Una casa, muchas vidas

Más de 400 niños del Atrato, en Chocó, cuentan hoy con una opción diferente a la violencia gracias a la Casa Lúdica que acaba de construir la Cancillería en el municipio. 

Nacho, de nueve años, es uno de los pocos niños del municipio de Atrato (Chocó), que no va a la escuela: una ligera discapacidad le impide aprender con la misma facilidad que lo hacen los pequeños de su edad. Como su madre tiene que salir a ganarse la vida, hasta antes de que abrieran la Casa Lúdica en lo que era un colegio abandonado, a una cuadra de la Alcaldía, Nacho pasaba mucho tiempo aburriéndose en las calles sin pavimentar de Yuto, la cabecera municipal.   

Pero en febrero de este año las cosas cambiaron. Cuatro meses después de que la Cancillería aprobara un presupuesto de 650 millones de pesos para construir este espacio, la vida de Nacho es distinta. "Él es un caso especial –explica Ana Milena Hinojoso, secretaria de Gobierno–. Prácticamente vive aquí, día y noche. Nuestra meta es que aprenda a tocar un instrumento y que pueda tener un espacio en una institución educativa".   

Esta mañana Nacho lleva una camiseta de rayas negras y azules varias tallas más grande con un letrero que dice “Municipio de Atrato”, y una pantaloneta naranja. Tiene la cabeza pelada y en su boca sobresalen unos dientes enormes. Como todavía es temprano y los niños están en la escuela (sólo tienen jornada matutina), apenas unos pocos revolotean alrededor de una bola gastada en la cancha de microfútbol. Al ver la cámara fotográfica, Nacho se acerca atraído por la curiosidad que genera lo nuevo. "¡Tómeme una foto!", dice, y se queda quieto posando con su sonrisa amplia.

Y luego, otra vez, se pierde tras el balón deshilachado.

Nacho
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Para llegar a Yuto, en el municipio de Atrato, es preciso aterrizar en Quibdó y desplazarse por carretera una media hora. A lado y lado de la vía la vegetación es espesa y de vez en cuando aparecen al borde las casas de madera y techos de zinc que distinguen gran parte del Chocó.

Con 725 kilómetros cuadrados, el de Atrato es un municipio relativamente nuevo, que se desprendió de Quibdó en 1997. Aquí la pobreza es la regla común: aparte de la vía principal, casi la totalidad de las calles son destapadas. Aunque hay actividades agropecuarias y de pesca, el grueso de la población se dedica a la minería, parte de la cual no está legalizada y en la que entran a jugar los intereses de grupos al margen de la ley.

Una situación de riesgo que deja expuestos a sus habitantes a acabar reforzando el círculo vicioso de la guerra. Por eso, para evitar que los niños quedaran a la deriva, surgió la idea de crear la Casa Lúdica, un lugar donde ocupan su tiempo libre de manera productiva y en el que se imparten, de manera gratuita, clases de danza y música (cuentan con un total de 70 instrumentos), práctica de deportes, lectura y acceso a computadores con Internet.

La Casa Lúdica del Atrato está abierta a los niños desde las 2:00 hasta las 6:00 de la tarde (a veces incluso hasta las 8 de la noche). Entre los programas que allí se dictan están “Lectura con sentido”, “Taller de pintura” y “Cine y cultura”. Pero hay muchos más, y para otros públicos: “Taller para adolescentes sobre resolución de conflictos”, “Taller para prevención del embarazo a temprana edad” y “Taller para padres sobre pautas de crianza”.

La casa atiende un total de 460 pequeños y en ella trabajan, entre otros, una sicóloga, un coordinador y un asistente de deportes, un profesional en música y danza, un especialista en primera infancia, un técnico en sistemas, un profesional en trabajo social y varios practicantes del SENA. "Esto nos ha cambiado la vida –dice el alcalde, Juan Bejarano–. Hoy todos quieren estar en los programas y demostrar que son los mejores. Lo bueno es que hemos logrado alejarlos de la drogadicción y el conflicto armado".

El color es lo de menos
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Carlos Antonio González –el pelo a ras, la sonrisa grande y blanca–, lleva más de quince años trabajando con los niños. En las mañanas es profesor de la escuela, donde enseña ética y valores, y en las tardes apoya en la Casa Lúdica con clases de danza. Esta mañana, sentado en un muro a la entrada, los pequeños se acercan; él los llama por el nombre, les da un abrazo, les pregunta cómo van sus cosas. Carlos estudió filosofía en la Universidad de El Bosque, en Bogotá, y luego regresó al Atrato. "Yo los formo como personas de bien –dice con la voz suave que sale tras la sonrisa–. La idea es irlos moldeando para que sean una generación mejor que la nuestra".

Un reto grande que no lo asusta. "Hemos avanzado –explica–. Hoy los niños tienen sentido de pertenencia, respeto y compromiso por esta tierra".

El 'profe' Carlos Antonio
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Pocos minutos después de las dos el lugar ya es un hervidero: pequeños de todas las edades inundan las salas, corren, gritan, van de aquí para allá. En uno de los salones un joven de gorra pone música y de inmediato, atraídas como abejas a la miel, decenas de niñas empiezan a moverse. Llevan el ritmo en la sangre. En otra sala, al frente, más niños se sientan en los computadores y otros sacan cuentos de la biblioteca. Afuera hay un partido de fútbol y el lugar, que en la mañana parecía tan vacío, ahora tiene vida.

La vida que, para bien del Atrato, le ha dado la Casa Lúdica.