Carta a Emilio*


Querido Emilio:

El día en que tu madre me contó que estaba embarazada sentí la emoción más grande de mi vida. No he tenido otra igual. Recuerdo que estaba en un banco, haciendo una fila interminable, y por eso no pude contestar la llamada; cuando lo hice el teléfono se me cayó al suelo y me dieron ganas de abrazar a todos los que estaban allí con sus caras largas (la gente en los bancos, Emilio, casi siempre tiene el ceño fruncido). 

Con el tiempo empezamos a verte. Escuchar tu corazón fue algo increíble: recuerdo que estábamos en una sala que tenía un televisor grande pegado en la pared. De repente apareciste tú, moviéndote, ya con forma, y fue entonces cuando oímos el pum-pum-pum-pum. No sé cómo describir lo que se siente; diría que las palabras no alcanzan.   

Tu llegada ha logrado cambiarme. Ya no soy el mismo. Supongo que a todos los padres les sucede algo similar, pero desde ese día la felicidad ha venido mezclada con un miedo enorme. Miedo a muchas cosas: que no estés bien, que no llegues sano, que las cosas no salgan de acuerdo con lo planeado. Un miedo a mí mismo; miedo a que la vida no me permita estar muchos años viéndote crecer y protegiéndote, y miedo a equivocarme (aunque lo haré, y mucho). 

¿Qué puedo decirte de este mundo al que llegas? Ya te irás dando cuenta de que nada es fácil, pero que eso mismo resulta maravilloso; tendrás alegrías y decepciones, y tu corazón sentirá que a veces no vale la pena luchar. Siempre habrá al menos dos caras en todo, hijo querido. Deberás descubrir muchas cosas por ti mismo pues las palabras casi siempre están de más. Pero ya habrá tiempo para eso. Por el momento sólo quiero que tus primeros años en este mundo sean felices. 

Eso sí: no quisiera imponerte nada, ni menos un equipo de fútbol o una religión; pocas cosas más peligrosas que los fanatismos, y más si son heredados. Hay padres que visten a sus pequeños con camisetas o los obligan a repetir unas retahílas de rezos que ni ellos mismos entienden; está bien, cada quien verá. Pero yo preferiría, Emilio, que cuando te apasiones vaya a ser por algo que te llene. Que lo hagas porque te nace hacerlo, no porque tu mamá o yo te presionamos. Por supuesto que será difícil descubrirlo por ti mismo; tendremos que abrirte la puerta a muchas cosas y serás tú, luego, quien decida. Me gustaría que pudieras ver los libros como lo que son: una fuente de diversión y una manera de entender a los demás, y que aprendieras a apreciar la belleza en los golpes de Roger Federer. Pero, como te digo, ya dependerá de ti. Y claro: quisiera poder mantener en ti por muchos años esa habilidad que los adultos casi siempre perdemos al crecer: la curiosidad. Esa curiosidad inacabable con la que llegarás y que me llevará a mí a preguntármelo todo de nuevo. A verlo todo con otros ojos.  

No sé qué más decirte sin que suene como si te estuviera dando una cantidad de consejos basados en mi enorme conocimiento sobre la vida. Nada más lejos de la realidad. Ya verás que por más experiencia que tengamos, todos, siempre, tropezamos dos y tres veces con la misma piedra. Pero aunque ahora mismo me siento desarmado ante tu llegada —con muchas ganas y felicidad, pero con la certeza de que nada sé sobre lo que vendrá—, sí hay un par de cosas que tengo claras: no quiero que seas el mejor en lo que haces, sino que seas feliz haciéndolo; no quiero que lo tengas todo, sino que aprendas a ir adquiriéndolo en el camino; no quiero que tengas que demostrarle nada a nadie, sino que la gente te reconozca por lo que eres.

No hay mucho más: ya pronto comenzarás a vivir. Mientras tanto, aquí seguimos esperándote.

*Texto publicado en la revista Bienestar, de Sánitas.