Una postal de Salvador de Bahía


Debajo de una carpa en la que se protegían del sol –que a esa hora calentaba con toda su fuerza– había un tablado improvisado para la banda. Cinco hombres con guitarras, tambores y panderetas tocaban samba; al frente, unas sillas de plástico acomodadas en círculo y una pista de baile pequeña, sobre el pasto, en la que los danzantes movían sus pies a una velocidad vertiginosa. Era una fiesta de pueblo. Esa tarde de viernes nos detuvimos por un instante en el Castillo D’Agracia, uno de los mayores referentes turísticos de Playa du Forte, en Salvador de Bahía, para conocer las ruinas de ese palacio construido en el siglo XVI. Lejos estábamos de imaginar que ahí, detrás de la historia y de esa uniformidad que crea el turismo dirigido, nos íbamos a encontrar con la manera más auténtica de comprender un lugar. No miré demasiado las ruinas del Castillo que, a fin de cuentas, terminan siendo como las de cualquier otro; preferí, en cambio, quedarme apreciando a las niñas y jóvenes de piel morena y pies descalzos que se movían sobre el pasto al ritmo de la samba, las figuras de los hombres que batían sus caderas y mantenían los brazos levantados y los ojos cerrados, los rostros adustos y curtidos por el sol de quienes observaban, y la felicidad contagiada que transportaba la música. Sólo duró un momento, por desgracia: minutos más tarde la guía nos invitó a seguir con el recorrido planeado, y todos cogimos nuestras cámaras para continuar capturando imágenes que en algunos años seguramente nos dirán muy poco.




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