máscaras

El viernes pasado entrevisté al nuevo embajador de Ecuador en Colombia, Raúl Vallejo, un escritor poco conocido en el país a pesar de su extensa obra. Supongo que entre los muchos motivos por los que se desconocen sus escritos entra esa desidia con que aún varios colombianos miramos a nuestros vecinos: si nos dicen Perú, Ecuador o Bolivia arqueamos las cejas, fruncimos el rostro y dejamos escapar un comentario despectivo. No pretendo generalizar, pero tampoco se puede negar que sin saber muy bien por qué seguimos sintiéndonos por encima –y no solo geográficamente– de muchas naciones vecinas. Un error estúpido, infantil y, sobre todo, ingenuo.

El caso es que Vallejo –hombre culto, de hablar pausado– decía en una parte de la conversación algo que no es nuevo pero que a mí me llama mucho la atención: que todos tenemos máscaras, no una sino muchas, y que solemos cambiarlas para afrontar los distintos escenarios de nuestra vida. No somos los mismos cuando estamos con la familia que cuando pasamos tiempo con nuestra pareja, ni actuamos igual cuando estamos en público o nos sentamos frente a la pantalla del computador. En este último escenario, sobre todo, sí que actuamos diferente: la seguridad que nos brinda evitar el cara a cara, el desparpajo con que hablamos al no tener que mirar a los ojos, nos hace asumir una posición de lo que quisiéramos ser pero no somos.

Pero, ¿qué somos, en realidad? ¿Quién en sus cinco sentidos va a andar desnudando por ahí sus defectos, la parte de sí mismo que no le gusta pero que no puede evitar? Pocos. Es muy difícil mirar hacia adentro y aceptar que hay cosas de nosotros mismos –muchísimas, supongo– que nos gustaría cambiar pero no podemos. Yo mismo, por ejemplo, me descubro muchas veces intolerante, irritable y detesto sentir que me tomo las cosas muy en serio. Yo mismo me sorprendo con la máscara de tipo interesante en el Facebook, tratando de poner siempre el comentario inteligente, la cita precisa recogida en algún libro, la frase ingeniosa que me haga ver como alguien astuto. Yo mismo me censuro a veces porque siento que algo pueda sonar estúpido y yo mismo, cientos de veces, cierro la boca cuando no estoy en confianza para no parecer un pendejo.

Supongo que esa es una de las muchas máscaras que me conforman y que, como a todos, me hacen un simple mortal, lleno de miedos y defectos. La suma de todas esas cosas da algo indescifrable; algo que muchos conocen por un simple nombre.

No hay comentarios: