Un año

Hoy hace un año mataron a Julián García en la vereda del Alto Arroyo, en Villamaría, Caldas. Doce meses después la investigación (si es que hay una) no ha revelado nada; los asesinos siguen tan campantes y el silencio no se ha roto. Como Julio era campesino humilde la noticia no salió en la prensa ni nadie ha hablado más del tema. Pero yo aún lo recuerdo. En honor a él, en donde quiera que esté, estas palabras que escribí hace un año, un día después del hecho, con rabia en el alma y aguardiente en la cabeza.

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¿Cuánto vale una vida?


Todos los días, a las 5 y 30 de la tarde, Julián se ponía el sombrero, las botas de caucho, y comenzaba a subir la montaña para traer el ganado. Una rutina que venía repitiendo desde hace años y que hacía con gusto porque no había nada más importante para él, nada que lo llenara más de satisfacción, que ver un puñado de vacas reunidas. Es curioso cómo suelen cambiar las prioridades de la gente: mientras muchos de nosotros vivimos atados al tiempo, a las apariencias, a los patrones de éxito que nos imponen, otros, como Julián, encontraban la felicidad en algo tan simple como sentarse en un potrero a mirar animales.

La tarde del lunes salió como siempre a recogerlos mientras su esposa lo esperaba abajo. Pocos minutos después se escucharon los tiros. Unos, dos, tres, cuatro, cinco y seis: todo el tambor de un revólver. Dicen que Julián alcanzó a caminar un poco y se desplomó en el camino; dicen que su esposa salió corriendo al oírlos, como si hubiera sabido, de inmediato, que algo había sucedido; dicen que una niña alcanzó a ver a un tipo que huía corriendo montaña arriba.

Apenas dos días después no logro quitarme de la cabeza la imagen de cómo habrá sido el momento: ¿cuánto tiempo llevaba el tipo esperándolo en el potrero? ¿Le habrá salido de frente? ¿Le dijo algo antes de matarlo o abrió fuego así, a quemarropa, sin mediar palabra? ¿Habrá alcanzado Julián a pronunciar alguna palabra, una frase?

Ahora mismo siento una rabia y una impotencia enormes; sé que debería dejar pasar más tiempo y no escribir este tipo de cosas, pero me duele aceptar que nos hayamos acostumbrado a que matar sea cosa de todos los días y a consentir que la mayoría de los crímenes queden en la más completa impunidad. ¿Cuántos casos como el de Julián no se presentan a diario en este país sin memoria? ¿Cuánto vale una vida aquí? Dice María Jimena Duzán en el libro sobre el asesinato de su hermana Silvia, hace veinte años, que una de las cosas que más le impresionan de los colombianos es esa capacidad que hemos adquirido para justificar las muertes violentas. “Si lo mataron era porque andaba en malos pasos”, decimos, y nos tranquilizamos al pensar que tras esa muerte había una razón. Pues no. No debería existir ninguna razón para los asesinatos porque por más cagadas que haga una persona las cosas no pueden –ni deben– solucionarse a plomo.

Lo que más me jode es pensar que hace apenas una semana habíamos estado con Julián tomando trago, riéndonos, bailando. Julio era un campesino, una persona humilde y bondadosa que trabajaba para mi papá desde hace muchos años y sentía hacia él una lealtad de hierro. Esa tarde del primero de enero me había dicho, entre un Cristal y otro, que su sueño era conocer los Llanos porque allá tenía que haber muchísimo ganado. Esa tarde habíamos cantado juntos algunas rancheras que siempre me acordarán de él. Y ahora esto: la muerte, los tiros, la nada.

¿Cuánto vale una vida acá? Hasta que no le demos el valor que tiene no saldremos jamás de este hoyo tan profundo en el que estamos metidos. Y muertes como la de Julián, por desgracia, seguirán siendo cosa de todos los días.

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