Doctor Nicolás Restrepo
Director La Patria Manizales
Cordial saludo,

Con extrañeza observamos que en la sección de Opinión del diario del 19 de Agosto de 2009 hay un artículo titulado “¡Al Carajo la Cultura!”, en la cual el columnista Martín Franco, persona con quien no hemos tenido el gusto de dialogar, escribe la siguiente frase: “He decidido apoyar al señor Llano y a la directora (encargada) del Instituto de Cultura y Turismo de Manizales, Paula Giraldo. Tienen razón: festivales así no sirven para nada. ¿Qué ganamos nosotros con que vengan a la ciudad una manada de barbados y peludos a tocar trompetas? Nada bueno”.

Y desde el Instituto de Cultura y Turismo nos preguntamos ¿Cómo es posible que este columnista hable de mechudos y barbados? Y peor aún que lo ponga en palabras de la Gerente (E). Como se ha explicado en reiteradas ocasiones, en el Instituto de Cultura y Turismo existe un proyecto denominado Apoyo a Iniciativas Culturales en el cual, los proponentes deben entregar su propuesta a la Institución. Aún no conocemos las razones, pero el Festival de Jazz no se presentó a tal iniciativa, hecho por el cual no aplicó a recursos del Instituto.

Es una pena para la ciudad que este año no contemos con el Festival de Jazz pero también es cierto que toda la responsabilidad no puede recaer en el Instituto de Cultura y Turismo, es claro que mientras no presenten los documentos, no podrá haber apoyo.

Cordialmente,
Paula Giraldo Robledo Gerente (E) Instituto de Cultura y Turismo

Irse

Eme es un colombiano que vive en Málaga hace casi tres años. En realidad no está aquí, sino en un pueblito que queda a poco más de una hora en tren. El lugar es muy agradable, con edificios modernos y una avenida junto a la playa llena de palmeras y bares “pijos”.

Eme se vino a vivir a España luego de una decepción amorosa y ahora trabaja con una compañía que, por el sueldo, le permite tener carro, moto, apartamento y darse ciertos lujos. No es lo que estudió, pero alguna vez me dijo que uno “estudia lo que quiere y trabaja en lo que puede”.

Cuando hablamos, mientras calmamos el calor con cerveza fría, Eme se pasa comparando la vida que tenía allá con la de acá. Dice que en Colombia uno no puede hacer tal cosa o que tal otra está mal vista, y que acá es diferente por equis o ye. Yo no le digo nada porque las comparaciones me parecen odiosas. En cualquier caso, creo que es un mal común de muchos emigrantes resaltar lo que allá les hacía falta para justificar que haberse ido no les resulta en vano. El problema es que siempre llevan a Colombia adentro, por mucho que hablen mal de ella.

En mi opinión España y Colombia no son mejor o peor la una de la otra. Sencillamente son diferentes, aunque haya muchas cosas –muchísimas, en realidad– que las unan. Creo que el meollo del asunto, y que Eme aún no ha entendido después de tres años, es que uno debe aprender a separar su vida en cada lugar. El problema es que el pasado es siempre una carga muy pesada.

La tele-basura

Quienes creen que la televisión en Colombia es una basura seguro no han tenido que soportar durante más de un mes la gloriosa programación española. Yo allá me divertía, lo confieso; los jueves en la noche, cuando aparecía en mi pantalla el gran Jorge Duque Linares, solía desternillarme de risa con sus consejos para la vida. Pero servían: al final me hacían mejor persona. En las noches picaba un poco de telenovelas aquí y allí y me hacía gracia la poca vergüenza del gordito de Sweet. Era un mal televidente y lo sabía.

Acá la cosa es a otro precio. Hace algunos meses escribí que la prensa del corazón era digna, como cualquier otra. ¡Qué bruto! Aún no había visto suficientes programas de ese estilo en la tele. Pero ahora, luego de nueve meses de ocasionales noches de ocio frente a la cajita, puedo decir que España tiene mucho que enseñarnos en lo que se refiere a este estilo de periodismo: viéndolos debemos aprender –por nuestro propio bien– lo que nunca debemos hacer en Colombia.

La prensa del corazón aquí no tiene vergüenza; los presentadores, menos. Es patético: en uno de los programas estrella –Vaya par–, una cuchi-barbie y un cincuentón afeminado se dedican a discutir durante horas sobre la vida de los famosos. Y aquí los famosos, ahora que lo empiezo a entender, son los miembros de la realeza y los toreros.

Pero es que no he sido bastante claro, disculpen. No es que sencillamente “se dediquen a discutir”; es que mandan a sus reporteros a hacer guardia día y noche en las casas de sus presas, a atacarlos con una lluvia de micrófonos cuando los ven salir, a inventar y especular sobre el futuro de sus relaciones, a insultarse, agredirse, pelearse, gritar, llorar y hacer lo que sea necesario por tener rating. Lo mejor de todo –o lo peor– es ver cómo asumen el papel: todos se sientan en su estudio y tratan sus temas con la misma seriedad que si estuvieran entrevistando a Obama o analizando las medidas contra la crisis.

Por fortuna, hay un salvavidas: se llama “Sé lo que hicisteis” y lo pasan todos los días por La sexta. La dinámica es sencilla: coger estos programas del corazón y burlarse de ellos con un humor inteligente, satirizándolos y haciéndoles ver el daño que le hacen al periodismo. ¿Periodismo, digo? Ya ven cómo termina afectando el exceso de estos programas…

Feria


El que pone por escrito sus pensamientos, sus ensueños, sus sentimientos, los va consumiendo, los va matando. En cuanto un pensamiento nuestro queda fijado por la escritura, expresado, cristalizado queda ya muerto y no es más nuestro que será un día bajo tierra nuestro esqueleto.
Miguel de Unamuno


Empieza a oler a fiesta. Cada año, a mediados de agosto, se celebra la Feria de Málaga. Durante este mes todo está más muerto de lo usual: los políticos se van de vacaciones, las ruedas de prensa se disuelven, el trabajo se relaja. Todo menos el calor. En la entrada de la calle Larios, en pleno centro, han puesto una escultura de flores gigantes; colgadas de los faroles que se extienden a los costados de la vía hay macetas llenas de buganvillas.

Larios es el lugar más tradicional de Málaga: una calle llena de turistas con cámaras; de estatuas humanas –la forma más digna de desperdiciar la vida–; de reconocidos almacenes y restaurantes de paella. Si uno sigue hacia arriba llega al teatro Cervantes pero antes, por el camino, se topa con un par de librerías. Está una –Rayuela–, que siempre debo ver a través de los cristales porque nunca parece estar abierta; por esas mismas calles hay otra bastante acogedora que alguna vez visité pero que no he logrado volver a encontrar. Hace unos días estuve buscándola por las callecitas, tan parecidas todas, hasta que me rendí.

Parece que media España se está viniendo a esta ciudad; no hay cupos en buses, ni tren y mucho menos en avión. Dicen que las playas se llenan a reventar, lo mismo que el centro y los bares. En realidad, la feria no es muy diferente a lo que se ve allá: toros, caballos, fiesta y borrachos. Es como si nunca hubiera salido de Manizales, sólo que acá hay mar.

Que haya feria o no es igual: para mí Málaga sigue siendo una ciudad ajena. Tanto que ya ni siquiera me aburro.