¡Ay, el aguardiente!

En el Diccionario Folclórico Antioqueño, de Jaime Sierra García (editado por la Universidad de Antioquia), aparecen varias páginas dedicadas al aguardiente, el popular licor que, recuerda el autor, "bebe todo antioqueño que se respete". Lejos de los aburridos regionalismos que a veces caracterizan a la cultura paisa, el libro es un compendio alegre de expresiones y palabras típicas de Antioquia y el viejo Caldas. Sin permiso (y con perdón), reproduzco aquí varias de las coplas dedicadas al traguito de anís.

Canto al alcohol
Manuel Donato Navarro

Es hija de la ignorancia
y de la brutalidad,
la maldita sociedad
que llaman de temperancia.
Dime: ¿no es extravagancia
el pretender seriamente,
que no beba más la gente
y que de hoy en adelante,
es mejor ser temperante
que una tina de aguardiente?

Yo les digo francamente
que no alcanzo a comprender,
qué llegaremos a hacer
sin este vicio inocente;
porque creo firmemente
que este pueblo sin licor,
será un fuego sin calor,
especie de sol sin luz,
un Santo Cristo sin cruz,
una madre sin amor.

Juro que en estos seis meses
y doy palabra de honor,
apuraré hasta las heces
el embriagante licor.
Porque creo, sí señor,
que lejos de ser un mal,
como lo afirma un tal cual
sin sentido y sin razón,
es el delicioso ron
hasta la ley natural.

El anís con su locura
y su democracia ardiente,
nos prueba que es mucha gente
y que su sangre es muy pura.
Pero el hombre en su locura
siempre ciego y delirante,
lo maldice a cada instante
no siendo otro su deseo,
porque el hombre es un pigmeo
y el anís es un gigante.

(...)

Bebió aguardiente Jehová
y Nabucodonosor,
y Cristo Nuestro Señor
en las bodas de Caná
tragó mucho guandamá
el intrépido Noé,
el gran soñador José
y Confucio y Faraón,
y Tiberio y Cicerón;
lo digo porque lo sé.

Como sé que fue un borracho
el gran Rafael de Urbino,
el Dante y el Aretino
y Correggio y Juan Bocaccio,
y Cervantes de muchacho,
Tirso, Lope, Calderón
Montalbán, Luis de León
Shakespeare, Ariosto y el Tasso
Don Quijote, Garcilaso,
Byron y Napoleón.

Ya ves que siempre ha habido
en todo tiempos y partes,
tanto en ciencias como en artes,
bebedores de sentido,
y, ¿no sabes quién ha sido
su inventor? No un holgazán,
como dicen, ni un patán,
ni cualquier ruin fariseo:
fue San Carlos Borromeo
en la peste de Milán.

El aguardiente
Bernardo Arias Trujillo

(...) Muchas son las cualidades de el aguardiente: es compañero de gustos y reveses de nuestro pueblo; el labrador que antes era tímido y temblaba de enfrentarse a una hembra remisa, con dos o tres copitas de tan exquisita toma se vuelve insinuante y arriesgado y se siente entonadito para hablar con desparpajo a la mujer más retrechera. Y con tres más, la saca a revolar en cuadro un bambuquito macho de dos pañuelos colorados, y ambos lo bailan en rueda de admiradores, con todas las vueltas de estilo, ante la admiración de la paisanada que se sorprende del cambio sufrido en el antes bambuquero pusilánime.

Es, además, tónico casero para la medicina y para holgorio, y se hace presente en todos los acontecimientos de la vida campesina: él preside los casamientos montañeros, el velorio de un 'dijunto', la enfermedad de un compadre, el bautizo de un 'angelito', las veladas en la fonda, las corridas de toros, los paseos a los pueblos vecinos. No puede faltar en un sitio porque a toda hora se le reclama, solicita, trova, adule, pide y consume.

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