Nadie debería volver

Confieso que no soporto la literatura de Juan Gossaín por una razón muy sencilla: el tipo nunca se pudo quitar de encima la cobija del realismo mágico que inventó y volvió popular su admirado García Márquez, y aún hoy escribe libros llenos de metáforas baratas y personajes que intentan emular los creados por el maestro de Aracataca. Y no lo soporto, tampoco, porque hasta en las entrevistas que da se le siente esa pose forzada, ese intento vano por parecerse al Nobel que resulta poco menos que patético.

Pero, en todo caso, el experimentado periodista sí tiene razón en una cosa: el hecho de no haber querido volver en tantos años a San Bernardo del Viento, el lugar donde nació, convencido de que regresar implica encontrarse con otra cosa, un lugar diferente al que alguna vez dejó y que ya nunca es ni será lo que fue. Una dolorosa realidad que se ve en las páginas de muchos, muchísimos escritores, quienes evocan la nostalgia de un pasado que consideran mejor a este sucio presente.

Tal vez por eso siempre que vuelvo a Manizales la siento como una ciudad cada vez más ajena; ya no me dice mucho recorrer su calles nuevas, ni las caras de la gente que nunca antes había visto. Ni siquiera las carreteras son las mismas, porque tanto la avenida Santander como la Paralela tienen nuevos puentes, nuevas vías, nuevos recovecos. Muchos de los lugares a los que solíamos ir han desaparecido, y la gente con que solía pasármela –con contadas excepciones–, se han ido o han cambiado tanto que ya no podríamos estar juntos de nuevo por más que lo intentáramos.

Hace dos semanas mataron a Julián y ahora que las cosas empiezan a normalizarse otra vez (y yo a hacerme a la dolorosa idea de que su crimen va a quedar en la más completa impunidad), comprendo que Manizales me da una razón más para seguirme apartando, para irme cada vez más lejos de sus montañas y su gente anodina. Uno no sabe lo que le depara el destino, pero la verdad es que no quisiera tener que regresar. No me gusta sentir ese vacío de soledad, esa ansiedad dolorosa que no tiene explicación, cuando un domingo por la tarde regresamos en carro de la finca a la casa. Yo prefiero quedarme con los recuerdos, bonitos y dolorosos, como esos que pinta Vallejo en sus libros. Como este de Los días azules:

“En la tarde elevamos el globo: con la ayuda de todos frente al corredor delantero lo elevé. De las ocho puntas sostenían ellos: papi, Lía, Elenita, el abuelo, la abuela, mis hermanos. Yo, de rodillas en el piso, encendí la candileja: el humo negro lo fue inflando, dilatando, y cuando empezó a tirar, ávido de inmensidades, soltaron todos de las puntas y entonces me levanté, y solo lo fui guiando, lo fui llevando hasta un espacio despejado donde no fuera a enredarse en los penachos de las palmas ni en los ramajes de los árboles, y despidiéndolo con un impulso de adiós lo dejé partir. Se fue yendo hacia lo alto, rumbo a la vastedad azul sin límites, rojo él y palpitando, encendido su rojo corazón”.

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