Periodismo cuestionable

Vamos a dejar clara una cosa: los periodistas no tenemos la culpa de todo lo que pasa en Colombia. Acepto, sí, que hay mucho hampón ejerciendo la profesión y que existen decenas de colegas sin escrúpulos dispuestos a hacer lo que sea con tal de obtener una primicia. Pero, como en todo, también hay un lado B. Y eso es lo que muchos no ven.

No suelo defender el trabajo de los periodistas porque soy consciente de los errores que se cometen día a día: el amarillismo desmedido, la información imprecisa por cuenta de la chiva y un larguísimo etcétera que sería inútil enumerar aquí. Y aunque suelo tomarme estos incidentes con humor, en ocasiones caen gotas que hacen derramar el vaso.

Me explico: tengo un viejo amigo –Uribista, por demás–, que aprovecha cualquier ocasión para recordarme lo dañino que resulta el periodismo para nuestra golpeada nación. Cada que lo veo y nos tomamos unos tragos el tema salta a la mesa; cuando no, me envía correos electrónicos o me dice por chat que en tal o cual situación los periodistas la cagaron. Suelo darle la razón cuando la tiene, pero a veces me da por pensar que esgrimirle argumentos contrarios a los suyos es como entablar un diálogo de sordos.

Lo último que me mandó fue un correo escrito, supuestamente, por el periodista francés Jaques Thomet (ex director de la agencia AFP en Colombia y autor de un polémico libro sobre el rescate de Ingrid Betancourt), donde incita a los periodistas a “ayudar a nuestro país en vez de menospreciarlo sin cesar” y a apoyar al presidente Uribe y no andar criticándolo tanto. El correo lleva el título de “periodismo cuestionable”, el adjetivo con que más de uno suele tildar a quienes ejercen la profesión en el país.

Me da mucha pena, pero no puedo estar de acuerdo. ¿Dónde dice que el periodismo debe ser adalid del que esté en el poder? Lo que más me irrita de cualquier extremo –sea izquierda o derecha–, es la imposibilidad que tienen de ver más allá de sus propias creencias. Están tan aferrados a lo suyo que se cierran como tortugas dentro de su caparazón y de ahí no salen. Si leen lo hacen para reforzar sus dogmas y no para contrastar ideas; si discuten se ponen a la defensiva y empiezan a descalificar con insultos, que en últimas es lo único que queda cuando se acaban los argumentos.

Pero como seguir dándole vueltas a lo mismo es gastar pólvora en gallinazos, le respondí que quizás tenía razón. Tal vez, viéndolo bien, los periodistas deberíamos callarnos en vez de andar sacando informes como el de la revista Cambio, que prueba cómo el actual gobernador de Caldas, Mario Aristizábal, tomó dinero del erario público para solventar deudas personales por cuenta de una empresa suya que quebró. Tiene razón: tal vez es mejor no decir que a Caldas se lo están robando y dejar de criticar al gobernador, porque es muy jodido ver cómo al tío de un amigo que se graduó con nosotros del colegio, un honorable ciudadano de la clase dirigente manizaleña, le están arruinando la imagen los periodistas. Después de todo –dirá él– el periodismo no sirve para un carajo.

Para los interesados, pego el correo en el primer comentario de este post.

El pobre Mickey

Mickey Rourke es uno de los personajes más buscados de la prensa española por estos días. Más allá de su reciente película (El luchador), lo que de verdad llama la atención de periódicos y revistas es su propia historia: un ex galán de Hollywood que alcanzó la fama y luego cayó en desgracia por cuenta de una vida llena de drogas y escándalos. Tocó fondo, se quedó sin amigos, esposa, y familia; se dedicó al boxeo, arruinó su nariz y rechazó papeles en películas que, como Pulp Fiction, lo hubieran sacado del fango.

Pero ahora está de regreso con una historia que es casi como su vida –Rourke interpreta a un luchador que fue famoso en los ochenta y vive en la miseria atormentado por el enorme peso de sus recuerdos–, y por eso los medios no dudan en darle pantalla. No nos digamos mentiras: esas historias encantan. Ver a un tipo que logra salir de la mierda tiene su encanto; así como también parece tenerlo, para el púbico en general, que los ídolos se hundan en ella hasta el fondo.

El número de este mes de la revista Esquire trae a Mickey en la portada con el sugestivo título de “Rourke: 1,189 semanas y media después”. En sus propias frases, Mickey nos cuenta lo mucho que ha sufrido. Aquí les dejo algunas para que se hagan una idea:

“Cuando toqué fondo, el teléfono paró de sonar. Vivía con 200 dólares a la semana. Empecé a ir al supermercado por primera vez en muchos años. Ahora estoy acostumbrado, pero aquella primera vez, cuando empujaba el carrito e intentaba comprar algo para comer… ¡Ufff! Fue duro. Incluso iba a un sitio de gays para que nadie me reconociera”.

“Mucha gente me decía: “¡Tío, estás estupendo en El corazón del ángel!”. Vale, qué bien, pero esos fans no me pagaban el alquiler ni la cerveza. Nadie me quiso dar una oportunidad. Llegué a tener que vender mis nueve motos para poder pagarme cosas de primera necesidad”.

“Estar de nuevo en el candelero es una sensación agridulce. Especialmente tras haber estado en el cine durante trece años. ¿Sabes lo que es entrar a las dos de la mañana a comprar cigarrillos y que alguien te suelte: “oye, ¿tú no eres el de Nueve semanas y media? Deprime”.

Cervantes light

El texto que sigue apareció en el suplemento del periódico El País, en mayo de 1996.

Cervantes Light
Por Antonio Muñoz Molina

El Quijote es un libro lleno de defectos. La acción tarda mucho en empezar, hay capítulos enteros en los que no ocurre, interminablemente, nada, la historia principal queda interrumpida por relatos secundarios que no tienen nada que ver con ella, o, peor aún, por largas tiradas de versos, y cuando parece que por fin va a haber algo de suspense, cuando Don Quijote y el escudero vizcaíno están a punto de enredarse a caballo en un duelo de espadas, a Cervantes no se le ocurre otra cosa que interrumpir su relato, con el pretexto absurdo de que se le ha acabado el manuscrito de donde lo copiaba y por tanto no sabe como continúa. Dejando aparte las incongruencias y descuidos de la trama -¡ese asno imperdonable de Sancho que aparece y desaparece!-, Cervantes no era precisamente un genio en lo que se refiere a la astucia de enganchar o atrapar al lector, según se dice ahora, como si el lector fuera una trucha o un conejo: cada vez que se anuncia en la novela la posibilidad de algo verdaderamente terrible o magnífico, la cosa acaba en ridículo, o en nada: los ruidos nocturnos que aterran a Sancho en mitad de un bosque tenebroso resulta corresponder a unos prosaicos batanes; cuando Don Quijote ordena que le abran la jaula del león y lo desafía, el león se lo queda mirando con aire adormilado, y en lugar de saltar hacia el caballero y ofrecernos una escena trepidante de acción se da media vuelta y se tumba en el fondo de la jaula....Para remediar y corregir todas estas deficiencias, para lograr una novela que interese a los lectores de hoy día, lectores dinárnicos-, atareados, con poco tiempo que perder en vaguedades polvorientas, un filólogo o catedrático de literatura de cuyo nombre ahora no me acuerdo ha publicado una edición simplificada de El Quijote que, sin duda, por lo que leí hace un par de semanas en el periódico, será un progreso considerable con respecto al anticuado original, y tendrá además la sagrada virtud pedagógica de facilitarles la lectura a los estudiantes y evitar que sus jóvenes cerebros se fatiguen en exceso.

Voy sospechando que existe una conspiración internacional en contra de la dificultad, de la cual son adalides, junto a este señor que ha mejorado El Quijote, nuestras autoridades educativas y los editores de literatura infantil y juvenil. Las obras del pasado tienden a ser horriblemente largas, con lenguaje obsoleto, con personajes pesados que hablan sin parar y habitaciones llenas de cosas, incluso, algunas veces, con términos poco respetuosos para las minorías.En Estados Unidos se recordará que el año pasado se publicó una edición renovada de la Biblia que, al parecer, corregía sus más desagradables deficiencias: las alusiones a la oscuridad de las tinieblas han sido suprimidas, para no ofender la susceptibilidad de los ciudadanos de piel oscura; los ciegos y los tullidos del Evangelio se convertían en personas visualmente desiguales o diferentemente capacitadas. En cuanto a Dios, el iracundo Jehová capaz de ahogar a todo el género humano, de arrasar ciudades enteras bajo el fuego, como el presidente Truman, y de partirle los dientes a los enemigos de Israel, según declara David en los salmos, resulta ser, en la Biblia mejorada, al mismo tiempo hombre y mujer, con objeto de que su autoridad no pueda ser calificada de sexista; una especie de Bill Clinton afable y hermafrodita.

Hay como un terror sagrado a la complejidad y a la aspereza de las cosas, una desconfianza absoluta hacia la inteligencia y la capacidad de esfuerzo y de disfrute de la gente. Cualquiera que tenga algo de trato con editores de literatura infantil y juvenil se sorprenderá al descubrir la coacción inapelable de lo fácil, de lo bonito, de lo bondadoso, de lo pedagógico. Igual que los programadores de televisión y los ejecutivos de la publicidad comercial y política parten del axioma de que somos imbéciles, los editores de literatura infantil y juvenil y los teóricos de la educación consideran que la infancia es un estado de idiotez aún más profunda, capaz tan sólo de recibir los mensajes más simples, de una felicidad digestiva y babosa que no merece ser enturbiada por ningún esfuerzo, pero que debe recibir de los libros el más completo adoctrinamiento. En los libros infantiles no puede aparecer la pobreza, ni la desgracia, ni la muerte. Como en El Quijote corregido, las palabras que se usen deben ser calculadas para que no exista la menor dificultad, el más leve desafío a la inteligencia. El equivalente alimenticio de esta extrema simpleza intelectual es la papilla: parece que la intención de los editores y de los pedagogos sea prolongar lo más posible en la vida el hábito de la deglución amodorrada, de la succión blanda, de la idiotez jovial en la que ellos se imaginan que viven los niños y los adolescentes.

Yo no creo que haya que forzar a nadie, niño ni adulto, a leer íntegro El Quijote, ni a escuchar una sinfonía de Bruckner, ni a asistir durante más de cuatro horas a una representación de Hamlet. Pero sí creo que en la inteligencia de casi todos nosotros hay una infinita capacidad de aprender y de disfrutar con lo que se va aprendiendo. Igual que el ejercicio físico vigoriza los músculos y los pulmones, el aprendizaje disciplinado y gozoso fortalece la inteligencia y agranda nuestra capacidad de mirar, de escuchar, de saber, de sumergirnos en el mundo. Decía Juan de Mairena que escribir para el pueblo es escribir como Cervantes o Shakespeare. Para que alguien disfrute de El Quijote o de una sinfonía no hay que simplificar el libro o convertir la sinfonía en una de esas halagüeñas parodias que perpetraba aquí Waldo de los Ríos en los años setenta: hay que ofrecer a todos la posibilidad de adiestrarse, si así lo desean, para comprender y amar la literatura y la música, para ingresar gradualmente en ellas. Y entre las potestades del lector, niño o adulto, está siempre la de dejar un libro que no le gusta o saltarse un capítulo que le aburre, y también la de disentir de las opiniones del autor o de sus personajes. Es el lector quien abrevia los libros, quien los prolonga en su imaginación, quien los corrige en su memoria o en su olvido y los escribe de nuevo en la relectura. Para aprender lo más valioso hacen falta maestros: no niñeras perpetuas, no risueños monitores de guardería que nos pasen El Quijote light por el pasapuré y nos lo vayan administrando a cucharadas.

Uribito y los periódicos

Ahora que tanto se habla de ‘arias’ Uribito, no puedo olvidarme de una anécdota periodística que hoy, algún tiempo después, me parece hasta graciosa. Y lo digo porque todos sabemos lo agradable que es que Andrés Felipe. ¿O no?

Resulta que pocos meses antes de perder mi trabajo en una revista de farándula, la directora me mandó a entrevistar a este súper ex ministro. Eran los días previos a su matrimonio con una cachaquita de sonrisa grande. Como por esa época la cabeza de la revista empezaba a cogerme bronca, me hizo madrugar el sábado a la casa del ahora candidato presidencial. Así que ahí estaba yo: en la 119 con 19 (más o menos, no recuerdo bien), viendo a su futura esposa arreglarse, a su jefe de prensa hablándome de cualquier cosa con falsa simpatía y esperando a que el hombre llegara. Faltaban quince días para el matrimonio y la revista sería el único medio que tendría la primicia de la boda del mesías. Debía ser cuidadoso.

Uribito llegó una hora después, luego de que su novia se hubiera probado varios de los vestidos con los que iba a salir en la revista. Su jefe de prensa se mostró diligente y servil. Arias entró acelerado, me dio la mano sin verme, y se comió un desayuno de frutas. Yo tenía apuntada en el cuaderno una de esas entrevistas ping-pong llena de preguntas banales sobre su futura vida de casados.

Fue una charla rápida y limpia. Le hice las preguntas con la misma falsa simpatía que aprendí de sus funcionarios y cuando terminé huí despavorido. El lunes, cuando regresé a la oficina, recibí una llamada del jefe de prensa diciéndome que debíamos cambiar una de ellas; que la respuesta de Arias no podía salir así. Estaba agitado y nervioso.

Miré la pregunta; en realidad, no me parecía tan grave: “¿Qué es lo primero que harán cuando se casen?”, decía. Y la respuesta –que me la dio Uribito, no su esposa–, era sincera: “cancelar todas las suscripciones a los periódicos y revistas”. Si eso era lo que de verdad quería, ¿por qué tendría que cambiarla? Claro: hay que cuidar la imagen. Le dije entonces que me diera la nueva respuesta, pero me respondió que debía esperar a que Arias se la pasara. Le recordé que debía apurarse, pues la revista entraba a impresión en la mañana del otro día. Me aseguró que en cuestión de horas la tendría en el correo.

Como a la mañana siguiente aún no había recibido respuesta, volví a mirar la entrevista y vi que la pregunta estaba ahí. Podía quitarla para que nadie lo supiera y todos tan contentos, pero por alguna razón no lo hice. Dejé que se fuera así y no dije nada. El cierre terminó y en la tarde me escribió el jefe de prensa, aún agitado y nervioso, diciendo que ya la tenía. Le dije que era tarde y casi se vuelve loco; llamó de inmediato a la directora, quien aprovechó para darme unas lecciones de periodismo de manera no muy cordial, y trató de restarle importancia al asunto.

Pero no se pudo hacer nada y así salió: en alguna edición de esa revista Uribito dice que la primera cosa que haría después de casado sería cancelar los periódicos. En realidad no sé por qué le molestó tanto la pregunta; quizás porque a veces los medios, que tanto difaman y son los culpables de todo, no le hacen justicia a su imagen de redentor. Aunque a juzgar por toda la prensa que ha mojado últimamente, no creo que haya cancelado las suscripciones. Después de todo, parece que no le molesta tanto ver su imagen en los periódicos, y menos ahora que es el candidato oficial del furibismo.

Lejos de Rumania

Cuando pasé el primer control policial, donde un funcionario apático le puso el sello de salida a mi pasaporte, me sentí casi al otro lado. Eran las cinco de la mañana, el cielo seguía oscuro, y unos cuantos viajeros perdían el tiempo en esas salas de espera enormes e impersonales del aeropuerto de Barajas. Afuera se veía el avión. En pocas horas, si todo salía bien, llegaríamos a Bucarest, la capital de Rumania –o Rumanía, con tilde–, la llamada “París del Este”.

Pero, como dije, “si todo salía bien”.

Antes de la hora indicada un empleado de la aerolínea llamó a los pasajeros a abordar. Uno cree que el desorden y la empujadera son bienes exclusivos del tercer mundo, pero qué va: aquí es peor. Se forma un despelote tremendo y toca empezar a meterse, abriendo un poco los codos, hasta llegar a la mejor parte: enseñar el pasaporte. Y en ese punto estaba, entre somnoliento y ansioso, justo después de que un amigo mexicano pasara el control sin problemas. Atrás, la gente seguía abriéndose espacio. Mis compañeros de viaje (resultamos diez, al final), esperaban con pasaporte y tiquete en mano.

Mostré el documento. El hombre vio “República de Colombia” en la parte frontal, contrastó con la ‘cédula’ de extranjería que me acredita como estudiante y dijo señalando el mostrador: ‹‹espéreme ahí un momentico, por favor››. Hice caso. Los compañeros españoles me preguntaban, mediante gestos, qué pasaba. Yo no sabía, pero empezaba a intuirlo. Una amiga dominicana, que estaba próxima a llegar al punto de control, salvó la situación con humor: ‹‹no te preocupes –me dijo–. Espérame que ya te acompaño››.

Así fue. Cuando mostró su pasaporte, el hombre le dijo lo mismo y la mandó a mi lado. Y también a una compañera peruana, que tenía planeado celebrar con nosotros su cumpleaños al día siguiente en Brasov. Los tres esperamos hasta que se embarcó el último pasajero, hasta que nuestros compañeros se habían subido y nos timbraban al celular desde el avión, y hasta que el tipo de la puerta nos explicó la razón por la que no podíamos viajar, la prueba más obvia de que no llegaríamos a ese país, un motivo que yo había adivinado minutos antes y que más de uno seguro ya sabrá: necesitábamos visa.

Qué pendejo, dirán algunos. ¡Sabiendo que es colombiano! Y sí: pecamos por exceso de confianza. Nos relajamos al saber que Rumania hace parte de la Comunidad Europea y creímos que, como dicen, uno así puede viajar tranquilo. Pero no: resulta que los países de este lado miran aún con recelo a sus vecinos del Este y siguen poniéndoles una cantidad de trabas para entrar a la unión. Entonces, como no es tan libre, Rumania pone sus condiciones. Y como Colombia tiene ese estigma tan grande, esa imagen indeleble, pues ¡pum!: visa.

Sé que la culpa es mía por no haberme fijado (qué pendejo, seguirán diciendo algunos), pero me jode sentirme tratado como ciudadano de segunda por culpa de un papel. Y lo digo porque no es la primera vez; en diciembre, cuando iba de París a Estrasburgo, me sucedió algo similar: la persona con quien viajaba pasó sin problema el control de seguridad pero cuando mostré mi pasaporte colombiano un tipo me dijo que abriera la maleta. Le revisó enterita, metiendo una especie de detector por entre la ropa, y hasta me abrió la bolsita del aseo, como si allí fuera encontrar quién sabe qué cosa. Una pendejada, lo sé, pero que me hizo sentir como un delincuente.

Ahí, pues, terminó el paseo: a las seis de la mañana, en el aeropuerto de Barajas, mientras el avión despegaba con el resto del grupo a bordo. Quedamos con las maletas hechas y no tuvimos más opción que devolvernos. Claro que a esa hora, con esas ganas de viajar y con Bucarest aún en la cabeza, lo peor que podíamos hacer era regresar a casa. Así que nos fuimos a Atocha y compramos el primer tiquete de tren a Valencia, donde este fin de semana hicieron las populares fiestas de las ‘fallas’. Pero eso no lo voy a contar porque ya sería una historia muy larga y, después de todo, ¿a quién carajos le interesa?


Vásquez

Empiezo con algo que una vez conté: no sé si todavía, pero hace un par de años publicaban en la revista Voz a Voz una página de libros. En la parte de abajo, como recuadrito pequeño, metían siempre una entrevista en la que le soltaban la misma pregunta a varios escritores: ¿cómo está la salud de la literatura colombiana? Y casi todos respondían que en cuidados intensivos. Cuando escribí esa anécdota dije que no encuentro el panorama tan oscuro. Porque, viéndolo bien, los escritores de la ‘nueva generación’ –si es que hay tal cosa– vienen publicando con cierta periodicidad y trabajando de manera juiciosa en la literatura. Que los libros sean buenos o malos es ya otra historia, pero sin duda algunos de estos narradores cuidan y cultivan el oficio. Antonio García, por ejemplo. O Juan Gabriel Vásquez.

Es curioso pero no había leído a Vásquez en Colombia a pesar de toda la bulla que le hicieron a la Historia secreta de Costaguana en la Feria del Libro, ni por cuenta de los artículos que publicaba en distintas revistas. Vine a descubrirlo hace poco, cuando hurgando en la biblioteca encontré el librito de cuentos de Los amantes de Todos los Santos y lo saqué para ver qué tal. No paré. Cinco relatos completos y redondos donde el lector queda, al final, con una sensación inquietante. Vásquez explora muy bien las relaciones de pareja y se mete, con acierto, en el misterioso laberinto del comportamiento humano. Los protagonistas son seres solitarios, insatisfechos, aquejados por algún dolor del alma. Tal y como nos pasa a todos. Dos cuentos en especial –Los amantes de todos los Santos y En el café de la République– y un lenguaje sencillo y ameno hacen que valga la pena leer este libro.

Sobra decir que el ánimo me llevó a sacar la novela Los informantes, que me tiene también encantado. Qué buen descubrimiento ha sido Vásquez; qué placer leerlo. Y, sobre todo, qué bacano que sea un autor alejado de toda esa maquinaria mediática que tanto les gusta a algunos. Recomendadísimo.

Tan modesto...

modestia.
(Del lat. modestĭa).
1. f. Virtud que modera, templa y regla las acciones externas, conteniendo al hombre en los límites de su estado, según lo conveniente a él.
2. f. Cualidad de humilde, falta de engreimiento o de vanidad.


Esta definición de la RAE se entiende mejor en la práctica con un ejemplo sencillo: el conocido escritor Javier Marías publica este domingo en El País Semanal su columna titulada Pélículas únicas. A alguien –vaya uno a saber si al escritor o al editor– le dio por poner el siguiente destacado, que como todos saben es el rescate de un parrafito regado en el texto: “Tengo especial simpatía por lo que se hace desde la modestia y la falta de pretensiones”. Ay qué bonito, dice uno, y entonces se va al primer párrafo y encuentra la siguiente frase: “De los muchos libros que ya llevan mi firma, estoy particularmente satisfecho de uno que me debe muy pocas páginas, pero sí la selección y la idea, publicado hace veinte años”.

Tan modesto, ¿no?

La prensa rosa

Siempre me ha molestado la displicencia con que los propios periodistas ven la prensa rosa. Casi todos la miran por encima del hombro, como si untarse de ella o llegar ahí fuera rebajarse de estrato. Un redactor que cubre política y se codea con la crema y nata del país puede sentirse muy importante, pero en el fondo no deja de ser un idiota útil de los que manejan el poder. A los que están en cultura les pasa casi lo mismo: luego de estar escribiendo sobre ópera o sesudas exposiciones de pintura, rebajarse a hacer un perfil sobre, digamos, el hijo futbolista de Pachito Santos se considera un horror. Algo indigno.

Lo curioso de este fenómeno editorial es que, si bien por un lado los periodistas le hacen el quite, por el otro la demanda no da tregua. En España las revistas del corazón son las que más billete facturan; lo mismo pasa en Colombia, donde según el EGM TV y Novelas es la más leída y CARAS está en el cuarto lugar. Curiosa paradoja: los periodistas no quieren escribir las revistas más compradas.

No defiendo la prensa rosa porque me parece que en ocasiones sobrepasa los límites de lo que debería ser, en teoría, la vida privada de los personajes públicos. La pregunta es, entonces, ¿hasta dónde debe llegar? ¿Hasta donde el público diga? El problema es que los lectores son una masa amorfa sin escrúpulos que, como se sabe, piden y piden más. La única explicación que encuentro para la proliferación de los paparazzi y las revistas sobre los famosos, es que a la gente le encanta darse cuenta (como si no lo supiera) que las estrellas de la tele o el cine son personas como ellos. “Ah, mira: Britney Spears también se emborracha”. Y luego hacen todo un escándalo por eso, antes de irse a beber en la tienda de la esquina.

Tuve la oportunidad de trabajar durante casi un año y medio en una de estas revistas y debo decir que, al principio, llegué con el mismo prejuicio. Pensé equivocadamente que escribir sobre los famosos no iba a terminar aportándome un carajo. Y me equivoqué. El periodismo rosa, bien llevado, tiene el mismo rigor que cualquier otro. Lo curioso del asunto es que varios de mis compañeros del máster hicieron la misma cara de disgusto cuando supieron que la clase del pasado viernes fue sobre este tipo de periodismo. Algunos ni siquiera fueron.

Ya veremos cuando el trabajo que les salga sea en una de esas revistas...