Tan natural como matar

Es muy difícil aceptar que un día estés con alguien y al otro esa misma persona resulte metida en un cajón y sepultada varios metros bajo tierra. Es muy jodido entender que no vas a volver a verla nunca a pesar de que ayer, o hace una semana, o hace un mes, le hayas contado secretos, hayan tomado trago o reído juntos. Y es más difícil hacerlo si a alguien se le ocurrió romper el orden natural de las cosas y quitarle la vida con sevicia.

Un padre no debería enterrar a un hijo, por dura que sea la muerte. La vida debería tener un orden lógico que, aunque nos duela, resulte mucho menos difícil de aceptar. Pero ya sabemos que el destino no obedece reglas y mucho menos los hombres.

Resulta terrible ver cómo hemos terminado acostumbrándonos a las muertes violentas en este país. En la oficina solemos almorzar viendo el noticiero y es aterrador constatar que todos comemos sin inmutarnos a pesar de que las noticias, una tras otra, son casi siempre las mismas: asesinatos aquí y muertes violentas allá por cualquier motivo. Matan a unos jóvenes universitarios en la costa sin mediar palabra y a otro en Santander porque estaba orinando en la pared de una casa y al dueño no le gustó. Esa es un nuestra forma de mostrar el desacuerdo: con plomo y cuchillo. Pero entiendo que hayamos dejado de conmovernos; al final hemos construido una barrera, una capa de insensibilidad que nos permite seguir viviendo el día a día.

Pensaba hace unos días que no existe casi ningún colombiano que no haya sido afectado por la violencia. Todos conocemos a alguien –un familiar, un amigo– que ha muerto por la mano de otro o sufrido alguna de las formas de violencia que nos azotan a diario. Aquí la muerte es una constante; el miedo, una cosa de todos los días.

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