Un doloroso olvido

Hace poco más de nueve meses mataron a Julián y hasta ahora no hay nada: una supuesta investigación estancada que no ha producido ningún resultado y la persona que apretó el gatillo, por supuesto, libre. Es todo. El hecho se ha reducido a unas cuantas especulaciones, a la tenebrosa ley del silencio que impera en este país (no averigüe porque encuentra y puede ser peor), y a un doloroso olvido. La vida ha seguido su curso, como es natural: su viuda y sus hijos abandonaron la zona, la gente habló durante un tiempo de lo ocurrido, llegaron unos nuevos mayordomos a la finca y, en cierta forma, se restableció el orden.

Pero yo todavía lo recuerdo. Aún tengo presente su hablar atropellado, esa alegría genuina que sentía cuando estaba entre el ganado, la forma desparpajada cómo bailaba y su risa, sí, desdentada. No era una persona perfecta, por supuesto, y con el paso del tiempo hemos podido tejer algunas hipótesis sobre los motivos que llevaron a que un tipo lo esperara esa tarde de enero en un potrero, cuando subía por el ganado, para vaciarle todos los tiros de un revólver en el pecho y dejarlo morir mientras bajaba por la montaña tratando de alcanzar la casa. Pero, digo, no son más que puras especulaciones: que se relacionó mal, que hizo esto o aquello. No sé si algún día lleguemos a saber la verdad (como no la saben cientos de personas en este país sin memoria), pero mientras su recuerdo viva en la gente que lo conoció y de alguna manera lo quiso, Julián, Julio, no estará muerto del todo.

Pocos días antes de que lo mataran yo fui a la finca. Justo antes de que lo asesinaran a sangre fría estuvimos tomando aguardiente, una tarde, mientras escuchábamos rancheras. Creo que esto ya lo he contado más de una vez, pero no importa: recuerdo que cuando puse una canción de Silvestre Dangond, Que no se enteren, Julio se emocionó, la cantó y luego pidió que la repitiera. Lo hice, claro, y volvió a cantarla con un sentimiento profundo, como si le trajera algún recuerdo muy grato. Desde entonces cada que escucho la canción me acuerdo de él; cada que me tomo unos aguardientes la pongo y lo veo ahí, sentado al frente mío, cantando, en la finca, disfrutando los últimos días que estuvo con vida.

Julio no era una persona con estudios ni mucho menos “culta”, pero, aun así, tenía decenas de cosas que todavía le envidio. Cosas que me gustaría poder tener yo mismo pero que ya es muy difícil porque, como escribe Thomas Bernhard, “El mayor error consiste en creer que las llamadas gentes sencillas lo salvarán a uno. Uno va a ellas, en la mayor necesidad, y les mendiga casi que lo salven, y ellas lo arrojan a uno todavía más profundamente a la desesperación”.

Quise poner la canción aquí, pero Youtube no lo permite. Lástima.

1 comentario:

yacasinosoynadie dijo...

Que mierda nuestros muertos, yo todavía tengo un par rondando por ahí, un par que me hacen sentir que sangro pero no encuentro la herida.