Una novela enorme

Tengo que empezar por hacer una confesión.

Esta: hace mucho tiempo un libro no me impactaba tanto. No he logrado dejar de hablar de él (mi esposa está mamada) con dos amigos que ya lo devoraron. Cada que nos reunimos es lo mismo: cualquier tema, cualquiera, tiene una referencia a Libertad. Que tal o cual cosa se ve en lo que le pasa a Richard y a Patty; que cómo es posible que Walter no sé qué; que Joey y Connie son la viva prueba de que… en fin: no les voy a contar la historia.

Creo que el gran mérito de este libro, más allá de lo que cuenta, es la forma cómo están construidos los personajes. Desde el primer capítulo, cuando Franzen nos muestra la vida de Walter y Patty Berglund, una pareja de clase media-alta estadounidense, uno, de lector, comienza a amarlos u odiarlos. De inmediato. Y se da cuenta de que este escritor logra, de manera tremenda, retratar la esencia humana: cómo podemos querer tanto a una persona pero, al mismo tiempo, ser con ella unos verdaderos cabrones; cómo llegamos a sentirnos frustrados de manera tan repetida; cómo el amor y la vida están tan íntimamente ligados al dolor y la alegría.

Un libro impresionante, enorme (667 páginas que ni se sienten), deslumbrante, envidiable (sí, ya sé, pero la verdad es que creo que los adjetivos se quedan cortos). ¿Qué más puedo decir? Que lo lean, y ya.

Y, ah: esta no es una reseña. Ya me aburren las reseñas (más escribirlas que leerlas, aunque también), sino, más bien, una invitación a descubrir este libro magnífico. Me había prometido no escribir más sobre libros pero, ¿qué puedo hacer? A veces hay que romper nuestras propias promesas. Como le pasa a Walter en Libertad…

Propósitos (algunos ingenuos) para 2012


Tomarme menos en serio. Reírme más de este oficio.

Escribir, pero borrar con mucho más ahínco.

Leer poesía.

Hacer deporte. No dejar la elíptica del estudio como un adorno excéntrico del apartamento.

Seguir pasando el tiempo con los buenos (y pocos) amigos; conversar con ellos alrededor de un trago.

Querer a mi esposa cada día un poco más.

Ser más indulgente; volver el estómago más duro y resistente a los golpes.

Contar chistes malos. Y disfrutarlos.

Avivar la curiosidad, estar atento a las cosas que no parecen tener mucha importancia.

Seguir perdiendo la fe en el mundo editorial y, sobre todo y de ser posible, no conocer a los escritores de los libros que me han gustado.

No conocer a los escritores.

Seguir escribiendo tercamente (también en este blog) a pesar de que a veces prevalezca la sensación de que no hay mucho qué decir.

Dudar más.

Ver menos noticieros de televisión y más programas basura.

Continuar con la firme intención de no ir a conciertos, a menos que vengan los Rolling Stones o que vuelvan Sabina y Miguel Bosé.

Viajar más dentro de Colombia.

No comprar ni Blackberry, ni Iphone, ni menos, mucho menos, caer en la tentación de abrir Twitter. Ya el Facebook es suficiente adicción y, para ser sincero, prefiero seguir disfrutando de la vida real.

(A propósito del Facebook): dejar de estar pendiente de la tiranía del "me gusta".

No entrar en debates inútiles.

Entrar en debates inútiles.

Equivocarme, pero en lo posible no cagarla hondo.

Vivir.