el cazador, cazado

Por aquellos días, en Málaga, el dinero me alcanzaba apenas para lo necesario: hacer un mercado básico, pagar el arriendo del apartamento y comer. El único lujo que podía darme eran las cervezas Cruzcampo y a veces, sólo a veces, una botella de aguardiente antioqueño que compraba en El Corte Inglés. Los pocos libros que llevaba de Madrid los había leído hacía tiempo pues me había hecho a la idea de no comprar y, en cambio, aprovechar el servicio de bibliotecas públicas: durante los primeros seis meses, en el barrio donde vivimos en la capital, visitaba con cierta frecuencia la que quedaba a unas cuadras de la casa y en la que encontraba de todo. Así que pensé que en Málaga podría hacer lo mismo, pero unos días después de estar allí me di cuenta de que no iba a ser tan fácil.

Para empezar, la biblioteca más cercana a mi casa quedaba casi a treinta minutos en bus; como trabajaba todo el día redactando comunicados y asistiendo a ruedas de prensa, me quedaba muy poco tiempo. El día que finalmente pude ir me topé con que sacar el carnet no iba a ser tan sencillo: necesitaba copia del documento y varios papeles; para rematar, me dijeron que se demorarían un par de semanas en activármelo. No deseché la idea de la biblioteca, pero preferí hurgar en las librerías del centro para buscar libros baratos. Un día, en una de ellas, encontré uno que por muchas razones terminaría marcándome: El corazón es un cazador solitario. Era una bonita edición de Seix Barral, con un dibujo de dos hombres en la portada, escrita por una autora que apenas si había escuchado nombrar de pasada: Carson McCullers. No lo compré, claro, porque no me alcanzaba el dinero.

Poco tiempo después regresé a Madrid y me fui a vivir en un barrio de latinos, un poco más allá de la plaza de toros. Ubiqué la librería más cercana y regresé a mi vieja práctica. Fue allí, mientras miraba qué sacar para leer, cuando encontré la misma edición del libro que había visto en Málaga. No lo pensé dos veces: lo leí ávido, voraz, sentado en la silla de ese apartamento que daba contra la cancha de fútbol de un colegio. No sé por qué, ahora que lo pienso, guardo tan gratos recuerdos de esa última etapa en Madrid, en ese barrio, cuando ya casi todos los amigos que conocía se habían ido. Pero ésa es otra historia.

Luego regresé a Colombia y estuve más de un año buscando el libro en todas las librerías que encontraba. Ninguna lo tenía. Sólo en una me dijeron que podían conseguirlo de segunda mano y tiempo después me llamaron para entregarme una edición pequeña, de pasta dura, con hojas amarillas y subrayadas. Me quedé con esa y la roté entre unos buenos amigos hasta que hoy, por pura casualidad, me dio por decirle a mi novia que nos fuéramos caminando hasta el centro. Allá llegamos y, antes de regresar, dimos una vuelta por la librería del Centro García Márquez. Ya nos íbamos, después de darle la vuelta, cuando en un estante diagonal a la entrada la vi: la misma edición de Málaga, de Madrid, de Seix Barral. La que llevaba tanto tiempo buscando. La que quería.

Creo que sobra si digo que hoy fue un buen día.

2 comentarios:

Lalu dijo...

A veces, encontrar un libro que uno ha querido durante mucho tiempo se siente parecido a conocer el amor de la vida en una buseta. A mí, por lo menos, me pone en ánimo chick flick todo el día.

Martín Franco dijo...

Tienes razón, Lalu: a uno se le iluminan los ojos, le da una alegría tremenda. Eso me pasó ayer. Después de eso lo he mirado un montón de veces, abriéndolo al azar. Voy a leerlo otra vez.