Mendigo

Todos los días me fijaba en su mirada de lástima. En su mano andrajosa y levantada. En sus uñas con los bordes negros de tierra. En sus ropas harapientas. Percibía, al pasar, su olor rancio. Escuchaba su voz débil. Suplicante. Una monedita, por el amor de Dios. Seguía de largo, a veces avergonzado, a veces con lástima, a veces con rabia, y luego lo olvidaba. En la noche, cuando hacía el camino de vuelta, seguía ahí: su mano andrajosa levantada, sus uñas con los bordes negros de tierra, sus ropas harapientas. Su voz débil. Suplicante. Una monedita, por el amor de Dios.

Ayer me bajé del bus y compré una hamburguesa. Doble carne, queso, tocineta, papas y gaseosa. Para llevar. La dependiente empacó las cosas en una bolsa, me dio dos frascos de mayonesa, un fajo de servilletas y me despachó con una sonrisa falsa. Tomé el camino de siempre. Oscurecía, había poca gente en la calle. El olor de la carne traspasaba la bolsa. Apuré el paso cuando lo vi, recostado en la pared. Su mano levantada. Una monedita, por el amor de Dios. Lo miré. Fue como si nos conociéramos. Le extendí mi mano con el paquete y lo vi sonreír, agradecido.

Agarró la bolsa y comenzó a abrirla. Parecía feliz. Parecía radiante. Desdobló el plástico con ansiedad. Yo estaba al frente, parado. Iba a morderla cuando le di la primera patada. En medio del pecho. Su cuerpo se arqueó hacia adelante y la hamburguesa cayó al suelo, abriéndose. El piso era un reguero de lechugas y salsas. Murmuró algo, un quejido. Se apoyó el andén con las manos. Tomé impulso y le di otra más. Cayó al suelo. Le di otra. Y otra. Y otra más. Por favor, por favor.

Estaba más oscuro. Miré hacia adelante, no venía nadie. Me organicé la camisa. Limpié mis zapatos.

Caminé.

En buenas manos

Diciembre 2010

Llevaba varias semanas buscándolo. Por cuestiones de trabajo tenía que encontrarlo de manera urgente, pero después de que bateó el home-run que le dio la victoria a los Gigantes de San Francisco en la Liga de Béisbol Americana, Edgar Rentería, "el niño de Barranquilla", parecía haber desaparecido del mapa: intenté llamarlo a un número celular que nunca contestó; traté de localizar a su hermano Edinson pero jamás obtuve respuesta; escribí varios correos formales, y hasta llamé a su mamá, doña Visitación Erazo, quien no logró darme una razón concreta de cuándo vendría a Colombia. Dijo, sencillamente, que Edgar nunca les avisaba.

Así que durante días me moví por rumores: que llega a Barranquilla tal fecha, que había regresado a Estados Unidos y que volvería al país, posiblemente, a finales de mes. Nada era seguro. Hasta que un día apareció en el periódico que Edgar había llegado a la capital y estaría en la tarde haciendo el saque de honor en un partido de la liga local de béisbol. Salí corriendo con el fotógrafo a ver si alcanzábamos a cogerlo, pero cuando llegamos "El niño" acababa de irse. No pudimos verlo; la nube de periodistas se aglutinaba y corríamos, en desorden, tratando de adivinar a dónde había ido. Finalmente, siguiendo más el instinto que otra cosa, lo vimos en Coldeportes, justo al lado de donde estábamos. Ni siquiera la gran valla que nos separaba del lugar fue impedimento para correr tras él: la saltamos, cual paparazis, y corrimos con la esperanza de que nos diera al menos cinco minutos. Pero no tuvimos suerte: Edgar salió del lugar escoltado, se montó en una camioneta de vidrios polarizados, y desapareció antes de decirme que no le quedaba tiempo, que tenía la agenda apretadísima y que iba a estar muy ocupado.

Al día siguiente lo perseguimos otra vez durante la entrega del premio al deportista del año que le otorgó un periódico de la ciudad. Cuando terminó la ceremonia, por fin, pudimos agarrarlo en el lobby y pedirle quince minutos que nos concedió entre desesperado y confuso. Luego de una improvisada sesión de fotos le pedí el favor de que me firmara el libro que nos habían dado en la premiación, una compilación de perfiles y fotografías sobre los mejores deportistas colombianos de los últimos cincuenta años. Rentería estampó su firma encima de la foto que mostraba el momento justo del impacto con el que el pasado primero de noviembre se consagró por segunda vez en el béisbol de las grandes ligas. Yo le agradecí y, cuando se fue, sentí que por fin me quitaba un peso de encima.

Por la noche llegué a casa con el libro bajo el brazo. En la portería, como siempre, estaba Jorge, "Jorgito", el vigilante que lleva más de una década en el edificio y que casi siempre me recibe con comentarios sobre fútbol o pidiéndome ayuda para llenar el enorme crucigrama que suele desplegar encima de la mesa. Como sé de su afición por los deportes le conté toda la aventura y le mostré, abriendo el libro en la página indicada, la foto de Rentería con su firma encima. Jorgito se dedicó a mirarlo página por página y, cuando le dije que “El Niño” se había ganado el premio al mejor deportista, me respondió, como quien no quiere la cosa, que a él también acababan de condecorarlo por ser el mejor vigilante de la empresa. El premio –contó– era un viaje a Cartagena acompañado por su familia con todos los gastos pagos en un hotel de lujo. Difícil describir la emoción que lo embargaba mientras narraba cómo el ministro de defensa en persona lo había condecorado con una medalla; o cómo el dueño de la empresa le había dicho lo orgulloso que se sentía de su trabajo. Jorgito se paraba rígido y tieso, visiblemente emocionado aún, mientras volvía a revivir la situación para contarme la escena. Luego, aún con el libro en las manos, me dijo que estaba asustado porque era la primera vez que todos montarían en avión, pero añadió que la alegría de conocer el mar les quitaba, de golpe, cualquier vestigio de miedo.

Fue ahí, quizás, cuando comprendí que todo el esfuerzo que había hecho por conseguir a Rentería tendría una mayor recompensa que simplemente haber cumplido con mi trabajo. Que todas las llamadas en vano, los correos sin respuesta y el acoso periodístico, iban a tener un sentido más profundo que el de cumplir con la tarea. Fue al ver la alegría de Jorgito, mientras me contaba que quizás el premio se lo habían dado porque, entre muchas otras cosas, había devuelto alguna vez una plata que a un arquitecto se le cayó saliendo del ascensor, cuando comprendí que no tenía sentido dejar ese libro encima de alguna mesa de la sala como adorno, olvidado e inútil, y que sería absurdo usarlo solo para ufanarse de una firma que, en el fondo, era intrascendente. No me gusta el béisbol y lo entiendo poco. En realidad, no soy fanático de ningún deporte ni de un equipo en especial. Pero Jorge sí. Él siempre me habla de su Millonarios, del Barcelona, del tenis o hasta de béisbol, a pesar de que nuestras conversaciones no duran más que un minuto cuando voy de salida o regreso al edificio.

Fue ahí, decía, cuando comprendí que la casualidad es extraña; en ese momento tuve claro que el libro con la foto de Rentería y su firma estampada no podían –ni debían– tener otro dueño. Estaba claro que ese libro no era mío y así se lo hice saber diciéndole que, si le gustaba, podía quedárselo. Me miró abriendo mucho los ojos y me dio las gracias, balbuceando.

Me gusta pensar que quedó en buenas manos.

el mal poeta

En la charla de presentación de un libro, el otro día, se hablaba sobre el oficio de escribir. Decía uno de los ponentes, citando a Héctor Abad, que a la hora de poner las palabras en papel había que ser conscientes de que todos llevamos un mal poeta adentro luchando por salir; un poeta que sólo los buenos escritores saben controlar. En otras palabras: que siempre nos da por escribir lo primero que se nos viene a la cabeza —y mucho más ahora, con el cuento de los blogs— pero que a veces es mejor morderse la lengua (o reprimir el impulso del dedo, en este caso), antes de oprimir "publicar".

Una de las cosas que trae la tecnología es que permite a la gente poner sus escritos personales a la vista de todo el mundo; experimentos que a veces funcionan porque, no nos digamos mentiras, a los lectores parece que les gusta mucho más lo visceral que lo complejo. La figura del intermediario (en este caso el editor, que siempre es tan justo y necesario para controlar ese mal poeta), queda a veces relegada para dar paso a un contacto directo entre escritor y lector. Eso son los blogs: intentos, muchas veces fallidos, de malos poetas que no tienen a nadie que los controle. Y malos poetas que a veces gustan, aunque la mayoría de veces lo que se escriba no interese a más que dos o tres perdidos lectores.

En fin, todo esto para decir que, aunque concuerdo con Abad, a veces creo que si todo el tiempo nos pusiéramos a reprimir ese mal poeta, jamás terminaríamos escribiendo nada. Esta semana, en El Tiempo, publicaron un artículo sobre Germán Vargas, uno de los fundadores del mítico grupo de La Cueva, quien quemó todos sus cuentos sin publicar porque no los consideraba dignos. Supongo que es difícil quedar satisfecho con algo que uno escribe (en el fondo, siempre, somos conscientes de que nos falta mucho), pero quizás la única manera de saber si es digno o no, consiste en dejar que sean los otros quienes juzguen. A veces uno termina llevándose sorpresas cuando deja salir el mal poeta; en ocasiones, aunque no lo creamos, lo que nos parece más malo es lo que a la gente le gusta.