Morir

No sé por qué la vida, a veces, tiene unas coincidencias extrañas. Uno de los últimos viernes de diciembre saqué de mi biblioteca El enterrador, un libro de Thomas Lynch que había leído hace ya algunos años. Era de noche y estaba con la mona. Habíamos comprado una botella de whisky y, luego de servirnos hielos y dar el primer trago, nos pusimos a leer un capítulo. ¿Por qué justamente ese libro? No lo sé. Pero esa noche nos metimos en uno de los relatos de Lynch sobre la muerte, un tema que el escritor domina a la perfección gracias a su experiencia como dueño de una funeraria en Michigan. No sé por qué esa noche, precisamente esa noche, el mismo relato que había leído tantos años antes me conmovió de manera tan fuerte; no sé por qué en algún momento de la lectura tuve que detenerme y pedirle a la mona que continuara, pues, cuando menos me di cuenta, tenía un nudo en la garganta.

Habíamos comenzado a leer A la derecha del padre, un relato sobre lo inexplicable, absurda y repentina que a veces es la muerte. Lo habíamos hecho, sin saber por qué, conscientes de que en vez de ese libro hubiéramos podido escoger cualquier otro; de que en lugar de ese relato hubiera podido salir un cuento de otro escritor, o una crónica, o lo que fuera. Pero fue Lynch.

En ese mismo instante, mientras nosotros leíamos el relato, a pocas cuadras de mi casa, una tía, su ex marido y sus dos hijos comían juntos después de mucho tiempo. Había pasado más de un año, quizás dos, desde la última vez que se habían reunido ellos cuatro, sin las novias de mis primos o algún otro miembro de la familia. Desde que decidieron separarse dejaron de hacerlo, pero esa noche, a pesar de la enfermedad de Juan Mario –su ex marido–, quien desde un principio alegó no sentirse bien, estuvieron comiendo en la casa de mi primo.

Mientras nosotros leíamos a Lynch, ellos estaban juntos después de mucho tiempo.

Horas después me emborraché y olvidé el relato, pero volví a acordarme de él en la mañana, a eso de las diez, cuando mi papá me llamó a decirme que habían encontrado muerto a Juan Mario en su apartamento. Por la noche, después de la comida, se fue a su casa, se puso la piyama y se acostó a dormir. En la madrugada se levantó de la cama y en ese mismo instante cayó fulminado. Eso fue todo: así de inexplicable y sencillo.

Tal vez no sea una casualidad; quizás solamente la vida está llena de momentos así que nosotros hilamos cuando sucede algo. Pero durante algunos días me quedé pensando en ello. Es como si la muerte hubiera avisado, de alguna manera, justo antes de entrar en nuestras vidas. Lo único que agradezco es que les haya permitido esa última noche juntos.

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