Viejos

Cerca del apartamento donde vivimos hay dos ancianatos: uno diagonal al edificio –que se puede ver desde la ventana de la sala– y otro más en la esquina. Son casas viejas, de dos plantas, de esas que tienen entrada por el garaje y también patio y jardín. Todas las mañanas y tardes las enfermeras sacan sillas, algunas alrededor de una mesa con parasol, y ahí se sientan los viejos durante horas, sin hablarse, a esperar. Uno los ve, cuando pasa: bien vestidos, callados, llenos de soledad.

Produce cierta culpa ver a esos viejos así uno no reconozca a ninguno. En realidad no importa: un viejo no es más que la representación de todos los viejos, los que uno conoce y los que no, los que están y ya se fueron: gente que solo espera, ya, a que todo se acabe. Puede sonar a lugar común, pero también es posible verlo de otro modo; ver, por ejemplo, cómo el tiempo acabó en ellos esa ambición frenética que solemos gastarnos los más jóvenes. Esas ganas estúpidas de ser reconocidos porque sí y porque no, y que se ve tanto, en todas partes: yo escribí esto, yo hice aquello, yo dije lo más inteligente, a mí me entrevistaron, mírenme aquí, por qué a este le paran más bolas. Nada más deleznable que esa ambición y la prueba son los viejos: sentados, olvidados, callados, sin esperar nada. El fin de todos, la última estación de esa tonta codicia.

1 comentario:

Tatiana Luján dijo...

De pronto todos están ahí callados entreteniéndose con sus propios recuerdos como si estuvieran viendo películas con google glasses y no necesitan nada más.

Ver gente vieja bien vestida para quedarse dentro de la casa siempre me da un no sé qué incómodo.