ilusos

Leo en la prensa que el premio Planeta tiene casi 700 novelas –setenta y pico enviadas desde Colombia–, concursando por llevarse el jugoso galardón que este año premiará un jurado “de lujo” encabezado por Ángela Becerra. Leo en la prensa los nombres de los “finalistas” –seudónimos, casi todos–, y no puedo evitar sentir lástima por aquellos que de verdad han enviado su novela después de años de trabajar a tientas, con la esperanza de que un reconocimiento de este tipo los saque del anonimato. Lástima, digo, porque lo más seguro es que en algunos días, cuando conozcamos el nombre del ganador, nos demos cuenta de que es un escritor desconocidísimo como Jorge Edwards o Juan Marsé.

Jodidos premios literarios, jodida industria.

Leo en Internet una columna de Hernán Casciari, en Orsai, donde dice que renuncia a publicar sus libros con una editorial que se tomó la molestia de cambiar descaradamente los gustos de sus personajes y frases enteras de sus novelas sin consultarle. Así, de la nada, un protagonista que era hincha de Independiente en Argentina, pasó a ser hincha del América de México cuando la obra se publicó en el país Azteca. Y recuerdo, de paso, una columna de Héctor Abad en la que se quejaba de que en una editorial le habían cambiado decenas de palabras (como carro por coche) cuando iban a publicarlo en España.

Me pregunto cuántos manuscritos llegan cada día a las editoriales y cuántas historias ni siquiera se miran. Y, mientras tanto, los que escribimos conservamos la ilusión estúpida de que algún día nos llamen y digan “ya está, te publicamos”, y entonces creeremos que todo está solucionado, que es increíble, cuando en realidad es que apenas estamos abriendo la puerta de un mundillo de mierda.

Hace nueve meses pasé el primer manuscrito de lo que, creo, es una pequeña novela. La imprimí, la encuaderné y la llevé a Planeta, porque queda a la vuelta de mi casa. Nueve o diez meses, no sé, pero hasta ahora no he tenido respuesta. No importa mucho, la verdad, que tampoco me hayan respondido a un par de mails que mandé. Ya está, pasó, habrá que seguir insistiendo. Es bueno darse consuelo con esas historias que uno lee de los escritores que tocaron decenas de puertas antes de que alguna se le abriera. No quiero generar lástima; tampoco escribo esto por eso. La verdad es que ni siquiera sé por qué lo escribo, pues hay decenas de razones para desilusionarse del mundo editorial.

Tengo que escribir más sobre el tema, pero ahora solo me sale esto.

Mala cosa.

5 comentarios:

Lalu dijo...

¿Es muy peye autopublicarse en Amazon?

Es que el negocio editorial es una cosa como de roscas y contactos oscuros, casi parece una mafia, ¿no? Pues, hablo desde afuera, como alguien que ha leído miles de veces a gente tesa como vos quejarse de lo difícil que es encontrar LA oportunidad

Martín Franco dijo...

Bueno, Lalu, primero gracias por eso de "teso". Segundo, sí, tienes razón: ese mundo editorial parece una vaina de roscas y contactos. Y yo también lo digo desde afuera, porque la verdad es que no lo conozco, ni tengo idea cómo eligen lo que publican o si leen todo lo que les llega. No lo sé, la verdad, ni tampoco tengo claro cuál es el paso a seguir cuando uno termina algo que ha escrito. ¿Cómo contactar un editor? En cualquier caso también es bueno pensar en eso de la publicación con una editorial. ¿Ese es, en últimas, el fin de la escritura? Es una pregunta interesante que me quedó sonando mucho después del perfil que escribí hace poco sobre Adalberto Agudelo, un tipo que ha ganado 32 premios y ninguna editorial lo ha publicado. El hombre tenía reflexiones interesantes sobre la escritura. Una es esta: "Me preocupa la inutilidad de la escritura porque, dígame sino, el destino del 98% de los escritores es el olvido".

Mónica Palacios dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Mónica Palacios dijo...

Hacía mucho que no leía tus entradas directamente en la página, sino desde el escritorio del google reader. Acabo de llegar porque quería dejarte un comentario sobre el tema y encuentro este diseño tan bonito. No sé si lo tienes desde hace mucho, pero me parece el mejor que ha tenido el blog hasta ahora.

En cuanto al tema, yo trabajé en una editorial y no es realmente ningún universo oscuro y cerrado. Mi editorial era un fondo pequeño, el de la universidad Eafit, y éramos un equipo de 5 personas, pero creo que en las editoriales grandes cambia el tamaño pero se mantiene el funcionamiento.

Yo no sé con certeza si grandes editoriales como Planeta tienen como política leer todo el material que reciben, pero me parecerían muy tontos si no lo hacen porque es la única manera de encontrar nuevos talentos. De lo que estoy segura es de que el volumen de material que deben recibir para evaluar tiene que ser enorme, así que sus tiempos se deben multiplicar por más del doble de los que yo trabajaba. Nosotros recibíamos, en promedio, un manuscrito a la semana, Planeta debe recibir, al menos, uno diario.

Todo esto va, Martín, a que te quiero sugerir que te dirijas a editoriales pequeñas, fondos universitarios, editores independientes, que tienen menos renombre y presupuesto que las grandes, pero mejor atención -y pulso, diría yo-. No hay que tener contactos ni conocer a nadie. Solo tienes que llamar y preguntar si reciben material y qué condiciones exigen para evaluar el tuyo. Donde trabajé ha cambiado mucho desde hace 4 años que no estoy, pero igual, dale un mirada a ver si te interesa http://www.eafit.edu.co/cultura/fondo-editorial/Paginas/presentacion.aspx.

En Bogotá muchas universidades tienen también fondos editoriales que publican obras no académicas de autores externos a la institución. En Medellín, Tragaluz Editores está publicando unas cosas bellísimas, algunas la primera publicación del autor.

Yo creo que es cuestión de poner tu manuscrito a ser leído, evaluado, criticado y prepararse para aceptar todo comentario que pueda generar.
Mi última recomendación sería que, antes de presentarlo, estés suficientemente convencido de que esa es la última versión, de que otras miradas en las que confías te hayan hecho observaciones o sugerido cambios, porque no hay lugar a correcciones y el manuscrito tiene una sola oportunidad de agarrar al lector -que, en últimas, eso es lo que es un editor, un lector muy cuidadoso-. Y mucha suerte.

Martín Franco dijo...

Muchas gracias, Mónica. Probaré por ese lado a ver qué tal. Y en cuanto a lo último, ¿cómo hace uno para estar convencido de que la que entrega es "la versión definitiva"? Esa es la parte berraca. Un abrazo.