Esos viejos amigos


Anoche vino a casa un amigo del colegio que no veía hace años. Se quedó un par de horas, nada más, y mientras comimos nos contamos por encima lo que cada uno ha hecho en tanto tiempo. Cuando se fue me di cuenta de que ha pasado mucho desde la última vez que vi a ese viejo grupo de amigos, y recordé también la razón del alejamiento: además de la distancia –que siempre será un pretexto–, estaba seguro de que después de tantos años, ya con tan pocas cosas en común, sólo nos quedaba aferrarnos al pasado para recordar un tiempo lejano, tan lejano que a muchos se nos ha ido borrando. Y eso era algo que cada vez me gustaba menos, por una sencilla razón: ese que fui hace tanto, que compartió con aquellos amigos todos esos momentos, es alguien que yo mismo veo lejos, diferente. Ese ya no soy yo.  

Durante algunos años, después de salir del colegio, viajábamos todas las vacaciones a Manizales para reencontrarnos los mismos: cinco amigos que poco a poco empezábamos a coger nuestro propio camino. Cinco amigos que no podíamos (o no podemos) ser más distintos, y que aún así volvíamos para reencontrarnos y aferrarnos a ese pasado que tanto trabajo nos costaba soltar. Entonces era divertido: durante el semestre cada uno vivía lo suyo, y luego volvíamos para recordar lo que un par de años atrás habíamos acabado. Por esos días sentíamos que nuestra amistad se hacía aún más fuerte.  

Pero luego la universidad terminó y los distintos caminos de cada uno acabaron separándonos; ya no hubo más regresos, ni charlas, ni nada. Años más tarde me reencontré con uno de ellos y entonces, inevitablemente, sucedió lo temido: luego de las preguntas de rutina, vino el recuerdo de aquellos años, de lo que fuimos, de lo que hicimos, de la gente con que nos vimos. Volvimos a vivir en el pasado y más allá de eso la charla se hacía pesada, difícil.

Durante algún tiempo huí de esa situación, pero luego me di cuenta de que no valía la pena. No está mal evocar ese pasado, sonreír al recordar esa persona que alguna vez fuimos y que hoy quizás nos parezca tan lejana; no está mal mantener vivos los recuerdos (que, igual, se van agrandando y deformando cuando los revivimos con palabras), ni prolongar ese lazo, así sea el único, que nos mantiene atados a los viejos amigos. Hoy quisiera volver a verlos, que pudiéramos tomarnos unos tragos y reírnos acordándonos de aquellos lunes, por ejemplo, cuando reuníamos el escaso dinero que teníamos para tomar un trago barato en la curva, allá en Palermo.

Fueron años inolvidables, y sí que vale la pena recordarlos.

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