El reino de los brillantes

Hace unas tres semanas me decidí, por fin, a abrir Twitter. La verdad es que me tocó hacerlo. Después de una reunión sobre redes sociales a la que nos citaron en la oficina –donde una ‘community manager’ nos explicó, con una seguridad irrefutable, los beneficios de las mismas–, preguntaron quién de los presentes aún no estaba en la red del pajarito. De los mal contados 15 que habíamos sólo levantamos la mano una compañera de la redacción y yo. Entonces, por primera vez, sentí que me estaba quedando atrás; pensé que quizás no era tan aburrida como lo había creído hasta entonces, y no me quedó más remedio que enterarme de qué me estaba perdiendo.

(Es curioso: suelo hacer las páginas de tecnología en la revista, pero por alguna razón extraña me niego a meterme de lleno en ese mundo. No tengo iPhone, ni Blackberry; mi celular es un LG normalito que, sin embargo, tiene una aplicación con la que todo el mundo queda deslumbrado: la llamada falsa).

Y entonces la abrí. Después de varios días de ir cogiéndole el tiro, puedo decir varias cosas: que es adictiva y te hace perder un montón de tiempo, que tiene una inmensa cantidad de información innecesaria, y que es increíble el enorme esfuerzo que hace la gente por parecer inteligente. Si Facebook es el reino de la vida de mentiras, Twitter es el lugar donde todo el mundo quiere decir algo brillante. Yo mismo me la paso pensando en escribir cosas que no suenen muy estúpidas, y más de una vez borro lo que considero innecesario. Es decir: la mayoría de veces. Pero me cansa, la verdad; me aburre la pose del más listo, la frase más original, la camaradería impostada, el inmenso elogio mutuo que uno ve gracias a la posibilidad de comunicarse de manera tan directa.

Debe ser que hoy ando de malas pulgas, tan desubicado como hace 13 años con la diferencia de que ahora no tengo el mismo tiempo ni energía para malgastar. Sé que andar quejándose es aburridísimo (si no te gusta algo, déjalo, y listo), pero no puedo evitarlo. A veces me dan ganas de cambiar el rumbo, sobre todo cuando veo que las cosas no van para ninguna parte. Quizás en algún momento lo haga. Entonces ya no andaré quejándome tanto, y mucho menos tendré tiempo ni ganas de ver Twitter.

No hay comentarios: