Una postal de Salvador de Bahía


Debajo de una carpa en la que se protegían del sol –que a esa hora calentaba con toda su fuerza– había un tablado improvisado para la banda. Cinco hombres con guitarras, tambores y panderetas tocaban samba; al frente, unas sillas de plástico acomodadas en círculo y una pista de baile pequeña, sobre el pasto, en la que los danzantes movían sus pies a una velocidad vertiginosa. Era una fiesta de pueblo. Esa tarde de viernes nos detuvimos por un instante en el Castillo D’Agracia, uno de los mayores referentes turísticos de Playa du Forte, en Salvador de Bahía, para conocer las ruinas de ese palacio construido en el siglo XVI. Lejos estábamos de imaginar que ahí, detrás de la historia y de esa uniformidad que crea el turismo dirigido, nos íbamos a encontrar con la manera más auténtica de comprender un lugar. No miré demasiado las ruinas del Castillo que, a fin de cuentas, terminan siendo como las de cualquier otro; preferí, en cambio, quedarme apreciando a las niñas y jóvenes de piel morena y pies descalzos que se movían sobre el pasto al ritmo de la samba, las figuras de los hombres que batían sus caderas y mantenían los brazos levantados y los ojos cerrados, los rostros adustos y curtidos por el sol de quienes observaban, y la felicidad contagiada que transportaba la música. Sólo duró un momento, por desgracia: minutos más tarde la guía nos invitó a seguir con el recorrido planeado, y todos cogimos nuestras cámaras para continuar capturando imágenes que en algunos años seguramente nos dirán muy poco.




Viejos

Cerca del apartamento donde vivimos hay dos ancianatos: uno diagonal al edificio –que se puede ver desde la ventana de la sala– y otro más en la esquina. Son casas viejas, de dos plantas, de esas que tienen entrada por el garaje y también patio y jardín. Todas las mañanas y tardes las enfermeras sacan sillas, algunas alrededor de una mesa con parasol, y ahí se sientan los viejos durante horas, sin hablarse, a esperar. Uno los ve, cuando pasa: bien vestidos, callados, llenos de soledad.

Produce cierta culpa ver a esos viejos así uno no reconozca a ninguno. En realidad no importa: un viejo no es más que la representación de todos los viejos, los que uno conoce y los que no, los que están y ya se fueron: gente que solo espera, ya, a que todo se acabe. Puede sonar a lugar común, pero también es posible verlo de otro modo; ver, por ejemplo, cómo el tiempo acabó en ellos esa ambición frenética que solemos gastarnos los más jóvenes. Esas ganas estúpidas de ser reconocidos porque sí y porque no, y que se ve tanto, en todas partes: yo escribí esto, yo hice aquello, yo dije lo más inteligente, a mí me entrevistaron, mírenme aquí, por qué a este le paran más bolas. Nada más deleznable que esa ambición y la prueba son los viejos: sentados, olvidados, callados, sin esperar nada. El fin de todos, la última estación de esa tonta codicia.

El eterno Vargas Llosa


“No sabe usted lo horrible que es volverse conocido, salir en los periódicos y en la televisión, que a uno lo señale la gente en la calle”, dice Felícito Yanaqué, uno de los personajes de El héroe discreto hacia el final de la novela. Pero, bien mirado, uno podría pensar que quien lo dice es el propio Vargas Llosa. Y es que no debe ser fácil estar en sus zapatos; insistir en la escritura cuando la mayoría de su generación, la del boom, está en silencio hace rato, sigue siendo una gran osadía. Si con El sueño del Celta le llovieron críticas –y tal vez con razón, porque la novela es densa, aburridora a ratos–, no es raro que pronto empiecen a llegar las de esta nueva obra . (Aquí un paréntesis para desviarme del tema: más allá de que sus opiniones sigan siendo discutibles y hasta reprochables, hay que abonarle la disciplina: pocos escritores llegan a esa edad tomándose tan serio el oficio, sin decepcionarse jamás. Como me dijo alguien hace poco: hay dos clases de grandes narradores, los genios y los que trabajan duro, y Vargas es de los segundos).

Pero, al grano: qué más da. Yo, vargasllosista confeso y practicante, disfruté muchísimo El héroe discreto, no sólo porque es el regreso de Vargas al Perú (Piura, Lima), sino porque los lectores nos reencontramos con sus viejos personajes: Don Rigoberto, Lucrecia y su hijo Fonchito (protagonistas del Elogio de la madrastra y Los cuadernos de Don Rigoberto), y el sargento Lituma y “los inconquistables” (La casa verde y Lituma en los Andes). Ahí está Fonchito con su imaginación desbordante, don Rigoberto y sus gustos burgueses que a veces parece un alter ego del escritor , la inocencia del sargento Lituma, las juergas de los inconquistables.

La forma de narrar tiene también su sello personal: dos historias paralelas que al final se juntan por cuenta de un suceso inesperado; los diálogos intercalados en distintos tiempos para ilustrar dos escenas, y las viejas obsesiones que no hace mucho hizo explícitas en su polémico ensayo La civilización del espectáculo: la banalización de los medios, la cultura, y un largo etcétera.

Más allá de esas minucias, lo mejor del libro es que está tremendamente bien contado: tanto la historia de Felícito Yanaqué, dueño de una empresa de transportes que es extorsionado en Piura y se niega a pagar un peso a los delincuentes, como la de don Rigoberto y su jefe Ismael, quien se casa con la sirvienta para no dejar nada de fortuna a sus hijos, dos aves rapaces a los que sólo les importa el dinero, son la prueba de que la capacidad narrativa del Nobel está intacta. Y eso es garantía suficiente de que leyéndolo cualquiera pasará un buen rato. O eso me pasó a mí, pero quizás yo no soy una fuente muy confiable: después de todo las obras de Varguitas han sido siempre mi gran debilidad.