El eterno Vargas Llosa


“No sabe usted lo horrible que es volverse conocido, salir en los periódicos y en la televisión, que a uno lo señale la gente en la calle”, dice Felícito Yanaqué, uno de los personajes de El héroe discreto hacia el final de la novela. Pero, bien mirado, uno podría pensar que quien lo dice es el propio Vargas Llosa. Y es que no debe ser fácil estar en sus zapatos; insistir en la escritura cuando la mayoría de su generación, la del boom, está en silencio hace rato, sigue siendo una gran osadía. Si con El sueño del Celta le llovieron críticas –y tal vez con razón, porque la novela es densa, aburridora a ratos–, no es raro que pronto empiecen a llegar las de esta nueva obra . (Aquí un paréntesis para desviarme del tema: más allá de que sus opiniones sigan siendo discutibles y hasta reprochables, hay que abonarle la disciplina: pocos escritores llegan a esa edad tomándose tan serio el oficio, sin decepcionarse jamás. Como me dijo alguien hace poco: hay dos clases de grandes narradores, los genios y los que trabajan duro, y Vargas es de los segundos).

Pero, al grano: qué más da. Yo, vargasllosista confeso y practicante, disfruté muchísimo El héroe discreto, no sólo porque es el regreso de Vargas al Perú (Piura, Lima), sino porque los lectores nos reencontramos con sus viejos personajes: Don Rigoberto, Lucrecia y su hijo Fonchito (protagonistas del Elogio de la madrastra y Los cuadernos de Don Rigoberto), y el sargento Lituma y “los inconquistables” (La casa verde y Lituma en los Andes). Ahí está Fonchito con su imaginación desbordante, don Rigoberto y sus gustos burgueses que a veces parece un alter ego del escritor , la inocencia del sargento Lituma, las juergas de los inconquistables.

La forma de narrar tiene también su sello personal: dos historias paralelas que al final se juntan por cuenta de un suceso inesperado; los diálogos intercalados en distintos tiempos para ilustrar dos escenas, y las viejas obsesiones que no hace mucho hizo explícitas en su polémico ensayo La civilización del espectáculo: la banalización de los medios, la cultura, y un largo etcétera.

Más allá de esas minucias, lo mejor del libro es que está tremendamente bien contado: tanto la historia de Felícito Yanaqué, dueño de una empresa de transportes que es extorsionado en Piura y se niega a pagar un peso a los delincuentes, como la de don Rigoberto y su jefe Ismael, quien se casa con la sirvienta para no dejar nada de fortuna a sus hijos, dos aves rapaces a los que sólo les importa el dinero, son la prueba de que la capacidad narrativa del Nobel está intacta. Y eso es garantía suficiente de que leyéndolo cualquiera pasará un buen rato. O eso me pasó a mí, pero quizás yo no soy una fuente muy confiable: después de todo las obras de Varguitas han sido siempre mi gran debilidad. 

2 comentarios:

Tatiana Luján dijo...

Nunca he leído libros de Vargas Llosa. ¿Alguna recomendación para empezar?

Martín Franco Vélez dijo...

Depende de lo que estés buscando, Lalu. Pero podría ser, para arrancar, un Pantaleón y las visitadoras, que tiene buen humor y es ligerito. Ahora, si quieres algo más erótico, por ejemplo, pueden ser o el Elogio a la madrastra o Los cuadernos de Don Rigoberto. Ahí puedes escoger. Saludos.