Gente como nosotros

Hace una semana se metieron a robar en la finca. Esperaron a que la casa estuviera sola y entraron en la noche, cuando los mayordomos estaban dormidos. Regaron pedazos de carne envenenada para callar a los perros y, cuando todo quedó en silencio, comenzaron a abrir un hueco por la parte de atrás de la casa. Entraron por el cuarto donde dormimos nosotros, y tuvieron todo el tiempo del mundo para robarse lo que quisieron: equipo, televisor, adornos, electrodomésticos. Los mayordomos, confiados, no se dieron cuenta de nada; escucharon al principio los ladridos de los perros, pero cuando estos se quedaron callados (intoxicados ya por cuenta de la carne), volvieron a conciliar el sueño.

Sólo a la mañana siguiente lo notaron, cuando vieron el hueco en la casa y las manchas de vómito regadas por todo el jardín. Tuvieron que hacerles tomar aceite a los perros para que vaciaran el estómago, y luego correr con ellos a la veterinaria. No murieron.

Días más tarde me llamó a la casa una tía que vive en Bogotá. Estaba preocupada por lo que había pasado y se le notaba en el tono de la voz. Me insinuó que convenciera a mis padres de que abandonaran la finca; que allá, en medio de la nada y la grandeza de las montañas, estaban expuestos a cualquier daño. Coincido con ella en que hay peligro, pero instarlos a que abandonen sería quitarles un pedazo de felicidad que ellos no están dispuestos a dejar. Sé que es una batalla perdida, y estoy de acuerdo con ellos cuando dicen que uno no debe dejarse amedrentar.

Entonces, en algún momento de la conversación, mi tía dijo con tono compungido: "además tus papás le dan mucha confianza a los mayordomos, y yo creo que ellos deben juntarse más con gente como nosotros".

¿Gente como nosotros?

Hace mucho rato no me hervía tanto la sangre. Gente como nosotros es la que se roba los dineros públicos y deja una ciudad como esta vuelta mierda; gente como nosotros, de la mejor universidad del país, es la que asesina a sus propios compañeros por líos de faldas; gente como nosotros es la que no tiene escrúpulos para joder a los más necesitados desde arriba, en los bancos, y volverse rica mientras el resto se revuelca en el fango. Ésa es la gente como nosotros; la gente de la que ella hace parte y que a mí me repugna.

Debí haberle colgado el teléfono en ese instante, pero no lo hice.

Aún me queda un montón de decencia.

El reino de los brillantes

Hace unas tres semanas me decidí, por fin, a abrir Twitter. La verdad es que me tocó hacerlo. Después de una reunión sobre redes sociales a la que nos citaron en la oficina –donde una ‘community manager’ nos explicó, con una seguridad irrefutable, los beneficios de las mismas–, preguntaron quién de los presentes aún no estaba en la red del pajarito. De los mal contados 15 que habíamos sólo levantamos la mano una compañera de la redacción y yo. Entonces, por primera vez, sentí que me estaba quedando atrás; pensé que quizás no era tan aburrida como lo había creído hasta entonces, y no me quedó más remedio que enterarme de qué me estaba perdiendo.

(Es curioso: suelo hacer las páginas de tecnología en la revista, pero por alguna razón extraña me niego a meterme de lleno en ese mundo. No tengo iPhone, ni Blackberry; mi celular es un LG normalito que, sin embargo, tiene una aplicación con la que todo el mundo queda deslumbrado: la llamada falsa).

Y entonces la abrí. Después de varios días de ir cogiéndole el tiro, puedo decir varias cosas: que es adictiva y te hace perder un montón de tiempo, que tiene una inmensa cantidad de información innecesaria, y que es increíble el enorme esfuerzo que hace la gente por parecer inteligente. Si Facebook es el reino de la vida de mentiras, Twitter es el lugar donde todo el mundo quiere decir algo brillante. Yo mismo me la paso pensando en escribir cosas que no suenen muy estúpidas, y más de una vez borro lo que considero innecesario. Es decir: la mayoría de veces. Pero me cansa, la verdad; me aburre la pose del más listo, la frase más original, la camaradería impostada, el inmenso elogio mutuo que uno ve gracias a la posibilidad de comunicarse de manera tan directa.

Debe ser que hoy ando de malas pulgas, tan desubicado como hace 13 años con la diferencia de que ahora no tengo el mismo tiempo ni energía para malgastar. Sé que andar quejándose es aburridísimo (si no te gusta algo, déjalo, y listo), pero no puedo evitarlo. A veces me dan ganas de cambiar el rumbo, sobre todo cuando veo que las cosas no van para ninguna parte. Quizás en algún momento lo haga. Entonces ya no andaré quejándome tanto, y mucho menos tendré tiempo ni ganas de ver Twitter.