Una vez estuve muerto*


El viernes 7 de diciembre de 2012 estoy muerto durante varios minutos, quizá horas. Yo me entero después del accidente, como lo saben en su momento algunos amigos y familiares cercanos, y cuando entiendo quedo helado. Como ellos. Como todos. Una de las primeras en saberlo es Fabiola Ospina, la mamá de uno de mis mejores amigos; alguien, no sé quién, le cuenta esa mañana lo que ya se dice por todo Manizales: que Martín Franco y un amigo han muerto en un accidente de carretera.  

Fabiola piensa que el amigo de su hijo está muerto. Angustiada, llama a Silvia, la socia de mi mamá en el jardín infantil que tienen hace casi treinta años, para preguntarle si yo salí de viaje en la mañana. Silvia le responde que no sabe, que mi madre no le ha dicho nada, y entonces Fabiola le cuenta. A Silvia le parece muy raro –como es raro lo que sucede alrededor del momento de una muerte– y cuando cuelga decide averiguar por su cuenta. Me imagino la escena: antes de marcar un número de teléfono, Silvia le echa una mirada a mi madre en la oficina, ubicada al lado del salón de los niños más pequeños, y la ve sentada detrás de su escritorio, indiferente a todo, quizás revisando unos papeles, tal vez haciendo algún oficio rutinario. No sé. Silvia sabe, o cree tener, lo que puede ser una noticia fatídica para ella, algo que en cuestión de instantes podría voltear su mundo al revés; mi madre, mientras tanto, no se imagina nada. En ese momento, esa mañana de viernes, yo podría estar muerto. Nadie lo sabe con certeza. O sí.

Silvia llama a Marta Gaviria, la socia de su marido en un almacén, y ella le dice que sí, que hubo un accidente, y que Martín Franco está muerto. Ella lo sabe, no sé bien por qué. Pero ese Martín Franco no soy yo, sino un homónimo al que me unen, sin haber sido nunca amigos, más de una extraña coincidencia: además del nombre y el apellido, ambos estudiamos en el mismo colegio (yo un año más arriba), y luego hicimos la carrera de periodismo (él en Manizales; yo, en Bogotá). En la noticia que publican al día siguiente en La Patria, el diario de la ciudad, dicen que Martín “escribió columnas de opinión en el periódico”, pero esa parte, al menos, no es cierta: las columnas las escribí yo durante un buen tiempo, y luego las dejé.

El destino es así y por eso cuando mi madre se entera tiene la suerte de saber, ahí mismo, que ese Martín Franco no es su hijo. Lo mismo les pasa a un par de conocidos que por un momento, minutos quizás, piensan que fui yo. Pero un instante de alivio significa uno de angustia para alguien más, otro que se niega a creerlo y espera a que le digan que no es cierto. Es lo que tiene, creo, una muerte inesperada: que entre el momento en que nos dicen lo que pasó y ese en que asumimos que no hay nada qué hacer, existe un espacio en el que esperamos que todo sea mentira. Casi nunca pasa, pero en este caso, por azar, fue así.

O no lo fue, al menos para mi madre. Lo extraño es que pudo haber sido diferente; quizá ella habría tenido que vivir ese momento de angustia si por cosas de la vida se entera de otra manera. ¿Martín Franco muerto? No es cierto, no puede ser. Y no lo fue. Yo sigo aquí varios años después, escribiendo esto ahora mismo, y al hacerlo he vuelto a mirar el perfil de Facebook de ese otro Martín Franco que se fue: cada vez menos, es verdad, pero la gente sigue escribiéndole cosas en el muro, como si él pudiera verlas, como negándose a creer que se fue. Eso es muy raro, como es raro lo que sucede alrededor de una muerte,  y como es raro pensar que alguna vez estuve muerto y que fue mentira.

O no, no del todo.

*Publicado en la edición 172 de El Malpensante. 

1 comentario:

Daniela Garcia Tabares dijo...

Te he descubierto igual que en tu cuento: porque una página me llevó a otra, y esta a otra, y en una de ellas leí matamoscas, y si algo decide llamarse matamoscas es que promete. Y no me defraudaste. Gracias por hacer honor a ese nombre, matamoscas.