Los peces no cierran los ojos


Diez años es una edad compleja: ya no se es del todo niño, pero tampoco, todavía, un adolescente. Uno está en un limbo difícil, tratando de lidiar con el remolino de situaciones que cambian para siempre lo vivido. Y, mientras tanto, la vida pasa. Eso es lo que muestra Erri De Luca en esta novela corta (apenas 122 páginas), en donde cada cosa parece estar dicha de la forma correcta –y además, bonita–: nada más, nada menos, todo ahí.

El protagonista, un hombre que a sus cincuenta se recuerda a sí mismo en Nápoles a sus diez años, cuenta una historia ocurrida en un verano de tantos: sus tarde en la playa leyendo y llenando crucigramas al lado de su madre –quien, a su vez, enfrenta la figura de un marido ausente, embelesado con la Estados Unidos de la posguerra–; la aparición de una jovencita apenas un poco más grande aficionada a los animales y con la que acabará descubriendo, de a pocos, lo que significa crecer, y tres muchachos imberbes que a su manera le enseñarán que no todo lo que viene es fácil. La vida, en suma; nada fuera de lo común.



Lo hermoso de esta novela es la forma cómo está contada; la prosa, certera y llena de frases sin desperdicio (“Para quien tiene el tullido impulso de no haber existido nunca, queda el oficio de fantasma”. “Se topa uno, leyendo, con frases sísmicas”), nos va llevando por una historia que parece sencilla, pero que en verdad no lo es: es la historia, al final, que todos de alguna manera hemos vivido. Y en el intermedio, el descubrimiento del amor, o algo parecido:
 
–Entonces, ¿te gusta el amor? 
–Es peligroso. Provoca heridas y después, a causa de la justicia, más heridas. No es una serenata de balcón, se parece a una marejada de ábrego, revuelve el mar por encima y por debajo lo remueve. No sé si me gusta.  

Siempre es grato encontrarse con estas pequeñas joyas. Y toparse, de paso, con gente como Erri De Luca. Con su prosa, digo. ¿Para qué más?