Vivir con miedo

Hace quince días mi novia y yo dejamos de ir a Andino por el simple hecho de tener que coger un taxi en la noche para devolvernos a casa. Antier mataron a un cura bajo el puente de la 68 con 26 por robarle un celular: siete puñaladas le pegaron porque, seguramente por miedo, el pobre hombre se resistió. La semana pasada una compañera de la oficina me contó que a una prima suya le habían hecho el paseo millonario con un taxi pedido, y una noticia similar apareció en las páginas de El Tiempo pocos días después. No es ningún secreto que vivir en Bogotá (o mejor: en Colombia), implica tener un miedo constante. Para nosotros es normal voltear la cabeza cuando caminamos por la calle para cerciorarnos de que nadie nos sigue, o pensar, cuando cogemos un taxi, que en algún lugar se subirán un par de tipos y nos obligarán a entregarles toda la plata. Yo todo el tiempo pienso que algún día me habrá de tocar porque muchas de las personas cercanas a mí han pasado por lo mismo; es como si fuera inevitable, como si aceptara de antemano que la batalla está perdida. Así son las reglas de esta ciudad: vivir con miedo es la constante.

El miedo se ha apoderado de las sociedades modernas. La guerra contra el terrorismo no es más que un refugio del pánico. Los ingenuos que celebraron la muerte de Osama Bin laden en las calles de Nueva York ahora tendrán que ponerle más seguro a sus casas, soportar controles más intensos en los aeropuertos, y vivir bajo la amenaza de que en cualquier momento, cuando se monten al metro o disfruten de una tarde en Disneylandia, explote una bomba que acabe con sus vidas. El miedo es un enemigo silencioso que se ha venido colando en nuestras vidas y poco podemos hacer para detenerlo; las luchas que los gobiernos emprenden en nombre de la libertad no están haciendo otra cosa que irse en contra de ella misma: menos derechos, más vigilancia, más sospechosos.

El otro día viajábamos entre Medellín y Doradal. Íbamos para la hacienda Napóles el conductor del vehículo, el fotógrafo de la revista y yo, cuando a medio camino nos detuvo el ejército. Nos preguntó qué hacíamos, hacía dónde íbamos, por qué transitábamos esa carretera. Le contamos la historia, le mostramos los carnés de periodistas y el tipo nos dejó seguir, no sin cierto recelo. Pero, ¿qué hubiera pasado si no teníamos una razón? ¿Si, simplemente, nos hubiera dado por pasear por esa vía sin un destino fijo? Acá todo el mundo es sospechoso hasta que demuestre lo contrario. El tipo que nos detuvo tenía motivos para desconfiar de nosotros y nosotros pudimos sentir miedo sin haber hecho nada. Así son las cosas: aceptamos vivir llenos de un miedo que cada día crece más y creemos que la mejor forma de evitarlo es encerrándonos en nuestras casas, haciendo conjuntos cerrados, excluyendo a la sociedad de nuestras vidas. Y así lo único que estamos logrando es sociedades cada vez más solas y una supuesta libertad que, en realidad, es todo lo contrario. Estamos presos en nuestros propios hogares.