el intermediario

Maldito Hernán Casciari. Maldito. No sólo se da el lujo de sacar una revista preciosa —en presentación y contenido—, sino que, además, escribe con inteligencia y gracia. Una belleza ese primer número de Orsai, con sus hojas de papel grueso, su diagramación minimalista, sus ilustraciones cuidadosas, su falta de publicidad y sus textos, sus textos. Textos tan buenos como este, en la introducción al cómic El Intermediario:

"La figura del intermediario existe en el mundo desde que se acabó la inocencia. Desde que perdimos la fe en los demás. Primer intermediario: el banco. En los tiempos del Renacimiento la gente pudiente ya no podía transportar dinero porque había ladrones hambrientos en los caminos, entonces los ricos que debían viajar se contactaban con un integrante de la familia Medici, que recibía el dinero en Ginebra, por ejemplo, y otro integrante de la misma familia que se lo devolvía en Florencia, quedándose con un poquito. El intermediario nace y florece cuando nace y florece el ladrón. Y el intermediario sospecha, muy pronto, que necesita al ladrón para que su negocio prospere. Y más pronto todavía saca cuentas y descubre, el intermediario, que lo más conveniente es ser el ladrón. Bancos, agencias de viajes, notarios, abogados, compañías telefónicas, gestores, editores, vendedores de alarmas contra robo, guardias de migraciones. Están porque el mundo es feo. Están porque te convencen de que nadie más que ellos te pueden salvar de la maldad del resto".

Gracias, Hernán.

máscaras

El viernes pasado entrevisté al nuevo embajador de Ecuador en Colombia, Raúl Vallejo, un escritor poco conocido en el país a pesar de su extensa obra. Supongo que entre los muchos motivos por los que se desconocen sus escritos entra esa desidia con que aún varios colombianos miramos a nuestros vecinos: si nos dicen Perú, Ecuador o Bolivia arqueamos las cejas, fruncimos el rostro y dejamos escapar un comentario despectivo. No pretendo generalizar, pero tampoco se puede negar que sin saber muy bien por qué seguimos sintiéndonos por encima –y no solo geográficamente– de muchas naciones vecinas. Un error estúpido, infantil y, sobre todo, ingenuo.

El caso es que Vallejo –hombre culto, de hablar pausado– decía en una parte de la conversación algo que no es nuevo pero que a mí me llama mucho la atención: que todos tenemos máscaras, no una sino muchas, y que solemos cambiarlas para afrontar los distintos escenarios de nuestra vida. No somos los mismos cuando estamos con la familia que cuando pasamos tiempo con nuestra pareja, ni actuamos igual cuando estamos en público o nos sentamos frente a la pantalla del computador. En este último escenario, sobre todo, sí que actuamos diferente: la seguridad que nos brinda evitar el cara a cara, el desparpajo con que hablamos al no tener que mirar a los ojos, nos hace asumir una posición de lo que quisiéramos ser pero no somos.

Pero, ¿qué somos, en realidad? ¿Quién en sus cinco sentidos va a andar desnudando por ahí sus defectos, la parte de sí mismo que no le gusta pero que no puede evitar? Pocos. Es muy difícil mirar hacia adentro y aceptar que hay cosas de nosotros mismos –muchísimas, supongo– que nos gustaría cambiar pero no podemos. Yo mismo, por ejemplo, me descubro muchas veces intolerante, irritable y detesto sentir que me tomo las cosas muy en serio. Yo mismo me sorprendo con la máscara de tipo interesante en el Facebook, tratando de poner siempre el comentario inteligente, la cita precisa recogida en algún libro, la frase ingeniosa que me haga ver como alguien astuto. Yo mismo me censuro a veces porque siento que algo pueda sonar estúpido y yo mismo, cientos de veces, cierro la boca cuando no estoy en confianza para no parecer un pendejo.

Supongo que esa es una de las muchas máscaras que me conforman y que, como a todos, me hacen un simple mortal, lleno de miedos y defectos. La suma de todas esas cosas da algo indescifrable; algo que muchos conocen por un simple nombre.

el cazador, cazado

Por aquellos días, en Málaga, el dinero me alcanzaba apenas para lo necesario: hacer un mercado básico, pagar el arriendo del apartamento y comer. El único lujo que podía darme eran las cervezas Cruzcampo y a veces, sólo a veces, una botella de aguardiente antioqueño que compraba en El Corte Inglés. Los pocos libros que llevaba de Madrid los había leído hacía tiempo pues me había hecho a la idea de no comprar y, en cambio, aprovechar el servicio de bibliotecas públicas: durante los primeros seis meses, en el barrio donde vivimos en la capital, visitaba con cierta frecuencia la que quedaba a unas cuadras de la casa y en la que encontraba de todo. Así que pensé que en Málaga podría hacer lo mismo, pero unos días después de estar allí me di cuenta de que no iba a ser tan fácil.

Para empezar, la biblioteca más cercana a mi casa quedaba casi a treinta minutos en bus; como trabajaba todo el día redactando comunicados y asistiendo a ruedas de prensa, me quedaba muy poco tiempo. El día que finalmente pude ir me topé con que sacar el carnet no iba a ser tan sencillo: necesitaba copia del documento y varios papeles; para rematar, me dijeron que se demorarían un par de semanas en activármelo. No deseché la idea de la biblioteca, pero preferí hurgar en las librerías del centro para buscar libros baratos. Un día, en una de ellas, encontré uno que por muchas razones terminaría marcándome: El corazón es un cazador solitario. Era una bonita edición de Seix Barral, con un dibujo de dos hombres en la portada, escrita por una autora que apenas si había escuchado nombrar de pasada: Carson McCullers. No lo compré, claro, porque no me alcanzaba el dinero.

Poco tiempo después regresé a Madrid y me fui a vivir en un barrio de latinos, un poco más allá de la plaza de toros. Ubiqué la librería más cercana y regresé a mi vieja práctica. Fue allí, mientras miraba qué sacar para leer, cuando encontré la misma edición del libro que había visto en Málaga. No lo pensé dos veces: lo leí ávido, voraz, sentado en la silla de ese apartamento que daba contra la cancha de fútbol de un colegio. No sé por qué, ahora que lo pienso, guardo tan gratos recuerdos de esa última etapa en Madrid, en ese barrio, cuando ya casi todos los amigos que conocía se habían ido. Pero ésa es otra historia.

Luego regresé a Colombia y estuve más de un año buscando el libro en todas las librerías que encontraba. Ninguna lo tenía. Sólo en una me dijeron que podían conseguirlo de segunda mano y tiempo después me llamaron para entregarme una edición pequeña, de pasta dura, con hojas amarillas y subrayadas. Me quedé con esa y la roté entre unos buenos amigos hasta que hoy, por pura casualidad, me dio por decirle a mi novia que nos fuéramos caminando hasta el centro. Allá llegamos y, antes de regresar, dimos una vuelta por la librería del Centro García Márquez. Ya nos íbamos, después de darle la vuelta, cuando en un estante diagonal a la entrada la vi: la misma edición de Málaga, de Madrid, de Seix Barral. La que llevaba tanto tiempo buscando. La que quería.

Creo que sobra si digo que hoy fue un buen día.

un día más, periodistas

Hoy llegaron a mi bandeja de entrada más de veinte correos felicitándome por el día del periodista. No es que sea muy popular, por supuesto, pues me sobran los dedos de la mano para contar los amigos que tengo; lo que sucede es que las empresas que de alguna forma nos necesitan se toman el trabajo de hacer sus propias tarjetas y enviarlas a sus bases de datos llenas de colegas. Es su trabajo, claro, y se les abona la intención. Lo que no estoy seguro es hasta qué punto uno deba celebrar un día como hoy, cuando la situación de los periodistas en todo el mundo es precaria y los medios se convierten cada vez más en un negocio que sólo busca el lucro.

Decía Germán Castro Caycedo en una entrevista con El Espectador que "la chiva es la prostitución del periodismo colombiano". Estoy de acuerdo. Y además, ¿quién con más autoridad para pronunciar esa frase? De esos periodistas, por desgracia, quedan pocos; el reportero de ahora es un tipo con micrófono y grabadora que vive pendiente de lo que dice y hace una sola fuente a ver si puede obtener la noticia. Lo que vende es lo que perturba, lo que nos crea repulsión, las cifras de muertos y heridos. Ejemplos sobran: hoy, en el noticiero, decían que el concejal Marcos Baquero llevaba quinientos-no-sé-cuántos días secuestrado. ¿No era más fácil decir un año y siete meses? No, hay que hacer ver un número grande, que se sienta la desgracia enorme, el dolor de la familia. Las cámaras y el directo, las declaraciones apresuradas: el dolor ajeno convertido en un burdo espectáculo.

Soy un romántico del viejo periodismo, aquel que contaba las historias de manera diferente, ese en el que los protagonistas tenían un rostro. Soy un estúpido. Ahora, gracias a la entrada de las nuevas tecnologías, nos hemos comido el cuento de que el público es imbécil y no lee más de dos líneas; por eso hay que hacer los artículos cada vez más cortos, bombardear con fotos gigantes y videos, y dejar al lector como al principio: sin saber nada. O díganme, pues, ¿de verdad alguien sabe con pelos y señales lo que sucede en Egipto, a pesar de que sale todos los días y a toda hora en radio, prensa y televisión? Así es la cosa: ver un noticiero es desinformarse.

Yo agradezco, pues, a los que me felicitaron en el Facebook y hasta los que me llamaron. No dudo de sus buenas intenciones, pero para mí es sólo un día más.

aire

Hoy es uno de esos días en que todo me sabe a mierda. Me sabe a mierda el periodismo, y me sabe a mierda pensar que tengo muchísimos años por delante en un oficio que a veces no me llena. No quisiera algún día tener que correr tras la famosa ‘chiva’, esa noticia de último minuto que se da sin anestesia así el periodista deba pasar por encima de quien sea. Es curioso ver un noticiero de televisión o a veces, incluso, escuchar radio: uno sabe que suceden cosas, que en Egipto la gente lleva una semana protestando, que han matado decenas de personas aquí y allá, pero al final no conoce los motivos. La televisión, la radio y muchas veces los periódicos, son los paraísos de las cifras: números de muertos, de desempleados, de desgracias. Entre más grandes, mejor. Pero hay pocos rostros, pocos nombres, pocas historias que lleguen.

Si uno se pregunta para qué escribe lo más probable es que no se termine contestando nada. O sí, mentiras: escribir sirve mucho, muchísimo, pero para cosas banales que no valen la pena. Escribir sirve para entender el comportamiento humano y de paso darse cuenta de que no se entiende nada: que decimos una cosa y hacemos otra, que sabemos lo que nos conviene pero realizamos lo contrario, y que estamos hechos de una gran dosis de hipocresía y mentiras.

Me gustaría tener más razones para creer en el optimismo, pero no puedo dejar de pensar que eso es apenas un distractor. Supongo que el mundo no va a cambiar porque alguien se llene la cabeza de ideas bonitas, o porque la gente suspire viendo el comercial de Coca Cola donde dicen que por cada no sé cuántas armas que se venden, tantas parejas buscan un hijo. A mí me da miedo pensar en las próximas generaciones porque, en verdad, lo único que les estamos dejando es un muladar cada vez más grande. Pero cada quien puede ser optimista y creer que en verdad algún día las cosas serán diferentes.

En realidad, creo que la tendencia general del ser humano es al optimismo. Es como cuando alguien se está ahogando y lo primero que busca es la manera de salir a la superficie a buscar un poco de aire. Eso es, supongo: todos, a nuestra manera, buscamos el aire.