Miami

Una de las consecuencias directas de la crisis económica es que prácticas como la mendicidad se están expandiendo, cada vez con mayor rapidez, por aquellos que solíamos llamar “países del primer mundo”. “Eso no lo veíamos antes”, nos dice Paola, la mujer que nos recibió en el aeropuerto, señalando con el dedo a un hombre de unos setenta años, blanco, calvo y sudoroso, que sostiene sobre sus manos, a la altura del pecho, un cartón en el que pide dinero para comer. Como tampoco se veía esa gente que ofrece botellas de agua y Coca-Cola en los semáforos, o a esos viejos de raza negra que se protegen del sol bajo los árboles en Miami Beach.

Eso es lo que nos ha traído el capitalismo desbocado: la eliminación de una clase media que solía vivir de manera decente y hasta lograba darse ciertos lujos de vez en cuando. Ahora los términos medios son cada vez menores: o tienes mucho o no tienes nada. Es así de simple.

Miami es una ciudad extraña. Por un lado están sus edificaciones estilo Art-decó que se extienden por casi todo Miami Beach y Coconut Grove, mientras que por otro está la enorme influencia latina que el turista puede ver en forma de barrios de inmigrantes (hay un parque entero en el que los jubilados cubanos se la pasan jugando dominó y hablando mal de Castro), y la gran cantidad de gente que te habla ese español mal hablado, salpicado de palabras en inglés y traducciones literales que resulta, a veces, difícil de entender.

Esta ciudad de la Florida representa eso que simboliza la cultura gringa: el consumismo desmedido traducido en enormes “malls” llenos de almacenes y rebajas. A eso van los colombianos a Miami: a comprar lo que acá cuesta el doble y a presumir de que les sale más barato pagar los tiquetes y regresar antes que adquirir esas cientos de cosas que no necesitan en Bogotá o Medellín. A eso, claro, o a buscar un mejor futuro en esos trabajos de segunda que, por cuenta de la crisis, ahora los propios gringos se ven en la obligación de realizar.

Perdonarán, pero yo no le encuentro la gracia.

1 comentario:

Lalu dijo...

Yo detesto de Miami que no es una ciudad para caminar, es una ciudad para moverse en carro.