Ciento veinte días

Todavía recuerdo la ansiedad cuando miré por la ventana del avión. Aún tengo en mi mente lo que sentí al ver la ciudad, cuando me topé con un mundo al que no estaba habituado: pensé que todo quedaba atrás y arrancaba otra vez. Una sensación que, por desgracia, se pierde rápido. La costumbre es igual en todas partes.

Cuatro meses han pasado casi sin darme cuenta. En ocasiones me pregunto qué es lo que hago acá y no puedo encontrar una respuesta clara. Estudio. He seguido la costumbre de la que tanto renegué: correr detrás de títulos y más títulos que te hacen experto en algo cuando en realidad no sabes mucho de nada.

Pero he aprendido algunas cosas. Sé, por ejemplo, que viajar es una manera de huir. Los que empacan sus maletas dejan atrás lugares y personas, pero no pueden olvidar su pasado. Lo vivido es una carga, una maleta que no se empaca. Y he aprendido que cuando pasa la euforia inicial de conocer personas y lugares, todo va volviendo a ponerse en su sitio, despacio y en silencio. Nada cambia mucho: en el fondo la gente se parece aquí y allá.

“Lo viajes no existen para un álbum de retratos. Tampoco los libros han nacido para la construcción de una biblioteca en el salón de los padres. Los amores lo saben cuando se van, desnudos de resentimientos, cuando aprenden a beber las centellas de cada instante vivido. Los viajes nos hacen ir del deseo al desierto, y nos traen de vuelta a ninguno de esos dos puntos, de llegada o de partida, que en rigor se confunden”. Lo dice Floriano Martins, escritor y poeta brasileño, en un cuentico muy bello llamado Los párpados ardientes del último relámpago, que me dieron en una estación de buses en Évora, Portugal.

Creo que, ciento veinte días después, puedo decir que un viaje es como escribir: en el fondo, lo que hacen quienes se van y los que redactan es buscarle sentido a algo. Indagar por respuestas, aunque en realidad no haya muchas.

El lector


Bernhard Schlink
Anagrama

Digamos que a Europa le preocupa su historia. Así como en España se sigue escarbando en los horrores de la dictadura –aunque hace más de treinta años que murió el general Franco–, en Alemania continúan echando mano del holocausto para contar historias. Tal vez sea una manera de redimirse por ese pasado vergonzoso, o quizás para tratar de evitar que una cosa así suceda de nuevo, pero el caso es que los relatos sobre campos de concentración o el terror del Tercer Reich están todavía a la orden del día.

Y El Lector, de Bernhard Schlink –novela que acaba de adaptarse al cine–, viene a engrosar la lista. Por fortuna no es una historia más sobre un ex refugiado de algún campo o un redentor que salvó a tantos de la desgracia; de ésos, para bien o mal, ya se tienen bastantes. La trama de esta novela breve es tan sencilla como encantadora: Michael Berg es un adolescente de quince años que un día, por cuenta de una hepatitis, se topa con una mujer mayor que termina ayudándolo. Luego de agradecerle y hacer algunas visitas más a su casa, ambos vivirán un romance que a él le servirá para convertirse en adulto y a ella para evadir su realidad.

La relación, que le enseña a Michael los placeres del sexo, aparece siempre amenizada por un curioso ritual: Hanna le pide a su joven amante que le lea un libro antes de meterse bajo las sábanas. Durante varios meses la pareja vive un idilio que parece perfecto hasta que un día ella desaparece sin dar mayores explicaciones. Siete años después, siendo un estudiante de Derecho, Michael asiste a un tribunal donde se juzga a criminales de guerra nazi y la encuentra en el banquillo de los acusados. Entonces comienzan a develarse secretos que el lector va abriendo, poco a poco, hasta llegar a un final muy bello e inesperado.

El lector es una novela que estremece desde la primera a la última página. Algunas frases sueltas de la prosa sencilla de Schlink, hacen que uno se detenga por momentos y reflexione: “a veces un final doloroso hace que el recuerdo traicione la felicidad pasada. A lo mejor es que la única felicidad verdadera es la que dura siempre. Porque sólo puede tener un final doloroso lo que ya era doloroso de por sí, aunque no fuéramos conscientes de ello, aunque lo ignorásemos. Pero un dolor inconsciente e ignorado, ¿es dolor?” O bien: “Pero el que huye no sólo se marcha de un lugar, sino que llega a otro”.

No he visto aún la película porque quería reservarme ese pequeño placer que produce leer primero el libro y llegar con una ligera ventaja a la historia en pantalla. Pero si es tan conmovedora como la novela, seguro que iremos a la fija. La novela está muy recomendada y uno la lee con mucho más placer que esfuerzo. Así que adelante, lectores.

Slumdog Millionaire

Confieso que no me gustan los finales felices. El problema es que cuando una historia está tan bien contada, cuando desde el principio nos agarra tan fuerte, cuando cada uno de sus personajes se vuelve entrañable, entones la cosa cambia. Funciona. Y eso pasa con la nueva película de Danny Boyle, Slumdog Millionaire: ni siquiera el desenlace un tanto rosa nos quita la certeza de que estamos ante una historia buenísima.

El popular programa de concurso ¿Quién quiere ser millonario? –que en Colombia se sigue viendo por temporadas– es el punto de partida para contar la azarosa vida de Jamal, un humilde joven de la India que trabaja sirviéndole té a los operarios telefónicos. Cada pregunta nos revelará aspectos desconocidos de un pasado lleno de miseria y dolor; cada rupia que Jamal va ganando nos acerca a su historia con Laika, la mujer que siempre ha querido. Y así, mientras llega al final del concurso y la policía lo detiene por pensar que hace trampa, se nos irá revelando, poco a poco, lo que en verdad sucede.

Slumdog Millionaire es una historia redonda contada de forma distinta. Y ése es, quizás, su mayor mérito. Quienes la vean se darán cuenta de que tal vez hubiera podido tener otro cierre, pero que en cualquier caso el que quedó encaja muy bien. La verdad es que no soy experto ni crítico de cine (por eso abandoné los comentarios de Ochoymedio), pero ésta es una película que vale la pena. Seguro. Y bueno: ya veremos qué dicen los expertos de la Academia el domingo que viene.

Paisaje con fondo

Es el mismo paisaje. El árbol de la derecha, el pequeño jardín arreglado, los viejos edificios del fondo. Iguales. Detiene su vista en algún punto y se imagina lo que ella estará pensando. Creerá que, como le dijo antes de partir, la vida es en verdad distinta. Pensará que ahora no anda atado a una rutina, que la gente es diferente, que al fin está viviendo. Estará convencida de que logró librarse de ese paisaje, de ese árbol, de ese pequeño jardín arreglado y de los viejos edificios. Él los ve desde la ventana y no dice nada. Sonríe. Entonces descuelga el teléfono y la llama.

–¿Cómo estás? –pregunta ella.

–Bien –dice él.

–¿Qué tal todo?

Hay un silencio largo; él vuelve a mirar por la ventana, ve el paisaje. Nada se mueve.

Y cuelga.

Eluana

Mucho se ha escrito sobre el caso de la italiana Eluana Englaro. Para quienes no se acuerdan, la mujer lleva 18 años en estado de coma profundo por cuenta de un accidente en carretera. Durante todo este tiempo sus padres han batallado contra la férrea obstinación de la Iglesia y Silvio Berlusconi, quienes se empeñan en dejarla conectada a pesar de su estado vegetativo.

No voy a alargarme en detalles de la noticia pues para verla basta con abrir cualquier periódico –ayer salió en El Espectador una entrevista con el padre de la joven–, pero sí me gustaría comentar la evidencia que queda detrás de todo esto: el increíble miedo que sigue girando en torno a la muerte. De eso no se habla, aunque morir sea la promesa de una vida mejor para los que tienen fe. De hecho, una inmensa cantidad de creyentes prefieren seguir aferrándose a la vida, aun cuando ésta carece de sentido. El caso de Eulana es uno de ellos. ¿Para qué luchar contra algo que no tiene remedio? En mi opinión cuando alguien fallece no es mucho lo que pasa: tan solo una materia que se descompone. No creo que haya ninguna otra vida, ni reencarnaciones, ni castigos o premios. Y me parece que en casos como éste es mejor dejar que llegue la muerte, para evitar la larga agonía de quienes la rodean.

“El significado de nuestra vida y los recuerdos de ella, les pertenecen a los vivos, lo mismo que nuestro funeral. Cualquier existencia que tengan los muertos, la tienen sólo para la fe de los vivos”. La cita es de Thomas Lynch y aparece en ese bello libro que es El Enterrador. Si Eluana aún no ha muerto no puede ser un recuerdo, sino una presencia que sigue doliendo. Y eso es un sinsentido. El dolor de la muerte seguirá estando después, claro, pero no será lo mismo si al menos sus familiares son conscientes de que no está.

El caso es que viendo la noticia de esta joven (que pronto podrá, por fin, descansar) me acordé también de La Enfermedad, la conmovedora novela de Alberto Barrera, de donde saco esta pregunta que dejo ahí, flotando en el aire: “¿Por qué nos cuesta tanto aceptar que la vida es una casualidad?”

Elogio del montañero

Lejos de causar esa vergüenza que obliga a llevarse las manos al rostro, la cultura “montañera”, como se dice en el argot paisa, debería ser tomada como lo que en realidad es: una fuente inagotable de valiosas historias. Si bien unos palidecen cuando se les menciona, como sin querer la cosa, que en Manizales todos somos montañeros, otros hemos aprendido a convivir con un remoquete que no es a todas luces ningún lastre. Montañero, como dice el diccionario, es aquel “perteneciente o relativo a la montaña”; por eso el que en mi ciudad de origen pretenda negar que nació en una loma está, como se dice, “miando fuera del tiesto”.

Si en Antioquia fue Carrasquilla, en Manizales quien mejor plasmó el espíritu montañero en el papel fue don Rafael Arango Villegas, autor de Asistencia y camas. En la mayoría de las bibliotecas privadas más encumbradas de nuestra aún más encumbrada ciudad hay un ejemplar de sus Obras completas. Cosa curiosa, por lo demás, pues pese a ser un próspero empresario, viajero y con plata en los bolsillos, Arango Villegas se sentía el más montañero de los montañeros.

Su única novela refleja el carácter de las personas así: inocentes, dicharacheras, aguardienteras, espontáneas y, sobre todo, frenteras. Varios de sus personajes son representaciones vívidas de los distintos tipos de montañero: doña Petra, mujer recia, brava y mandona que desbarataría en par patadas cualquier teoría feminista de Florence Thomas; o Julito, el hijo vago y pícaro que es capaz de tumbar hasta a la mamá.

Lo que nadie puede negar, por mucha pena que le dé admitirlo, es que la sabiduría montañera es muchas veces más efectiva que cualquier compleja teoría intelectual. Ahí nomás está lo que le dice Petra a sus hijas, cuando éstas se muestran reacias a estudiar: “Pues ustedes verán. Lo único que les digo es que cuando uno es bien bruto no vale ni una patada en el trasero, aunque tenga más plata quel diablo. En cambio el que sabe es siempre gente onde esté”.

Pero quizás la mejor característica del montañero es su inocencia. La misma doña Petra da muestra de ello cuando, convencida de que tener calzas de oro es cosa de personas distinguidas, lleva a sus hijas a la dentistería para que les dejen las muelas brillantes. Cuando el doctor, sorprendido porque las muchachas tienen los dientes en perfecto estado, le dice que no vaya a cometer semejante barbaridad, ella saca pecho y responde furiosa: “me hace el favor y les pone hartas y bien grandes, cosa que cuando abran la boca se les vean desde lejos. Eso es lo que me gusta a mí”.

Y ahora que hablamos de dentistas y montañeros, no puedo dejar de mencionar la anécdota que me contó hace poco Jorge Juan Tobón, prominente odontólogo que tiene su consultorio en el barrio La Asunción de Manizales. Como está ubicado en un sector más bien popular, su clientela es variopinta: al lugar llegan pacientes de barrios aledaños y también de la galería, que es como aquí se le llama a la plaza de mercado. Un día entró al consultorio un tipo ya maduro, de camisa abierta, sombrero y poncho al hombro, que no tenía en la boca más que dos dientes: uno en la parte de arriba, a la derecha, al lado de donde alguna vez estuvo un colmillo, y el otro abajo, en el extremo opuesto. Ambos se sostenían de milagro. Tras hacerlo abrir la boca y mirar con detenimiento la fugaz dentadura, Jorge Juan, intrigado, le preguntó:

–Oiga hombre, ¿y usted por qué lado come?

El tipo cerró la boca, ladeó un poco la cabeza, y luego de mirarlo un rato y pensarlo bien, respondió como si fuera la cosa más natural del mundo:

–Pues por los lados de la galería, dotor.


Ilustración: John Joven.

jodido

Dos cosas acerca de este libro: la primera es que no quería que se acabara y la segunda que no podía parar de leer. Tuve que dejar a un lado, olvidadas, las demás lecturas que tenía empezadas: Wao me agarró desde el principio y me dio un sacudón el macho. No sé qué más pueda decir acerca de esta maravillosa novela; sólo, quizás, darle las gracias a los que juiciosamente escribieron sus recomendaciones (aquí, aquí y aquí unos ejemplos) y me hicieron abandonarlo todo para meterme de lleno en este personaje inolvidable.

¿Cómo? ¿Qué no ha tenido tiempo? ¡Por dios, hombe! Métase de una vez a Junot; no lo piense: abandone todo, postergue otras lecturas o róbeles tiempito. Pero no se la pierda ni por el diablo. Por ahora me dedicaré a leer los cuentos que había publicado Junot antes de escribir sobre este nerd entrañable y a buscar, con dolor, otro libro que me haga olvidar la sensación de tristeza que me deja haber terminado con Wao. Pero, ¡ay! ¡Cómo es de difícil encontrar uno de ésos!