Dos semestres como profesor

Ilustración: Hannah Lander

¿Qué queda después de un año al frente de una nueva generación de periodistas?

Wade Davis, autor de esa declaración de amor a Colombia llamada El Río, acababa de estampar su firma en mi edición del libro que con tanto gusto leí años atrás. Antes había aprovechado una entrevista para conocerlo y cruzar algunas palabras con él; ahora, salía del auditorio con el ejemplar autografiado bajo el brazo.

En ese momento sonó el celular.

–¿Estarías dispuesto a dar una clase en la universidad?

La pregunta me tomó por sorpresa. Al otro lado de la línea estaba Maryluz Vallejo, profesora del departamento de Comunicación de la Javeriana.

–Al profesor que estaba asignado se le presentó un problema y el curso está vacante –me explicó–. La cosa es que empezó hace una semana. Tendría que ser ya.

No tuve tiempo de pensarlo demasiado; una semana más tarde –y gracias a la gentil mediación previa de Alberto Salcedo– me paré por primera vez frente a veinte muchachos de tercer a noveno semestre de Periodismo para dictarles un taller de crónica. Mi experiencia, hasta entonces, se basaba en dos cursos del tema realizados años atrás en la biblioteca El Tintal, y los escritos que he publicado en medios como El Malpensante, Cromos o Donjuan.

Durante un par de días desempolvé textos que de una u otra forma me habían marcado, y arranqué. Dos semestres más tarde dejo la cátedra por razones que sería muy tedioso explicar aquí, pero que nada tienen que ver con un desencanto. Al contrario: deseo volver a hacerlo, otra vez, en un futuro no muy lejano. Me quedan algunas impresiones de esa experiencia, y eso es lo que me gustaría contar.

***

Si cada uno tuviera que decir cuántos profesores lo han marcado en su vida, estoy seguro de que le sobrarían dedos de la mano para contarlos. Pienso en mi caso: uno o dos en el colegio, dos o uno en la universidad. Supongo que el verdadero reto de un maestro no consiste en transmitir el conocimiento que tiene –aunque también–, sino en inspirar a los alumnos a que se entusiasmen con lo que dicta. Generarles dudas, despertarles inquietudes, lograr que vayan más allá.

Eso es lo difícil.

Cuando finalmente me paré frente a ellos estaba más asustado que cualquiera. Durante los días previos leí y releí no sólo sobre teoría de la crónica –Sims, Jaramillo Agudelo, Villanueva, Leila y demás–, sino que repasé varios textos que recordaba vagamente. A lo largo de estos dos semestres me deleité de nuevo con El secreto de Joe Gould, ese magnífico perfil de Joseph Mitchell sobre un excéntrico personaje de Nueva York que aseguraba entender el idioma de las gaviotas, o con la minuciosa reconstrucción de los días posteriores a la bomba atómica de Hiroshima que realizó John Hersey en la revista The New Yorker un año después del suceso.

Pero, más allá del entusiasmo que me haya generado a mí, la verdadera pregunta es qué tanto logré entusiasmarlos a ellos con las historias. A veces –sobre todo hacia el final de los semestres, cuando ya muchos ni siquiera iban a las clases–, pensaba que no lo había logrado. Y pensaba, también, en lo curioso que es estar al otro lado; no como uno más de la clase, sino al frente, tratando de interesar en la lectura y la escritura a una generación que –dicen– ya no lo hace. ¿Cómo apartarlos del chat, del Facebook, del estado en Twitter? Y más allá: ¿cómo tratar de enseñarles un oficio que se aprende en la práctica?

Lo único que se me ocurrió fue que quizás las lecturas que me habían emocionado a mí podrían hacer lo mismo con ellos. Y claro, que debían escribir crónicas, entrevistas y perfiles. Ahora que lo veo con un poco de distancia, creo que el resultado fue satisfactorio: todavía recuerdo textos realmente buenos –a pesar de algunos problemas que pueden mejorarse con el tiempo–, y cuatro o cinco plumas que seguramente publicarán cosas interesantes.

Es posible que en unos años la gran mayoría apenas recuerde poco a nada de la clase. Es, de hecho, lo más probable. Pero me conformo con saber que algo les quedó a unos cuantos y adentro, en algún lugar, se despertó en ellos una curiosidad, un entusiasmo. Quizás entendieron –aunque parezca que no sirve para nada– que pocas cosas resultan tan gratificantes como encontrar una buena historia.

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Que no leen.

Que no escriben.

Que no se interesan ni prestan atención.

Todo eso dicen, y quizás tienen razón.

En parte.

Los dos primeros están claros: casi ninguno de los poco más de cuarenta alumnos que tuve había leído crónica; pocos sabían quién era Talese, Capote o, si nos venimos más para acá, Leila Guerriero. Con literatura la cosa no mejoraba demasiado, aunque sería injusto decir que la situación era igual con todos. No hay que generalizar, y al final las lecturas se acababan notando en lo que escribían. Es preocupante un periodista que no lee, pero quizás resulta simplista echarles la culpa a los estudiantes; no sólo ellos consideran aburrida la lectura, sino decenas, cientos de periodistas –y no periodistas– que ejercen y andan por ahí tuiteando y escribiendo sin poner una sola tilde.

Un antiguo jefe me decía que la crónica, hoy, es una cosa de periodistas para periodistas: ellos las escriben y ellos mismos las leen. Quizás sea cierto. Y quizás lo sea, también, que la mayoría de estos alumnos terminarán haciendo otras cosas: presentando noticias, hablando en radio, trabajando en alguna empresa. Para qué leer, dirán. Y aunque sigo pensando que lo mínimo que debe saber un periodista –ya que no tenemos idea de nada concreto–, es articular tres frases de manera coherente, a veces pienso que si ellos no lo hacen tampoco se van a morir de hambre. Leer no hace mejores a las personas; si no quieren, simplemente se pierden una manera de enriquecer su vida.

Y está, al final, lo de la atención. Más de una vez tuve que pedirles el favor de que dejaran de teclear en sus chats y que, al menos, fingieran interesarse en clase. Pero fue en vano: en últimas siempre se escuchaba al fondo el tac-tac-tac. Tal vez lo más fácil hubiera sido utilizar los métodos clásicos: tomar lista, hacer quiz sorpresa, sacar a la gente de clase… pero, ¿para qué? ¿A quién, si no a ellos mismos, están engañando a fin de cuentas?

Repito: no está bien generalizar. Al final la experiencia me dejó grandes enseñanzas y, sobre todo, un par de satisfacciones íntimas que no se pagarían nunca con el sueldo irrisorio de las universidades.

Y eso es lo que importa.

O eso creo.

La vida pasada

–¿Si hubieras sabido cómo iba a ser esto lo habrías hecho de todos modos?

La pregunta me la soltó mi esposa una noche en que Emilio, nuestro hijo de poco más de un mes, no dejaba de llorar. Eran más de las doce y ya lo habíamos intentado todo para calmarlo: llevarlo en brazos por la casa, ponerle música de cuna, darle tetero y arrullarlo en su cuna. Nada. El niño lloraba con todas sus fuerzas y empeño, destrozando nuestros nervios y poniendo a prueba, por primera vez, nuestra paciencia.

Creo que no me equivoco si digo que en momentos así todo padre ha pensado en su vida pasada. ¿Dónde quedaron las noches en que podía dormir de largo? ¿A dónde se fueron las fiestas con los amigos, los tragos, las cervezas después de un día de trabajo? (En el preciso momento en que escribo esto –una mañana temprano, tempranísimo, mientras Emilio se mueve inquieto a mi lado–, escucho en la calle, por una irónica casualidad, a unos jóvenes que terminan su fiesta cantando una canción). Y supongo que a ninguno de nosotros, los padres primerizos, nos hace malas personas el hecho de que esas cosas se nos pasen por la cabeza. Porque sé que mi esposa añora esa vida a veces, cuando Emilio se pasa un día entero sin darle respiro y en la noche está tan cansada que casi se queda dormida mientras le da de comer.

Pero, aun así, sé también que ambos lo habríamos hecho de todos modos.

Porque hay decenas de situaciones que compensan esas lágrimas, o el tener que levantarse a las dos de la mañana, con el sueño aun pesado en los ojos, a cambiar un pañal: verlo crecer de a poquitos; comenzar a entender su manera de comportarse y vislumbrar cómo será su personalidad (el pediatra, la última vez, volteó los ojos cuando lo vio tan inquieto); quedarse largo tiempo cargándolo mientras él mira con esos ojos ávidos de descubrirlo todo…

Y sigue. Supongo que podría enumerar mil razones más, pero hay una que lo justifica todo. 

Y es esta: 


Una casa, muchas vidas

Más de 400 niños del Atrato, en Chocó, cuentan hoy con una opción diferente a la violencia gracias a la Casa Lúdica que acaba de construir la Cancillería en el municipio. 

Nacho, de nueve años, es uno de los pocos niños del municipio de Atrato (Chocó), que no va a la escuela: una ligera discapacidad le impide aprender con la misma facilidad que lo hacen los pequeños de su edad. Como su madre tiene que salir a ganarse la vida, hasta antes de que abrieran la Casa Lúdica en lo que era un colegio abandonado, a una cuadra de la Alcaldía, Nacho pasaba mucho tiempo aburriéndose en las calles sin pavimentar de Yuto, la cabecera municipal.   

Pero en febrero de este año las cosas cambiaron. Cuatro meses después de que la Cancillería aprobara un presupuesto de 650 millones de pesos para construir este espacio, la vida de Nacho es distinta. "Él es un caso especial –explica Ana Milena Hinojoso, secretaria de Gobierno–. Prácticamente vive aquí, día y noche. Nuestra meta es que aprenda a tocar un instrumento y que pueda tener un espacio en una institución educativa".   

Esta mañana Nacho lleva una camiseta de rayas negras y azules varias tallas más grande con un letrero que dice “Municipio de Atrato”, y una pantaloneta naranja. Tiene la cabeza pelada y en su boca sobresalen unos dientes enormes. Como todavía es temprano y los niños están en la escuela (sólo tienen jornada matutina), apenas unos pocos revolotean alrededor de una bola gastada en la cancha de microfútbol. Al ver la cámara fotográfica, Nacho se acerca atraído por la curiosidad que genera lo nuevo. "¡Tómeme una foto!", dice, y se queda quieto posando con su sonrisa amplia.

Y luego, otra vez, se pierde tras el balón deshilachado.

Nacho
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Para llegar a Yuto, en el municipio de Atrato, es preciso aterrizar en Quibdó y desplazarse por carretera una media hora. A lado y lado de la vía la vegetación es espesa y de vez en cuando aparecen al borde las casas de madera y techos de zinc que distinguen gran parte del Chocó.

Con 725 kilómetros cuadrados, el de Atrato es un municipio relativamente nuevo, que se desprendió de Quibdó en 1997. Aquí la pobreza es la regla común: aparte de la vía principal, casi la totalidad de las calles son destapadas. Aunque hay actividades agropecuarias y de pesca, el grueso de la población se dedica a la minería, parte de la cual no está legalizada y en la que entran a jugar los intereses de grupos al margen de la ley.

Una situación de riesgo que deja expuestos a sus habitantes a acabar reforzando el círculo vicioso de la guerra. Por eso, para evitar que los niños quedaran a la deriva, surgió la idea de crear la Casa Lúdica, un lugar donde ocupan su tiempo libre de manera productiva y en el que se imparten, de manera gratuita, clases de danza y música (cuentan con un total de 70 instrumentos), práctica de deportes, lectura y acceso a computadores con Internet.

La Casa Lúdica del Atrato está abierta a los niños desde las 2:00 hasta las 6:00 de la tarde (a veces incluso hasta las 8 de la noche). Entre los programas que allí se dictan están “Lectura con sentido”, “Taller de pintura” y “Cine y cultura”. Pero hay muchos más, y para otros públicos: “Taller para adolescentes sobre resolución de conflictos”, “Taller para prevención del embarazo a temprana edad” y “Taller para padres sobre pautas de crianza”.

La casa atiende un total de 460 pequeños y en ella trabajan, entre otros, una sicóloga, un coordinador y un asistente de deportes, un profesional en música y danza, un especialista en primera infancia, un técnico en sistemas, un profesional en trabajo social y varios practicantes del SENA. "Esto nos ha cambiado la vida –dice el alcalde, Juan Bejarano–. Hoy todos quieren estar en los programas y demostrar que son los mejores. Lo bueno es que hemos logrado alejarlos de la drogadicción y el conflicto armado".

El color es lo de menos
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Carlos Antonio González –el pelo a ras, la sonrisa grande y blanca–, lleva más de quince años trabajando con los niños. En las mañanas es profesor de la escuela, donde enseña ética y valores, y en las tardes apoya en la Casa Lúdica con clases de danza. Esta mañana, sentado en un muro a la entrada, los pequeños se acercan; él los llama por el nombre, les da un abrazo, les pregunta cómo van sus cosas. Carlos estudió filosofía en la Universidad de El Bosque, en Bogotá, y luego regresó al Atrato. "Yo los formo como personas de bien –dice con la voz suave que sale tras la sonrisa–. La idea es irlos moldeando para que sean una generación mejor que la nuestra".

Un reto grande que no lo asusta. "Hemos avanzado –explica–. Hoy los niños tienen sentido de pertenencia, respeto y compromiso por esta tierra".

El 'profe' Carlos Antonio
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Pocos minutos después de las dos el lugar ya es un hervidero: pequeños de todas las edades inundan las salas, corren, gritan, van de aquí para allá. En uno de los salones un joven de gorra pone música y de inmediato, atraídas como abejas a la miel, decenas de niñas empiezan a moverse. Llevan el ritmo en la sangre. En otra sala, al frente, más niños se sientan en los computadores y otros sacan cuentos de la biblioteca. Afuera hay un partido de fútbol y el lugar, que en la mañana parecía tan vacío, ahora tiene vida.

La vida que, para bien del Atrato, le ha dado la Casa Lúdica.

Carta a Emilio*


Querido Emilio:

El día en que tu madre me contó que estaba embarazada sentí la emoción más grande de mi vida. No he tenido otra igual. Recuerdo que estaba en un banco, haciendo una fila interminable, y por eso no pude contestar la llamada; cuando lo hice el teléfono se me cayó al suelo y me dieron ganas de abrazar a todos los que estaban allí con sus caras largas (la gente en los bancos, Emilio, casi siempre tiene el ceño fruncido). 

Con el tiempo empezamos a verte. Escuchar tu corazón fue algo increíble: recuerdo que estábamos en una sala que tenía un televisor grande pegado en la pared. De repente apareciste tú, moviéndote, ya con forma, y fue entonces cuando oímos el pum-pum-pum-pum. No sé cómo describir lo que se siente; diría que las palabras no alcanzan.   

Tu llegada ha logrado cambiarme. Ya no soy el mismo. Supongo que a todos los padres les sucede algo similar, pero desde ese día la felicidad ha venido mezclada con un miedo enorme. Miedo a muchas cosas: que no estés bien, que no llegues sano, que las cosas no salgan de acuerdo con lo planeado. Un miedo a mí mismo; miedo a que la vida no me permita estar muchos años viéndote crecer y protegiéndote, y miedo a equivocarme (aunque lo haré, y mucho). 

¿Qué puedo decirte de este mundo al que llegas? Ya te irás dando cuenta de que nada es fácil, pero que eso mismo resulta maravilloso; tendrás alegrías y decepciones, y tu corazón sentirá que a veces no vale la pena luchar. Siempre habrá al menos dos caras en todo, hijo querido. Deberás descubrir muchas cosas por ti mismo pues las palabras casi siempre están de más. Pero ya habrá tiempo para eso. Por el momento sólo quiero que tus primeros años en este mundo sean felices. 

Eso sí: no quisiera imponerte nada, ni menos un equipo de fútbol o una religión; pocas cosas más peligrosas que los fanatismos, y más si son heredados. Hay padres que visten a sus pequeños con camisetas o los obligan a repetir unas retahílas de rezos que ni ellos mismos entienden; está bien, cada quien verá. Pero yo preferiría, Emilio, que cuando te apasiones vaya a ser por algo que te llene. Que lo hagas porque te nace hacerlo, no porque tu mamá o yo te presionamos. Por supuesto que será difícil descubrirlo por ti mismo; tendremos que abrirte la puerta a muchas cosas y serás tú, luego, quien decida. Me gustaría que pudieras ver los libros como lo que son: una fuente de diversión y una manera de entender a los demás, y que aprendieras a apreciar la belleza en los golpes de Roger Federer. Pero, como te digo, ya dependerá de ti. Y claro: quisiera poder mantener en ti por muchos años esa habilidad que los adultos casi siempre perdemos al crecer: la curiosidad. Esa curiosidad inacabable con la que llegarás y que me llevará a mí a preguntármelo todo de nuevo. A verlo todo con otros ojos.  

No sé qué más decirte sin que suene como si te estuviera dando una cantidad de consejos basados en mi enorme conocimiento sobre la vida. Nada más lejos de la realidad. Ya verás que por más experiencia que tengamos, todos, siempre, tropezamos dos y tres veces con la misma piedra. Pero aunque ahora mismo me siento desarmado ante tu llegada —con muchas ganas y felicidad, pero con la certeza de que nada sé sobre lo que vendrá—, sí hay un par de cosas que tengo claras: no quiero que seas el mejor en lo que haces, sino que seas feliz haciéndolo; no quiero que lo tengas todo, sino que aprendas a ir adquiriéndolo en el camino; no quiero que tengas que demostrarle nada a nadie, sino que la gente te reconozca por lo que eres.

No hay mucho más: ya pronto comenzarás a vivir. Mientras tanto, aquí seguimos esperándote.

*Texto publicado en la revista Bienestar, de Sánitas. 

La vida de los otros


Se me ocurre esto: si hay algo más duro que escribir sobre uno mismo es hacerlo sobre otros. Quizás lo más complicado a la hora de mirarse el ombligo consiste en perder el pudor, aunque pensándolo bien lo realmente difícil es ser honesto (resulta cómodo asumir la pose de iconoclasta y hacer creer a la gente que todo nos importa un carajo; tiene éxito, sí, pero al final no es más que eso: una pose). Escribir sobre uno mismo es exponerse, pero escribir sobre los demás es exponerlos, y eso es más delicado.

De vidas ajenas, de Emmanuel Carrère, nos lo advierte desde el título: lo que aquí vamos a ver son las vidas de otros, las cosas que les pasan a los demás. ¿Pero qué sucede si los relatos de esas vidas se centran en algunas de las tragedias más grandes que puede sufrir el ser humano? En este libro aparecen narrados, con una honestidad que raya en lo incómodo, dos momentos de los que el autor fue testigo: la muerte de una pequeña niña –la primera hija de una joven pareja– en el tsunami de Sri Lanka, y la de la hermana de su pareja ­–la del autor– por cuenta del cáncer.

Es un libro triste, difícil, pero a la vez hermoso. No comete el error de caer en el sentimentalismo ni es, mucho menos, una historia de superación. Nada de eso. Lo mejor logrado, quizás, es la forma cómo Carrère dibuja a los personajes: la manera en que actúan al afrontar esas situaciones tan duras, las cosas que hacen y ocultan, los miedos que tienen. Todo está ahí, y uno no puede evitar pensar en que, al leerlo, los protagonistas se habrán sentido incómodos, incluso molestos. Después de todo, ¿a quién le gusta que un desconocido le hurgue la vida y luego la exponga ante cientos, miles de otros desconocidos?

Todo tiene una explicación. La propia vida del autor cambia de manera drástica durante los seis años que transcurren entre ambos sucesos y la redacción del libro, y eso también queda escrito. Puede parecer que el tema es trágico –y sí, lo es– pero en el fondo los hechos no son más que un pretexto para tratar otros tópicos: la vida, la muerte, el destino, la felicidad, la amistad, el miedo, el amor. Este es un libro sobre todas esas cosas. ¿No es, acaso, suficiente?  

Volver al anonimato


Regresaba a mi casa por la carrera treinta cuando la vi. Era una valla grande, de letras enormes, que decía más o menos así: “El canto del cuco, la aclamada primera novela de Robert Galbraith, seudónimo de J.K. Rowling”. Hasta ahí todo bien: un simple anuncio publicitario de un libro. Pero lo que me llamó la atención fue la última frase, el énfasis especial con que los vendedores –en este caso Planeta, si no estoy mal– nos quieren hacer saber que Galbraith no existe; que es, en realidad, el nombre escogido por la autora de Harry Potter para… ¿para qué?

La historia es graciosa: Rowling –quizá agobiada con su fama, tal vez harta de cargar con el estereotipo Potter– escoge un seudónimo para publicar una novela policíaca que, como era de esperarse, no crea mucho revuelo. Y habría seguido así si el abogado Chris Gossage no entra en escena y lo estropea todo. Imaginemos el momento: Gossage, miembro del bufete de abogados que representa a la señora Rowling, está en una fiesta con su esposa y varios amigos; de repente, alguien habla de Rowling y sus libros del famoso mago, y él, que está ahí con su whisky en la mano, que conoce el secreto, reclama sus quince minutos de fama y le cuenta a una amiga de su esposa la verdad: J.K. ha vuelto, sí, esta vez bajo el seudónimo de un supuesto militar retirado. La noticia corre como bola de nieve –la amiga de Gossage la publica en Twitter– y pocas horas después el libro pasa de 1.000 copias a más de 5.000 vendidas.

Tal vez no ocurrió así, por supuesto; quizás todo fue una estrategia muy bien planeada para vender más libros, vaya uno a saber, pero lo que me gusta del cuento es el afán de la señora Rowling por recuperar ese anonimato que perdió hace rato. Ser nadie otra vez, caminar tranquila por la calle, dejar de responder una y otra vez las mismas preguntas de los periodistas. Hacer el proceso inverso al que aspiran muchos: anhelar que su nombre deje de ser mencionado en todas partes, sentir que se olvidan de ella por cinco minutos.

Quizás ese es el sueño recurrente de todo escritor famoso: que la gente vaya a sus libros, a lo que dice en ellos, y no ande agobiándolo con las mismas preguntas una y otra vez, las mismas charlas de siempre, las firmas a libros que quizás nunca acabarán leyendo. Al final puede que la señora Rowling solo quisiera, como dijo García Márquez hace tiempo, volver a ser por un minuto “indocumentada y feliz”. Pero eso, para ella, ya es mucho pedir.