Darío, malgastado.

Maria Alejandra Villamizar se le midió a escribir un perfil de Darío Gómez para la revista Donjuan. Lo que pintaba como una buena oportunidad para acercarse a un personaje conocido –más no admirado– por todos, terminó como una aproximación apenas somera, ligera y superficial del conocido Rey del despecho. Después de leerlo, queda la impresión de que el texto fue escrito por una niña “bien” que, más por encargo que otra cosa, terminó metiéndose en el mundo de la música popular.

Y no son apreciaciones a la ligera: luego de reconocer que en algún momento, mientras hacía la investigación, le dio “pereza la historia”, Villamizar se puso a escuchar canciones y ver videos del artista con el fin de estar preparada para la entrevista. Pero digamos, a su favor, que tampoco tiene la culpa: al fin y al cabo eso es lo que haría cualquier periodista antes de abordar un personaje. Y claro: es obvio que a ella no tiene porqué gustarle la música popular. El problema es que eso, al final, se siente: uno pasa muy por encima del protagonista y, aunque hay buenos datos, el perfil no tiene reflexiones o apreciaciones del autor sobre Darío o el mundo que lo rodea. Uno como lector siente que podría haber sacado más, pero eso es muy difícil si a la autora no le interesa ahondar en ese mundo.

Todo eso para decir algo que desde hace varios años me inquieta: que a pesar de su enorme popularidad, la gente con cierto grado de cultura suele mirar el fenómeno de la música popular –y todo lo que ello acarrea–, por encima del hombro. Al contrario de otros ritmos de origen también popular (como el vallenato, para citar el ejemplo más cercano), la música popular es desdeñada y tratada, como escribió Pablo Rolando Arango alguna vez en su “Diccionario personal”, como la hija puta. Basta comparar para darse cuenta: mientras que en el vallenato se habla de “juglares”, e intelectuales como Daniel Samper Pizano o cronistas como Alberto Salcedo lo abordan desde la teoría, en la música popular apenas se agarra una figura conocida como Darío para trazar a grandes rasgos –y en mi opinión, más por satisfacer el morbo que otra cosa–, una cultura tan amplia como inexplorada.

Hay pues, ahí, un gran terreno desconocido al que valdría la pena meterle el diente. Por el momento, dejo la definición de “música clásica” de Arango y un video del gran Darío.

Música clásica. Cuando no existía la Fiscalía, mi papá trabajaba como juez de instrucción criminal en Manzanares (Caldas). Con frecuencia debía viajar a la zona rural para adelantar las investigaciones propias de su cargo. Lo que más le molestaba era tener que soportar la música de carrillera que le ponían los choferes de los jeeps que contrataba para los viajes. Así que decidió emprender una labor didáctica y, cada que viajaba, llevaba en el bolsillo de la camisa un casete con música clásica. Apenas comenzaba el viaje y el chofer ponía alguna canción del Caballero Gaucho o cosa por el estilo, papá le pedía el favor de que quitara eso y pusiera su casete de música clásica. Para completar su labor, papá les echaba siempre el siguiente sermón: «Mire, señor. Esa música que le acabo de poner se llama música clásica. Para que usted me entienda, le voy a explicar la diferencia con una comparación. La música clásica es como la mamá de la demás músicas. El rock, la balada, el vallenato, son como las hijas buenas de la música clásica. Mientras que esa porquería que usted puso al comienzo, esa música de carrilera, es como las hijas putas de la música clásica». No sé qué tan efectiva fue la didáctica de papá en cuanto al cambio del gusto musical de los choferes, pero lo cierto es que siempre le funcionaba en los viajes, ya que se oía su casete a la ida y a la vuelta. Hasta que un día un chofer lo miró a la cara después de terminado el sermón y le hizo la siguiente pregunta, como un alumno obediente: «Oiga dotor: ¿y usté dónde pasa más bueno: donde su mamá o donde las putas?».


ilusos

Leo en la prensa que el premio Planeta tiene casi 700 novelas –setenta y pico enviadas desde Colombia–, concursando por llevarse el jugoso galardón que este año premiará un jurado “de lujo” encabezado por Ángela Becerra. Leo en la prensa los nombres de los “finalistas” –seudónimos, casi todos–, y no puedo evitar sentir lástima por aquellos que de verdad han enviado su novela después de años de trabajar a tientas, con la esperanza de que un reconocimiento de este tipo los saque del anonimato. Lástima, digo, porque lo más seguro es que en algunos días, cuando conozcamos el nombre del ganador, nos demos cuenta de que es un escritor desconocidísimo como Jorge Edwards o Juan Marsé.

Jodidos premios literarios, jodida industria.

Leo en Internet una columna de Hernán Casciari, en Orsai, donde dice que renuncia a publicar sus libros con una editorial que se tomó la molestia de cambiar descaradamente los gustos de sus personajes y frases enteras de sus novelas sin consultarle. Así, de la nada, un protagonista que era hincha de Independiente en Argentina, pasó a ser hincha del América de México cuando la obra se publicó en el país Azteca. Y recuerdo, de paso, una columna de Héctor Abad en la que se quejaba de que en una editorial le habían cambiado decenas de palabras (como carro por coche) cuando iban a publicarlo en España.

Me pregunto cuántos manuscritos llegan cada día a las editoriales y cuántas historias ni siquiera se miran. Y, mientras tanto, los que escribimos conservamos la ilusión estúpida de que algún día nos llamen y digan “ya está, te publicamos”, y entonces creeremos que todo está solucionado, que es increíble, cuando en realidad es que apenas estamos abriendo la puerta de un mundillo de mierda.

Hace nueve meses pasé el primer manuscrito de lo que, creo, es una pequeña novela. La imprimí, la encuaderné y la llevé a Planeta, porque queda a la vuelta de mi casa. Nueve o diez meses, no sé, pero hasta ahora no he tenido respuesta. No importa mucho, la verdad, que tampoco me hayan respondido a un par de mails que mandé. Ya está, pasó, habrá que seguir insistiendo. Es bueno darse consuelo con esas historias que uno lee de los escritores que tocaron decenas de puertas antes de que alguna se le abriera. No quiero generar lástima; tampoco escribo esto por eso. La verdad es que ni siquiera sé por qué lo escribo, pues hay decenas de razones para desilusionarse del mundo editorial.

Tengo que escribir más sobre el tema, pero ahora solo me sale esto.

Mala cosa.

Hogar

He empezado a despedirme, poco a poco, del lugar donde vivo. No sé exactamente cuánto tiempo he pasado allí, pero sí que nunca me he sentido tan cómodo en ningún otro sitio. Es curioso cómo las casas, los lugares, se quedan con pedazos de la gente; los recuerdos son a veces como piedras que pesan, y por eso muchos deben mudarse cuando no pueden soportar más eso que les trae a la mente una sala, un cuarto, una cama. No es mi caso, por fortuna, pues me mudo a comenzar una historia diferente; una que sin lugar a dudas cambiará muchos de los aspectos de la que, para bien o para mal, ha sido mi vida hasta ahora.
Recuerdo cuando llegué a vivir a Bogotá, once años atrás. Por entonces no era más que un joven confundido (aunque quizás no he dejado de serlo del todo en varios aspectos), que se debatía entre el ánimo que le producía llegar a la gran ciudad y la tristeza que le daba dejar Manizales. Llegué a vivir a unas cuadras de la universidad, en la 38 con 8, justo al frente de la que fue durante muchos años la embajada americana. No es que guarde un recuerdo especial de ese apartamento; por el contrario, no veía la hora de salir de aquellas cuatro paredes en las que me sentía encerrado y solo. Muy solo.

Meses después me mudé a otro cerca al parque de la 93. Nunca me gustó el sitio, como tampoco me gustaba decir que vivía por esos lados. El ruido, la gente, los buses de la once, la congestión y, sobre todo, la sensación de estar viviendo lejos de lo que era en realidad Bogotá, me hicieron ir de ahí más pronto que tarde. Ah, claro: y los precios absurdos del estrato seis que ni un estudiante o un periodista podrían sostener durante mucho tiempo.

Al final vino el apartamento donde estoy ahora y que abandonaré en unos meses. No siento que será difícil dejarlo, pero seguro recordaré varios de los momentos allí vividos. Quizás en algunos años no será más que un lugar frío e impersonal que me hará recordar con nostalgia una época de mi vida. Un lugar que ya no tendrá demasiada importancia porque después de todo nos pasamos la vida llegando y yéndonos, aquí y allá.