Como la vida


«Qué libro, pana», me dijo un amigo. «Tenés que leerlo». Y aunque esa sola advertencia era ya un buen preámbulo, sucedió que, dos días después, me topé con la columna de un escritor recomendándolo, y un comentario de esos que acompañan las portadas y que acabó de antojarme aún más (aunque ya sabemos que es difícil confiar en esos elogios): “es el debut que he estado esperando”, escribe Junot Díaz. (¡Junot, carajo! ¡La maravillosa vida breve de Óscar Wao!).

            Lo cierto es que Vida, de Patricia Engel, no decepciona. En ningún momento. Y puedo tratar de adivinar la razón por la que emocionó a Díaz: porque, al igual que en sus historias, los protagonistas son esa generación de estadounidenses hijos de inmigrantes –en el caso de Patricia, sus padres son colombianos–, que llegaron tras el ya manido sueño americano. Es por eso que durante los nueve relatos de este libro, narrados por la misma protagonista, Sabina, Colombia flota como un fantasma: como esa patria lejana de la que hablan los padres en casa, donde la vida no vale un carajo, y en la que matan, secuestran, y se roban la plata. Pero nada más. Colombia es una conversación en la cocina, un eterno lamento y un dolor en el corazón; tal como la ven, a fin de cuentas, todos los inmigrantes.



            Pero lo mejor de este libro, creo, es la prosa de Engel. La forma en que, con frases concisas, logra pintar a los personajes tan reales, tan vivos: gente que dice una cosa y hace otra, igual que nos ha pasado a todos, tantas veces. Como esa vez que Sabina deja a uno de sus novios porque se entera de que se acostó con otra, y antes de buscarlo otra vez dice: «Y luego me derrumbé, porque soy como todo el mundo, y no puedo hacer nada basada en verdaderos principios». Creo que eso es lo que me gusta: que los personajes se comportan como cualquier persona, y por eso se quedan en el lector más allá de las páginas. Y eso es un logro tremendo.

            En fin, que hay de todo, aquí: amor, desamor, muerte, desarraigo, relaciones humanas, amistad… y no tiene ni siquiera 200 páginas.  Así las cosas, ¿para qué esperar, entonces?