Constancia


Hace algunos años no podía dejar un libro sin terminar. Una vez empezaba tenía que llegar a la última página así tardara meses, las horas se me volvieran pesadas y acabara haciendo una mueca de disgusto cuando lo veía ahí, encima de la mesa de noche. Hace algunos años tenía más constancia. Pero algo pasó. Un día comencé a pensar que quizás no debía ser tan estricto. Que, al final, la lectura debe ser un gozo y una fuente de placer, además de muchas otras cosas, y que si un libro no puede darte eso, por reputado que sea, no importa mucho que se caiga de las manos.

Hay decenas de libros con los que no he podido. Tres veces he intentado leer Sobre héroes y tumbas y no he alcanzado a llegar al Informe sobre ciegos, que todo el mundo alaba con locura. Algo en la historia de Alejandra y Martín (quizás ese tono oscuro, deprimente, sombrío) me aburre y no me deja seguir adelante. Dos veces he tratado con Lolita y, a pesar de que me gusta la prosa y la obsesión de Humbert Humbert, lo acabo cerrando. ¿Por qué? Aún no lo sé. Y hay otros, también: Cormac McCarthy me pareció aburridísimo (no le encontré la gracia a La carretera, de la que tan bien se ha hablado), y abandoné una novela de Vargas Llosa, La historia de Mayta, porque se me hizo insoportable.

Puede que los libros que deseche (o que se queden esperándome unos años, pacientes), sean obras maestras; que choquen con el gusto de un lector no significa que sean malos, eso está claro. Y puede que algunos sabihondos de turno frunzan el ceño cuando uno confiese que John Fante no lo deslumbró, pero, al final, ¿qué más da? La lectura es una experiencia solitaria y lo que a mí me llena no es lo mismo que llena a otro. Pasa, eso sí, que a veces me siento culpable; me entra remordimiento por no haber podido deleitarme con esa obra que muchos consideran fantástica, por no haber logrado desentrañar los secretos de esas páginas y porque, en vez de disfrutar, el tiempo de lectura se me torna insufrible. Entonces agarro el libro otra vez, arranco con entusiasmo y varias páginas después, fracaso de nuevo. Lo dejo en la biblioteca, esperando, hasta que algún día la experiencia cambie. O quizás no. A lo mejor después suceda lo mismo.

Si ahora un libro se me cae de las manos (o una crónica, o una columna, o un cuento), lo dejo que se caiga. En útlimas nada compensa la sensación de que llegue uno que me lleve de la mano hasta el final, sin soltarme, y me entre esa tristeza honda cuando veo que las páginas se van acabando.

2 comentarios:

Lalu dijo...

La Guerra y la Paz me parecìa pesadìsimo y nunca pasaba de las primeras 30 o 40 páginas, hasta que un dìa me agarrò y lo leì de una sentada. Ahora es mi libro favorito.

A veces pienso que el problema no es del libro, sino del momento en el que lo coge a uno.

En este momento estoy atrancada con En Busca del Tiepo Perdido; mi jefe me prestò dos tomos, feliz, y no he podido acabar ni el primero, porque leerlo me arrulla.

Martín Franco dijo...

A propósito de esos libros grandes, Lalu, y de otra cuestión pertinente que también viene a cuento:

http://www.juansinletras.com/sin-calsificar/los-derechos-del-lector-daniel-pennac/

(Me refiero al apartado número 2: El derecho a saltarse las páginas).