Hagamos cuentas: portada de Arcadia; columnas de Carolina Sanín, Fernando Quiroz y William Ospina (seguro se me quedan varios en el tintero); una entrevista extensísima en El Malpensante; otra más en El Espectador con un adelanto de tres capítulos del libro, y un río de elogios que van desde el ya manido “secreto mejor guardado de la literatura”, al exagerado “clásico contemporáneo de la literatura latinoamericana”, son apenas algunas de las reacciones que ha generado la recién salida novela del escritor Tomás González, La luz difícil.Por primera vez en mucho tiempo parece haber un consenso general: la novela, dicen críticos y periodistas, es fantástica. Conmovedora, bella, emocionante y una cantidad de adjetivos que, mal que bien, despiertan la curiosidad de lectores juiciosos y desprevenidos. Como me han gustado las novelas que he leído de Tomás (bueno, no todas), yo también sucumbí a la tentación y compré el libro. Lo hice el día del lanzamiento que se realizó en la biblioteca del Gimnasio Moderno, en Bogotá, donde se dio una charla a cargo del crítico Luis Fernando Afanador (quien quizás por causa de la emoción terminó hablando más de lo necesario) y la siempre afinada Marianne Ponsford, quien logró sacarle buenas respuestas a un entrevistado difícil.
Mi impresión, después de tanta alharaca, es que La luz difícil es una muy buena novela, un gran libro, pero tampoco para elevarlo hasta el nivel que ha llegado. La prosa de Tomás es poética y diáfana; la construcción de las frases es impecable (hay muchas bellísimas desperdigadas por todo el libro) y la historia, para resumir, es hermosa y dura, como la vida. Pero, al menos a mí, me han conmovido muchísimo más otras novelas.
Más allá del libro, los amigos de Libélula, tan escépticos con la prosa nacional, plantean un debate interesante luego de dejar claro que Tomás “es un escritor del montón”: la tremenda estrategia de marketing que, dicen ellos, ha orquestado Alfaguara para meternos a González hasta por los oídos. Mi opinión es que tienen razón en parte; y la tienen porque, sin duda, la gran maquinaria de Prisa mueve su engranaje para promocionar el producto (business are business), pero me parece que la emoción que ha generado la novela en periodistas, críticos y escritores es válida y genuina. Las páginas que le han dedicado con elogios (¿desbordados?) se han hecho, sencillamente, porque es un gran libro. Punto. Nadie es tan ciego como para no ver que hay estrategias de marketing (ahí están, ahora, “los secretos mejor guardados” de la FIL, hágame el favor), pero decir que todo es promoción sería quitarle a los buenos lectores el mérito de su criterio.
En fin, que a pesar de la estrategia, las charlas y los mares de tinta, la novela es bonita. Dura y bella, sí, pero quizás sea mejor bajarle. Ahora, que si Tomás es huraño o no y lo tiene sin cuidado el reconocimiento… bueno: ésa ya es otra historia.

