Una novela enorme

Tengo que empezar por hacer una confesión.

Esta: hace mucho tiempo un libro no me impactaba tanto. No he logrado dejar de hablar de él (mi esposa está mamada) con dos amigos que ya lo devoraron. Cada que nos reunimos es lo mismo: cualquier tema, cualquiera, tiene una referencia a Libertad. Que tal o cual cosa se ve en lo que le pasa a Richard y a Patty; que cómo es posible que Walter no sé qué; que Joey y Connie son la viva prueba de que… en fin: no les voy a contar la historia.

Creo que el gran mérito de este libro, más allá de lo que cuenta, es la forma cómo están construidos los personajes. Desde el primer capítulo, cuando Franzen nos muestra la vida de Walter y Patty Berglund, una pareja de clase media-alta estadounidense, uno, de lector, comienza a amarlos u odiarlos. De inmediato. Y se da cuenta de que este escritor logra, de manera tremenda, retratar la esencia humana: cómo podemos querer tanto a una persona pero, al mismo tiempo, ser con ella unos verdaderos cabrones; cómo llegamos a sentirnos frustrados de manera tan repetida; cómo el amor y la vida están tan íntimamente ligados al dolor y la alegría.

Un libro impresionante, enorme (667 páginas que ni se sienten), deslumbrante, envidiable (sí, ya sé, pero la verdad es que creo que los adjetivos se quedan cortos). ¿Qué más puedo decir? Que lo lean, y ya.

Y, ah: esta no es una reseña. Ya me aburren las reseñas (más escribirlas que leerlas, aunque también), sino, más bien, una invitación a descubrir este libro magnífico. Me había prometido no escribir más sobre libros pero, ¿qué puedo hacer? A veces hay que romper nuestras propias promesas. Como le pasa a Walter en Libertad…

Propósitos (algunos ingenuos) para 2012


Tomarme menos en serio. Reírme más de este oficio.

Escribir, pero borrar con mucho más ahínco.

Leer poesía.

Hacer deporte. No dejar la elíptica del estudio como un adorno excéntrico del apartamento.

Seguir pasando el tiempo con los buenos (y pocos) amigos; conversar con ellos alrededor de un trago.

Querer a mi esposa cada día un poco más.

Ser más indulgente; volver el estómago más duro y resistente a los golpes.

Contar chistes malos. Y disfrutarlos.

Avivar la curiosidad, estar atento a las cosas que no parecen tener mucha importancia.

Seguir perdiendo la fe en el mundo editorial y, sobre todo y de ser posible, no conocer a los escritores de los libros que me han gustado.

No conocer a los escritores.

Seguir escribiendo tercamente (también en este blog) a pesar de que a veces prevalezca la sensación de que no hay mucho qué decir.

Dudar más.

Ver menos noticieros de televisión y más programas basura.

Continuar con la firme intención de no ir a conciertos, a menos que vengan los Rolling Stones o que vuelvan Sabina y Miguel Bosé.

Viajar más dentro de Colombia.

No comprar ni Blackberry, ni Iphone, ni menos, mucho menos, caer en la tentación de abrir Twitter. Ya el Facebook es suficiente adicción y, para ser sincero, prefiero seguir disfrutando de la vida real.

(A propósito del Facebook): dejar de estar pendiente de la tiranía del "me gusta".

No entrar en debates inútiles.

Entrar en debates inútiles.

Equivocarme, pero en lo posible no cagarla hondo.

Vivir.

Mi oído en su corazón



Nada más difícil que escribir una historia para tratar de descifrar los misterios que se esconden tras la relación de un padre y un hijo. Hay unas, como El olvido que seremos, de Abad, en las que prima un sentimiento de admiración profundo y un terrible dolor por la pérdida, injusta, del ser más amado; pero hay otras, como Mi oído en su corazón, de Hanif Kureishi, en las que existe una relación un poco más traumática, dolorosa y compleja que resulta mucho más difícil de desentrañar.

Las relaciones entre padres e hijos siempre serán un misterio, pero es inevitable que con el tiempo terminemos replicando aquellos aspectos del viejo que alguna vez dijimos que no haríamos. Hay ciertas cosas que parecen estar destinadas a hacerse de nuevo, así en el fondo nosotros mismos las detestemos: la manera de reaccionar ante las circunstancias, el carácter irascible, ciertos gestos y formas de comportarse. Uno es su padre, sí, y en ocasiones eso no es fácil porque no todos los viejos son como el buen señor Abad, asesinado por los paramilitares hace ya un par de décadas. Ahí está, por ejemplo, el caso de Kureishi: presionado por su papá, un pakistaní que emigró a Inglaterra soñando con convertirse en un escritor de éxito, crece mortificado porque él sí logra lo que el señor Kureishi no pudo: vivir de las letras. Una relación difícil (pero no por eso menos entrañable) que intenta explicar, varios años después de su muerte, sumergiéndose en las novelas sin publicar que su padre dejó escritas.

No hay que ser muy listo para descubrir que en la escritura se encuentran muchas pistas sobre un personaje. Los últimos días me los he pasado leyendo una serie de novelas inéditas de alguien que, hasta ahora, había sido desconocido para mí, y he logrado descubrir varios rasgos que de alguna manera explican por qué era como era. O eso creo. Entrar en unos escritos que, bajo el rótulo de ficción, esconden una realidad soterrada, puede llegar a ser muy útil para averiguar quién era la persona que se sentaba frente a la máquina. O al menos una parte suya. Y ahí, en esas novelas, hay también una relación tortuosa con padre y madre. ¿Tiene eso algo que ver? Supongo que sí, pero hay que seguir leyendo para averiguarlo.

Miami

Una de las consecuencias directas de la crisis económica es que prácticas como la mendicidad se están expandiendo, cada vez con mayor rapidez, por aquellos que solíamos llamar “países del primer mundo”. “Eso no lo veíamos antes”, nos dice Paola, la mujer que nos recibió en el aeropuerto, señalando con el dedo a un hombre de unos setenta años, blanco, calvo y sudoroso, que sostiene sobre sus manos, a la altura del pecho, un cartón en el que pide dinero para comer. Como tampoco se veía esa gente que ofrece botellas de agua y Coca-Cola en los semáforos, o a esos viejos de raza negra que se protegen del sol bajo los árboles en Miami Beach.

Eso es lo que nos ha traído el capitalismo desbocado: la eliminación de una clase media que solía vivir de manera decente y hasta lograba darse ciertos lujos de vez en cuando. Ahora los términos medios son cada vez menores: o tienes mucho o no tienes nada. Es así de simple.

Miami es una ciudad extraña. Por un lado están sus edificaciones estilo Art-decó que se extienden por casi todo Miami Beach y Coconut Grove, mientras que por otro está la enorme influencia latina que el turista puede ver en forma de barrios de inmigrantes (hay un parque entero en el que los jubilados cubanos se la pasan jugando dominó y hablando mal de Castro), y la gran cantidad de gente que te habla ese español mal hablado, salpicado de palabras en inglés y traducciones literales que resulta, a veces, difícil de entender.

Esta ciudad de la Florida representa eso que simboliza la cultura gringa: el consumismo desmedido traducido en enormes “malls” llenos de almacenes y rebajas. A eso van los colombianos a Miami: a comprar lo que acá cuesta el doble y a presumir de que les sale más barato pagar los tiquetes y regresar antes que adquirir esas cientos de cosas que no necesitan en Bogotá o Medellín. A eso, claro, o a buscar un mejor futuro en esos trabajos de segunda que, por cuenta de la crisis, ahora los propios gringos se ven en la obligación de realizar.

Perdonarán, pero yo no le encuentro la gracia.

Tomás, Tomás, Tomás...

Hagamos cuentas: portada de Arcadia; columnas de Carolina Sanín, Fernando Quiroz y William Ospina (seguro se me quedan varios en el tintero); una entrevista extensísima en El Malpensante; otra más en El Espectador con un adelanto de tres capítulos del libro, y un río de elogios que van desde el ya manido “secreto mejor guardado de la literatura”, al exagerado “clásico contemporáneo de la literatura latinoamericana”, son apenas algunas de las reacciones que ha generado la recién salida novela del escritor Tomás González, La luz difícil.

Por primera vez en mucho tiempo parece haber un consenso general: la novela, dicen críticos y periodistas, es fantástica. Conmovedora, bella, emocionante y una cantidad de adjetivos que, mal que bien, despiertan la curiosidad de lectores juiciosos y desprevenidos. Como me han gustado las novelas que he leído de Tomás (bueno, no todas), yo también sucumbí a la tentación y compré el libro. Lo hice el día del lanzamiento que se realizó en la biblioteca del Gimnasio Moderno, en Bogotá, donde se dio una charla a cargo del crítico Luis Fernando Afanador (quien quizás por causa de la emoción terminó hablando más de lo necesario) y la siempre afinada Marianne Ponsford, quien logró sacarle buenas respuestas a un entrevistado difícil.

Mi impresión, después de tanta alharaca, es que La luz difícil es una muy buena novela, un gran libro, pero tampoco para elevarlo hasta el nivel que ha llegado. La prosa de Tomás es poética y diáfana; la construcción de las frases es impecable (hay muchas bellísimas desperdigadas por todo el libro) y la historia, para resumir, es hermosa y dura, como la vida. Pero, al menos a mí, me han conmovido muchísimo más otras novelas.

Más allá del libro, los amigos de Libélula, tan escépticos con la prosa nacional, plantean un debate interesante luego de dejar claro que Tomás “es un escritor del montón”: la tremenda estrategia de marketing que, dicen ellos, ha orquestado Alfaguara para meternos a González hasta por los oídos. Mi opinión es que tienen razón en parte; y la tienen porque, sin duda, la gran maquinaria de Prisa mueve su engranaje para promocionar el producto (business are business), pero me parece que la emoción que ha generado la novela en periodistas, críticos y escritores es válida y genuina. Las páginas que le han dedicado con elogios (¿desbordados?) se han hecho, sencillamente, porque es un gran libro. Punto. Nadie es tan ciego como para no ver que hay estrategias de marketing (ahí están, ahora, “los secretos mejor guardados” de la FIL, hágame el favor), pero decir que todo es promoción sería quitarle a los buenos lectores el mérito de su criterio.

En fin, que a pesar de la estrategia, las charlas y los mares de tinta, la novela es bonita. Dura y bella, sí, pero quizás sea mejor bajarle. Ahora, que si Tomás es huraño o no y lo tiene sin cuidado el reconocimiento… bueno: ésa ya es otra historia.

Un doloroso olvido

Hace poco más de nueve meses mataron a Julián y hasta ahora no hay nada: una supuesta investigación estancada que no ha producido ningún resultado y la persona que apretó el gatillo, por supuesto, libre. Es todo. El hecho se ha reducido a unas cuantas especulaciones, a la tenebrosa ley del silencio que impera en este país (no averigüe porque encuentra y puede ser peor), y a un doloroso olvido. La vida ha seguido su curso, como es natural: su viuda y sus hijos abandonaron la zona, la gente habló durante un tiempo de lo ocurrido, llegaron unos nuevos mayordomos a la finca y, en cierta forma, se restableció el orden.

Pero yo todavía lo recuerdo. Aún tengo presente su hablar atropellado, esa alegría genuina que sentía cuando estaba entre el ganado, la forma desparpajada cómo bailaba y su risa, sí, desdentada. No era una persona perfecta, por supuesto, y con el paso del tiempo hemos podido tejer algunas hipótesis sobre los motivos que llevaron a que un tipo lo esperara esa tarde de enero en un potrero, cuando subía por el ganado, para vaciarle todos los tiros de un revólver en el pecho y dejarlo morir mientras bajaba por la montaña tratando de alcanzar la casa. Pero, digo, no son más que puras especulaciones: que se relacionó mal, que hizo esto o aquello. No sé si algún día lleguemos a saber la verdad (como no la saben cientos de personas en este país sin memoria), pero mientras su recuerdo viva en la gente que lo conoció y de alguna manera lo quiso, Julián, Julio, no estará muerto del todo.

Pocos días antes de que lo mataran yo fui a la finca. Justo antes de que lo asesinaran a sangre fría estuvimos tomando aguardiente, una tarde, mientras escuchábamos rancheras. Creo que esto ya lo he contado más de una vez, pero no importa: recuerdo que cuando puse una canción de Silvestre Dangond, Que no se enteren, Julio se emocionó, la cantó y luego pidió que la repitiera. Lo hice, claro, y volvió a cantarla con un sentimiento profundo, como si le trajera algún recuerdo muy grato. Desde entonces cada que escucho la canción me acuerdo de él; cada que me tomo unos aguardientes la pongo y lo veo ahí, sentado al frente mío, cantando, en la finca, disfrutando los últimos días que estuvo con vida.

Julio no era una persona con estudios ni mucho menos “culta”, pero, aun así, tenía decenas de cosas que todavía le envidio. Cosas que me gustaría poder tener yo mismo pero que ya es muy difícil porque, como escribe Thomas Bernhard, “El mayor error consiste en creer que las llamadas gentes sencillas lo salvarán a uno. Uno va a ellas, en la mayor necesidad, y les mendiga casi que lo salven, y ellas lo arrojan a uno todavía más profundamente a la desesperación”.

Quise poner la canción aquí, pero Youtube no lo permite. Lástima.

Constancia


Hace algunos años no podía dejar un libro sin terminar. Una vez empezaba tenía que llegar a la última página así tardara meses, las horas se me volvieran pesadas y acabara haciendo una mueca de disgusto cuando lo veía ahí, encima de la mesa de noche. Hace algunos años tenía más constancia. Pero algo pasó. Un día comencé a pensar que quizás no debía ser tan estricto. Que, al final, la lectura debe ser un gozo y una fuente de placer, además de muchas otras cosas, y que si un libro no puede darte eso, por reputado que sea, no importa mucho que se caiga de las manos.

Hay decenas de libros con los que no he podido. Tres veces he intentado leer Sobre héroes y tumbas y no he alcanzado a llegar al Informe sobre ciegos, que todo el mundo alaba con locura. Algo en la historia de Alejandra y Martín (quizás ese tono oscuro, deprimente, sombrío) me aburre y no me deja seguir adelante. Dos veces he tratado con Lolita y, a pesar de que me gusta la prosa y la obsesión de Humbert Humbert, lo acabo cerrando. ¿Por qué? Aún no lo sé. Y hay otros, también: Cormac McCarthy me pareció aburridísimo (no le encontré la gracia a La carretera, de la que tan bien se ha hablado), y abandoné una novela de Vargas Llosa, La historia de Mayta, porque se me hizo insoportable.

Puede que los libros que deseche (o que se queden esperándome unos años, pacientes), sean obras maestras; que choquen con el gusto de un lector no significa que sean malos, eso está claro. Y puede que algunos sabihondos de turno frunzan el ceño cuando uno confiese que John Fante no lo deslumbró, pero, al final, ¿qué más da? La lectura es una experiencia solitaria y lo que a mí me llena no es lo mismo que llena a otro. Pasa, eso sí, que a veces me siento culpable; me entra remordimiento por no haber podido deleitarme con esa obra que muchos consideran fantástica, por no haber logrado desentrañar los secretos de esas páginas y porque, en vez de disfrutar, el tiempo de lectura se me torna insufrible. Entonces agarro el libro otra vez, arranco con entusiasmo y varias páginas después, fracaso de nuevo. Lo dejo en la biblioteca, esperando, hasta que algún día la experiencia cambie. O quizás no. A lo mejor después suceda lo mismo.

Si ahora un libro se me cae de las manos (o una crónica, o una columna, o un cuento), lo dejo que se caiga. En útlimas nada compensa la sensación de que llegue uno que me lleve de la mano hasta el final, sin soltarme, y me entre esa tristeza honda cuando veo que las páginas se van acabando.

A fuego lento

No sabía que me gustaba la cocina hasta que empecé a descubrirla. Antes de llegar a Bogotá, hace más de diez años, conocía lo básico o incluso poco menos; después de todo (para qué mentir), apenas necesité cocinarme lo justo mientras viví con mis padres. Pero recién llegado no me quedaba otra opción: cocinaba lo que tuviera a mano o comía por fuera. Durante mucho tiempo sobreviví a punta de arepa con queso (aún lo hago) y comida chatarra, hasta que pensé que quizás no perdía nada intentándolo. Así, pues, empecé por lo sencillo (que aunque parezca tonto, muchos hombres todavía ignoran): preparar un arroz, unas papas, una buena ensalada.

Hace dos años, cuando me fui a Madrid, entendí que muchas cosas giran en torno a la comida; que sentarse a la mesa es un ritual importante porque, más que un simple lugar, el comedor es un espacio para conversar, escuchar, departir. Los españoles comen sin afán amenizando su charla con una botella de vino. Disfrutan, comparten, se conocen.

Como por entonces nuestro horario era bastante relajado, no tardamos en adquirir esa costumbre: todos los días alguno de nosotros cocinaba el almuerzo, y luego nos sentábamos a conversar acompañando los platos con un vino. Ninguno de los tres (vivíamos un mexicano, una brasileña y yo) sabía mucho del tema, así que hacer el almuerzo se fue convirtiendo en un reto: Guillermo recordó cómo se preparaba el arroz rojo que hacía su mamá en Monterrey (y que siempre le quedaba delicioso); Bia intentó un día una lasaña de berenjenas, que resultó un éxito, y yo aprendí a preparar la masa de las arepas y a hacerlas delgaditas acompañadas de pollo, maíz o queso. Nunca hicimos nada muy profesional porque, al final, el reto consistía en eso: experimentar, probar, mezclar ingredientes a ver qué salía.

Hace unos días, tiempo después de aquella época, llegó a mis manos Calor, el libro en el que Bill Buford, editor de The New Yorker, se mete a la cocina de un reputado chef neoyorquino para aprender el oficio. Fue una casualidad: lo encontré en medio de una promoción de Anagrama, y recordé que hace tiempo había leído una reseña entusiasta del libro. Lo compré, pues, sin saber que esas líneas iban a ayudarme a comprender muchas cosas sobre el mundo de la cocina. De la cocina profesional, digo. Entendí, por ejemplo, que más allá del ambiente frenético, de los horarios enloquecidos y del trato hostil, a los verdaderos cocineros los mueve una pasión oculta, esa fugaz y deleznable felicidad que les produce preparar un buen plato. Una alegría efímera que justifica quedarse días enteros buscando el secreto para cocinar una polenta, o cortarse los dedos una y otra vez hasta entender cómo sacar el mejor pedazo de una carne.

No sé si tenga la paciencia suficiente para cocinar de manera profesional; entiendo que el objetivo de la cocina es preparar platos para otros, pero someterse a esa presión tan extrema que se siente en las horas pico (y que el autor describe con maestría en este libro inolvidable), o a los horarios implacables de una profesión tan compleja, es algo que me haría pensarlo dos veces. Pero, como escribe Buford, pocas satisfacciones tan gratas como la de ver la cara de dicha de nuestro comensal al probar la comida que hemos preparado. Ese era, al final, el premio que buscábamos cuando cada uno de nosotros cocinaba en Madrid. Lo demás (el vino, la compañía, la charla) no eran más que una serie de complementos ideales.

Las satisfacciones que depara hacer un buen plato son asombrosamente variadas, y sólo una, la menos importante de todas, implica comer lo que uno ha preparado. Además de la vieja cantinela de cocinar-con-amor, los chefs hablan de la felicidad que les depara hacer una comida: no prepararla ni cocinarla sino hacerla. Es algo tan elemental que casi nunca se expresa con palabras. Después de mi temporada en el rincón de la pasta, Frankie me pidió que volviera a la parrilla y llegara a dominarla seriamente, porque sería más gratificante: en el rincón de la pasta, dijo, estás preparando la comida de otras personas. Los raviolis, el ragú…, los han hecho de antemano. Sin embargo, en la parrilla, empiezas con ingredientes crudos, los cocinas y montas el plato con tus manos. <>, señaló. El sentimiento sano y sencillo que describía podría parecerse al que se experimenta al fabricar un mueble o un juguete, o incluso crear una obra de arte; salvo que eso que has hecho a mano está destinado a ser comido. Descubrí, mientras cocinaba, que me sentía feliz cada vez que hacía un plato que parecía correcto y bien presentado y se lo pasaba a Andy. Si en una noche de mucho trabajo, yo conseguía, por ejemplo, cincuenta platos bien presentados, tenía cincuenta pequeños momentos de felicidad y, al final de la velada, estaba radiante. No son experiencias profundas –lo que se reflexiona es cero–, pero sí suficientemente auténticas, y no se me ocurren muchas más actividades que proporcionen tanto placer en nuestra vida moderna y urbana.
Bill Buford
Calor

¡Ay, el aguardiente!

En el Diccionario Folclórico Antioqueño, de Jaime Sierra García (editado por la Universidad de Antioquia), aparecen varias páginas dedicadas al aguardiente, el popular licor que, recuerda el autor, "bebe todo antioqueño que se respete". Lejos de los aburridos regionalismos que a veces caracterizan a la cultura paisa, el libro es un compendio alegre de expresiones y palabras típicas de Antioquia y el viejo Caldas. Sin permiso (y con perdón), reproduzco aquí varias de las coplas dedicadas al traguito de anís.

Canto al alcohol
Manuel Donato Navarro

Es hija de la ignorancia
y de la brutalidad,
la maldita sociedad
que llaman de temperancia.
Dime: ¿no es extravagancia
el pretender seriamente,
que no beba más la gente
y que de hoy en adelante,
es mejor ser temperante
que una tina de aguardiente?

Yo les digo francamente
que no alcanzo a comprender,
qué llegaremos a hacer
sin este vicio inocente;
porque creo firmemente
que este pueblo sin licor,
será un fuego sin calor,
especie de sol sin luz,
un Santo Cristo sin cruz,
una madre sin amor.

Juro que en estos seis meses
y doy palabra de honor,
apuraré hasta las heces
el embriagante licor.
Porque creo, sí señor,
que lejos de ser un mal,
como lo afirma un tal cual
sin sentido y sin razón,
es el delicioso ron
hasta la ley natural.

El anís con su locura
y su democracia ardiente,
nos prueba que es mucha gente
y que su sangre es muy pura.
Pero el hombre en su locura
siempre ciego y delirante,
lo maldice a cada instante
no siendo otro su deseo,
porque el hombre es un pigmeo
y el anís es un gigante.

(...)

Bebió aguardiente Jehová
y Nabucodonosor,
y Cristo Nuestro Señor
en las bodas de Caná
tragó mucho guandamá
el intrépido Noé,
el gran soñador José
y Confucio y Faraón,
y Tiberio y Cicerón;
lo digo porque lo sé.

Como sé que fue un borracho
el gran Rafael de Urbino,
el Dante y el Aretino
y Correggio y Juan Bocaccio,
y Cervantes de muchacho,
Tirso, Lope, Calderón
Montalbán, Luis de León
Shakespeare, Ariosto y el Tasso
Don Quijote, Garcilaso,
Byron y Napoleón.

Ya ves que siempre ha habido
en todo tiempos y partes,
tanto en ciencias como en artes,
bebedores de sentido,
y, ¿no sabes quién ha sido
su inventor? No un holgazán,
como dicen, ni un patán,
ni cualquier ruin fariseo:
fue San Carlos Borromeo
en la peste de Milán.

El aguardiente
Bernardo Arias Trujillo

(...) Muchas son las cualidades de el aguardiente: es compañero de gustos y reveses de nuestro pueblo; el labrador que antes era tímido y temblaba de enfrentarse a una hembra remisa, con dos o tres copitas de tan exquisita toma se vuelve insinuante y arriesgado y se siente entonadito para hablar con desparpajo a la mujer más retrechera. Y con tres más, la saca a revolar en cuadro un bambuquito macho de dos pañuelos colorados, y ambos lo bailan en rueda de admiradores, con todas las vueltas de estilo, ante la admiración de la paisanada que se sorprende del cambio sufrido en el antes bambuquero pusilánime.

Es, además, tónico casero para la medicina y para holgorio, y se hace presente en todos los acontecimientos de la vida campesina: él preside los casamientos montañeros, el velorio de un 'dijunto', la enfermedad de un compadre, el bautizo de un 'angelito', las veladas en la fonda, las corridas de toros, los paseos a los pueblos vecinos. No puede faltar en un sitio porque a toda hora se le reclama, solicita, trova, adule, pide y consume.

Vladdo, el intocable

Poco después de que anunciara su decisión de abandonar Twitter porque, según dijo, “estaba cansado de recibir insultos”, Vladdo se enfrascó en una nueva pelea –esta vez en su blog– con un antiguo colega suyo, Ricardo Galán, quien tuvo el atrevimiento de criticar su postura. Todo empezó con esta entrada de Galán en su libreta de apuntes, en la que criticaba la forma cómo el caricaturista se había ido de la red social y decía (lo cual, creo yo, no es ninguna mentira) que “terminó siendo el más radical de los radicales”. Hasta ahí todo bien. La cosa empezó a ponerse peor cuando Vladdo decidió publicar un cruce de correos entre ambos que, quizás sin quererlo, no hacen más que reafirmar lo que en principio le escribió Galán: que desde hace rato el papá de Aleida se volvió intocable.

En una entrada posterior, defendiéndose a capa y espada, Vladdo argumenta que está cansado de que confundan “insultos con críticas”. Dice él: “Una cosa era recibir críticas y otra muy distinta leer madrazos e insultos de todos los calibres”. Y un poco más arriba: “Es verdad que critico mucho, pero no me pueden mostrar una sola grosería o vulgaridad que yo le haya dicho a alguien”. Es raro que con tantos años en el oficio y decenas de premios encima (que quizás, y con razón, hayan contribuido a formar el inmenso ego que hoy tiene), Vladdo no se dé cuenta de que para insultar a otro no hace falta decir malas palabras; de hecho, los insultos más hirientes suelen venir camuflados en frases inteligentes llenas de ironía y sarcasmo. O, por qué no, vestidos bajo el traje de la caricatura.

Uno entiende, sí, y hasta comparte que los foros de los periódicos y las redes sociales se han convertido en un inmenso muladar donde no hay control ni respeto. En eso hay que concederle un punto a Vladdo. Es terrible que estos espacios virtuales se presten para exacerbar el odio que tienen algunos foristas, a quienes jamás se les pasa por la cabeza intentar rebatir con argumentos. Pero, aunque triste, eso se comprende en un país tan polarizado como Colombia, donde los términos medios nunca han sido bien vistos. Lo que sí es complicado es que el crítico caiga en su propia trampa; o, mejor dicho, que acabe haciendo (¿sin darse cuenta?), lo mismo que tanto critica. Es curioso, pero por más que intente rebatirlo, los hechos demuestran que Vladdo se ha rebajado hasta el mismo nivel de su odiado Uribe: basta ver sus peleas por Twitter con Tomás Uribe, la pasión con que difundió su logo en el que aparecía Uribe junto a la palabra “¡Fuera!”, o, más recientemente, la respuesta en su blog a Galán, para darse cuenta de que al hombre le da piquiña que lo contradigan.

Porque, volviendo al cruce de correos, uno se sorprende con la reacción del caricaturista, más propia de un Uribe camorrero (de esos de le-voy-a-dar-en-lacara-marica) que de un tipo que uno quisiera tomar por sensato. Para la muestra, estos botones: “Es una lástima que esa relación que usted y yo tuvimos termine de este modo” (a Galán, sólo por lo que escribió); “Lo reto a que me muestre el trino mío donde les dije “estúpidos” a quienes me contradecían” (al mejor estilo del expresidente); “Ese estilo joseobduliesco suyo de presentar las cosas da grima” (al ataque, otra vez); y, finalmente, “No me mande abrazos de Judas tampoco” (para cerrar con broche de oro).

Hombre, yo no sé, pero ese tipo de reacciones –con pataleta incluida– me parece que no contribuyen demasiado a la tolerancia. Es normal que a uno le dé rabiecita cuando lo insultan (ya sea con vulgaridades y sin argumentos o con ironía y veneno), y que a veces, muchas veces, uno se salga de la ropa y responda, pero llegar al extremo de ponerse al mismo nivel de lo que tanto odia, ya no es tan sano. A todos nos duele cuando nos tocan el ego, no se puede negar, pero tampoco es para creernos intocables, como le pasa ahora mismo a Vladdo. Mal por él.

Mendigo

Todos los días me fijaba en su mirada de lástima. En su mano andrajosa y levantada. En sus uñas con los bordes negros de tierra. En sus ropas harapientas. Percibía, al pasar, su olor rancio. Escuchaba su voz débil. Suplicante. Una monedita, por el amor de Dios. Seguía de largo, a veces avergonzado, a veces con lástima, a veces con rabia, y luego lo olvidaba. En la noche, cuando hacía el camino de vuelta, seguía ahí: su mano andrajosa levantada, sus uñas con los bordes negros de tierra, sus ropas harapientas. Su voz débil. Suplicante. Una monedita, por el amor de Dios.

Ayer me bajé del bus y compré una hamburguesa. Doble carne, queso, tocineta, papas y gaseosa. Para llevar. La dependiente empacó las cosas en una bolsa, me dio dos frascos de mayonesa, un fajo de servilletas y me despachó con una sonrisa falsa. Tomé el camino de siempre. Oscurecía, había poca gente en la calle. El olor de la carne traspasaba la bolsa. Apuré el paso cuando lo vi, recostado en la pared. Su mano levantada. Una monedita, por el amor de Dios. Lo miré. Fue como si nos conociéramos. Le extendí mi mano con el paquete y lo vi sonreír, agradecido.

Agarró la bolsa y comenzó a abrirla. Parecía feliz. Parecía radiante. Desdobló el plástico con ansiedad. Yo estaba al frente, parado. Iba a morderla cuando le di la primera patada. En medio del pecho. Su cuerpo se arqueó hacia adelante y la hamburguesa cayó al suelo, abriéndose. El piso era un reguero de lechugas y salsas. Murmuró algo, un quejido. Se apoyó el andén con las manos. Tomé impulso y le di otra más. Cayó al suelo. Le di otra. Y otra. Y otra más. Por favor, por favor.

Estaba más oscuro. Miré hacia adelante, no venía nadie. Me organicé la camisa. Limpié mis zapatos.

Caminé.

En buenas manos

Diciembre 2010

Llevaba varias semanas buscándolo. Por cuestiones de trabajo tenía que encontrarlo de manera urgente, pero después de que bateó el home-run que le dio la victoria a los Gigantes de San Francisco en la Liga de Béisbol Americana, Edgar Rentería, "el niño de Barranquilla", parecía haber desaparecido del mapa: intenté llamarlo a un número celular que nunca contestó; traté de localizar a su hermano Edinson pero jamás obtuve respuesta; escribí varios correos formales, y hasta llamé a su mamá, doña Visitación Erazo, quien no logró darme una razón concreta de cuándo vendría a Colombia. Dijo, sencillamente, que Edgar nunca les avisaba.

Así que durante días me moví por rumores: que llega a Barranquilla tal fecha, que había regresado a Estados Unidos y que volvería al país, posiblemente, a finales de mes. Nada era seguro. Hasta que un día apareció en el periódico que Edgar había llegado a la capital y estaría en la tarde haciendo el saque de honor en un partido de la liga local de béisbol. Salí corriendo con el fotógrafo a ver si alcanzábamos a cogerlo, pero cuando llegamos "El niño" acababa de irse. No pudimos verlo; la nube de periodistas se aglutinaba y corríamos, en desorden, tratando de adivinar a dónde había ido. Finalmente, siguiendo más el instinto que otra cosa, lo vimos en Coldeportes, justo al lado de donde estábamos. Ni siquiera la gran valla que nos separaba del lugar fue impedimento para correr tras él: la saltamos, cual paparazis, y corrimos con la esperanza de que nos diera al menos cinco minutos. Pero no tuvimos suerte: Edgar salió del lugar escoltado, se montó en una camioneta de vidrios polarizados, y desapareció antes de decirme que no le quedaba tiempo, que tenía la agenda apretadísima y que iba a estar muy ocupado.

Al día siguiente lo perseguimos otra vez durante la entrega del premio al deportista del año que le otorgó un periódico de la ciudad. Cuando terminó la ceremonia, por fin, pudimos agarrarlo en el lobby y pedirle quince minutos que nos concedió entre desesperado y confuso. Luego de una improvisada sesión de fotos le pedí el favor de que me firmara el libro que nos habían dado en la premiación, una compilación de perfiles y fotografías sobre los mejores deportistas colombianos de los últimos cincuenta años. Rentería estampó su firma encima de la foto que mostraba el momento justo del impacto con el que el pasado primero de noviembre se consagró por segunda vez en el béisbol de las grandes ligas. Yo le agradecí y, cuando se fue, sentí que por fin me quitaba un peso de encima.

Por la noche llegué a casa con el libro bajo el brazo. En la portería, como siempre, estaba Jorge, "Jorgito", el vigilante que lleva más de una década en el edificio y que casi siempre me recibe con comentarios sobre fútbol o pidiéndome ayuda para llenar el enorme crucigrama que suele desplegar encima de la mesa. Como sé de su afición por los deportes le conté toda la aventura y le mostré, abriendo el libro en la página indicada, la foto de Rentería con su firma encima. Jorgito se dedicó a mirarlo página por página y, cuando le dije que “El Niño” se había ganado el premio al mejor deportista, me respondió, como quien no quiere la cosa, que a él también acababan de condecorarlo por ser el mejor vigilante de la empresa. El premio –contó– era un viaje a Cartagena acompañado por su familia con todos los gastos pagos en un hotel de lujo. Difícil describir la emoción que lo embargaba mientras narraba cómo el ministro de defensa en persona lo había condecorado con una medalla; o cómo el dueño de la empresa le había dicho lo orgulloso que se sentía de su trabajo. Jorgito se paraba rígido y tieso, visiblemente emocionado aún, mientras volvía a revivir la situación para contarme la escena. Luego, aún con el libro en las manos, me dijo que estaba asustado porque era la primera vez que todos montarían en avión, pero añadió que la alegría de conocer el mar les quitaba, de golpe, cualquier vestigio de miedo.

Fue ahí, quizás, cuando comprendí que todo el esfuerzo que había hecho por conseguir a Rentería tendría una mayor recompensa que simplemente haber cumplido con mi trabajo. Que todas las llamadas en vano, los correos sin respuesta y el acoso periodístico, iban a tener un sentido más profundo que el de cumplir con la tarea. Fue al ver la alegría de Jorgito, mientras me contaba que quizás el premio se lo habían dado porque, entre muchas otras cosas, había devuelto alguna vez una plata que a un arquitecto se le cayó saliendo del ascensor, cuando comprendí que no tenía sentido dejar ese libro encima de alguna mesa de la sala como adorno, olvidado e inútil, y que sería absurdo usarlo solo para ufanarse de una firma que, en el fondo, era intrascendente. No me gusta el béisbol y lo entiendo poco. En realidad, no soy fanático de ningún deporte ni de un equipo en especial. Pero Jorge sí. Él siempre me habla de su Millonarios, del Barcelona, del tenis o hasta de béisbol, a pesar de que nuestras conversaciones no duran más que un minuto cuando voy de salida o regreso al edificio.

Fue ahí, decía, cuando comprendí que la casualidad es extraña; en ese momento tuve claro que el libro con la foto de Rentería y su firma estampada no podían –ni debían– tener otro dueño. Estaba claro que ese libro no era mío y así se lo hice saber diciéndole que, si le gustaba, podía quedárselo. Me miró abriendo mucho los ojos y me dio las gracias, balbuceando.

Me gusta pensar que quedó en buenas manos.

el mal poeta

En la charla de presentación de un libro, el otro día, se hablaba sobre el oficio de escribir. Decía uno de los ponentes, citando a Héctor Abad, que a la hora de poner las palabras en papel había que ser conscientes de que todos llevamos un mal poeta adentro luchando por salir; un poeta que sólo los buenos escritores saben controlar. En otras palabras: que siempre nos da por escribir lo primero que se nos viene a la cabeza —y mucho más ahora, con el cuento de los blogs— pero que a veces es mejor morderse la lengua (o reprimir el impulso del dedo, en este caso), antes de oprimir "publicar".

Una de las cosas que trae la tecnología es que permite a la gente poner sus escritos personales a la vista de todo el mundo; experimentos que a veces funcionan porque, no nos digamos mentiras, a los lectores parece que les gusta mucho más lo visceral que lo complejo. La figura del intermediario (en este caso el editor, que siempre es tan justo y necesario para controlar ese mal poeta), queda a veces relegada para dar paso a un contacto directo entre escritor y lector. Eso son los blogs: intentos, muchas veces fallidos, de malos poetas que no tienen a nadie que los controle. Y malos poetas que a veces gustan, aunque la mayoría de veces lo que se escriba no interese a más que dos o tres perdidos lectores.

En fin, todo esto para decir que, aunque concuerdo con Abad, a veces creo que si todo el tiempo nos pusiéramos a reprimir ese mal poeta, jamás terminaríamos escribiendo nada. Esta semana, en El Tiempo, publicaron un artículo sobre Germán Vargas, uno de los fundadores del mítico grupo de La Cueva, quien quemó todos sus cuentos sin publicar porque no los consideraba dignos. Supongo que es difícil quedar satisfecho con algo que uno escribe (en el fondo, siempre, somos conscientes de que nos falta mucho), pero quizás la única manera de saber si es digno o no, consiste en dejar que sean los otros quienes juzguen. A veces uno termina llevándose sorpresas cuando deja salir el mal poeta; en ocasiones, aunque no lo creamos, lo que nos parece más malo es lo que a la gente le gusta.

Vivir con miedo

Hace quince días mi novia y yo dejamos de ir a Andino por el simple hecho de tener que coger un taxi en la noche para devolvernos a casa. Antier mataron a un cura bajo el puente de la 68 con 26 por robarle un celular: siete puñaladas le pegaron porque, seguramente por miedo, el pobre hombre se resistió. La semana pasada una compañera de la oficina me contó que a una prima suya le habían hecho el paseo millonario con un taxi pedido, y una noticia similar apareció en las páginas de El Tiempo pocos días después. No es ningún secreto que vivir en Bogotá (o mejor: en Colombia), implica tener un miedo constante. Para nosotros es normal voltear la cabeza cuando caminamos por la calle para cerciorarnos de que nadie nos sigue, o pensar, cuando cogemos un taxi, que en algún lugar se subirán un par de tipos y nos obligarán a entregarles toda la plata. Yo todo el tiempo pienso que algún día me habrá de tocar porque muchas de las personas cercanas a mí han pasado por lo mismo; es como si fuera inevitable, como si aceptara de antemano que la batalla está perdida. Así son las reglas de esta ciudad: vivir con miedo es la constante.

El miedo se ha apoderado de las sociedades modernas. La guerra contra el terrorismo no es más que un refugio del pánico. Los ingenuos que celebraron la muerte de Osama Bin laden en las calles de Nueva York ahora tendrán que ponerle más seguro a sus casas, soportar controles más intensos en los aeropuertos, y vivir bajo la amenaza de que en cualquier momento, cuando se monten al metro o disfruten de una tarde en Disneylandia, explote una bomba que acabe con sus vidas. El miedo es un enemigo silencioso que se ha venido colando en nuestras vidas y poco podemos hacer para detenerlo; las luchas que los gobiernos emprenden en nombre de la libertad no están haciendo otra cosa que irse en contra de ella misma: menos derechos, más vigilancia, más sospechosos.

El otro día viajábamos entre Medellín y Doradal. Íbamos para la hacienda Napóles el conductor del vehículo, el fotógrafo de la revista y yo, cuando a medio camino nos detuvo el ejército. Nos preguntó qué hacíamos, hacía dónde íbamos, por qué transitábamos esa carretera. Le contamos la historia, le mostramos los carnés de periodistas y el tipo nos dejó seguir, no sin cierto recelo. Pero, ¿qué hubiera pasado si no teníamos una razón? ¿Si, simplemente, nos hubiera dado por pasear por esa vía sin un destino fijo? Acá todo el mundo es sospechoso hasta que demuestre lo contrario. El tipo que nos detuvo tenía motivos para desconfiar de nosotros y nosotros pudimos sentir miedo sin haber hecho nada. Así son las cosas: aceptamos vivir llenos de un miedo que cada día crece más y creemos que la mejor forma de evitarlo es encerrándonos en nuestras casas, haciendo conjuntos cerrados, excluyendo a la sociedad de nuestras vidas. Y así lo único que estamos logrando es sociedades cada vez más solas y una supuesta libertad que, en realidad, es todo lo contrario. Estamos presos en nuestros propios hogares.

Antes del olvido

Esta mañana saqué de mi biblioteca un libro titulado Antes del olvido. Si yo tuviera que decir de dónde nace mi necesidad de escribir, de dónde viene esa manía de intentar ganarse la vida juntando palabras en un papel, pensaría que es de ahí, de ese libro. Porque, la verdad, en mi familia la lectura siempre ha estado en segundo plano; a diferencia de muchos lectores que, al recordar su infancia, rememoran un padre con su libro bajo el brazo, cuentos antes de acostarse y grandes clásicos devorados a temprana edad, yo nunca viví esas cosas. Mi padre no lee libros y mi hermano tampoco. Les aburre. Mi madre sí lee –ya menos que antes–, pero nunca ha sido, lo que se dice, una gran lectora. Quiero decir: mi madre lee, y lee mucho, pero no se sienta a devorar grandes clásicos, ni novela, ni cuento, ni poesía. A ella le gustan la historia y, más que nada, los libros de superación. Algo que no tiene nada de malo, por supuesto: siempre he creído que es mejor leer superación (o lo que cada quien quiera), que no leer nada.

Pero empecé hablando de escritura y terminé justificando la falta de lectura. No importa: después de todo, la primera es una causa directa de leer. Y si en mi casa no había tanta pasión por la lectura, ¿de dónde, entonces, viene la mía? Y más: ¿de dónde la manía de escribir? He estado tratando de responder esa pregunta, hurgando en la memoria, y siempre llego al mismo punto: Antes del olvido. El primer tomo del libro –el que más me gusta-, tiene una portada roja con una foto en la que se ve un hombre joven, apuesto y elegante; lleva puesto un vestido negro, zapatos brillantes impecables, sombrero y bastón. Un hombre que camina por la mitad de un pueblo antioqueño, con la actitud desafiante y segura de quien quiere comerse el mundo. El segundo tomo es exactamente igual, pero su fondo es amarillo.

Conocí Antes del olvido hace muchos años y tuvieron que pasar muchos más para que llegara a él. Pero cuando lo leí supe que de ahí venía todo. Desde entonces he vuelto sobre el libro muchas veces, en ocasiones en desorden, y he pensado que me hubiera gustado llevar la vida de aquel hombre. Aquel hombre dicharachero, sencillo y trabajador que, a principios del siglo pasado, se ganaba la vida en distintos oficios de un pueblo como muchos en Antioquia. De un hombre que montaba a caballo, que llevaba serenatas y tomaba aguardiente.

De un hombre que con el paso del tiempo, a pesar de no haberse dedicado nunca a escribir, redactó sus memorias (Antes del olvido), las imprimió en una edición casera y se las repartió a sus hijos con el único deseo de que el libro jamás saliera de ellos, de que nadie diferente a la familia más cercana lo conociera. Ese hombre es mi abuelo. Y ese libro, creo, es la razón por la que escribo. Y aunque muchas veces me pregunte cuál es el sentido de escribir, al final está claro: para tratar de entender lo incomprensible y para evitar que la vida se nos vaya entre los dedos.

adentro

Hoy es uno de esos días en que me gustaría sentarme frente a la pantalla y empezar a escribir lo primero que se me venga a la mente; escribir sin preparar nada, sin fijarme en la concordancia de los párrafos ni volver cada segundo sobre lo dicho, sino seguir de largo, sin detenerme, y dejar que quede en el papel todo lo que he venido pensando desde hace varios días y que no sé por qué razón no he logrado escribir. No he vuelto sobre el blog, ni a intentar un cuento, ni menos un esbozo de otra novela, o un intento de ella, sin saber muy bien la razón; es como si toda la escritura, mi escritura, se hubiera volcado sobre la revista, sobre los temas que en cada edición hago y que intento no convertir en rutina, sobre los personajes que suelo entrevistar, los temas que busco porque es mi trabajo, pero lo que escribo queda metido en ese molde, como tan políticamente correcto, como con mucha menos libertad de la que puedo encontrar en este espacio, un espacio que está ahí, esperándome; un espacio sobre el que vuelvo una y otra vez, a veces, muchas veces, arrepentido, porque pienso que a quién le pueden interesar las cosas personales, o porque pienso que a veces no vale la pena escribir así, desde tan adentro, sobre todo cuando veo otros tipos de blogs por el estilo y yo mismo, muchas veces, me pregunto qué sentido tiene saber sobre tal o cual, o como se siente con respecto a cosas que solo le pueden interesar a él y a nadie más, pero luego también pienso lo contrario: que en el fondo las vidas de todos se parecen, que lo que me sucede a mí o pienso yo alguien puede sentirlo tan igual en un lugar lejos de aquí y puede que ni siquiera nos conozcamos, que jamás vayamos a hacerlo, que nuestras vidas nunca se vayan a cruzar, pero están unidas por las palabras, las efímeras palabras, las traicioneras palabras, las deleznables palabras. Quisiera escribir también sobre lo difícil que es a veces tener un hermano, sobre por qué somos tan distintos y cuál es la razón por la cual lo siento lejos, cada vez más lejos, y maldigo porque la diferencia entre un hermano y un amigo es que uno no puede escoger a la familia, que hay un vínculo tácito creado ahí, una especie de pacto indisoluble que se da por el hecho de venir de la misma parte, así seamos tan diferentes y pensemos tan distinto, así en ocasiones no soporte verlo ni apruebe la vida que lleva o la poca pasión que le pone a las cosas que hace, algo que me mortifica aunque quisiera dejarlo pasar y lo logro, a veces, pero luego vuelve a mí ese sentimiento y pienso que no puedo ni debo ser egoísta, que no tiene que pensar de la misma forma que yo y que, a fin de cuentas, es una buena persona. Eso es lo que quisiera hacer hoy aunque, como siempre, no sé si tenga mucho sentido.

Darío, malgastado.

Maria Alejandra Villamizar se le midió a escribir un perfil de Darío Gómez para la revista Donjuan. Lo que pintaba como una buena oportunidad para acercarse a un personaje conocido –más no admirado– por todos, terminó como una aproximación apenas somera, ligera y superficial del conocido Rey del despecho. Después de leerlo, queda la impresión de que el texto fue escrito por una niña “bien” que, más por encargo que otra cosa, terminó metiéndose en el mundo de la música popular.

Y no son apreciaciones a la ligera: luego de reconocer que en algún momento, mientras hacía la investigación, le dio “pereza la historia”, Villamizar se puso a escuchar canciones y ver videos del artista con el fin de estar preparada para la entrevista. Pero digamos, a su favor, que tampoco tiene la culpa: al fin y al cabo eso es lo que haría cualquier periodista antes de abordar un personaje. Y claro: es obvio que a ella no tiene porqué gustarle la música popular. El problema es que eso, al final, se siente: uno pasa muy por encima del protagonista y, aunque hay buenos datos, el perfil no tiene reflexiones o apreciaciones del autor sobre Darío o el mundo que lo rodea. Uno como lector siente que podría haber sacado más, pero eso es muy difícil si a la autora no le interesa ahondar en ese mundo.

Todo eso para decir algo que desde hace varios años me inquieta: que a pesar de su enorme popularidad, la gente con cierto grado de cultura suele mirar el fenómeno de la música popular –y todo lo que ello acarrea–, por encima del hombro. Al contrario de otros ritmos de origen también popular (como el vallenato, para citar el ejemplo más cercano), la música popular es desdeñada y tratada, como escribió Pablo Rolando Arango alguna vez en su “Diccionario personal”, como la hija puta. Basta comparar para darse cuenta: mientras que en el vallenato se habla de “juglares”, e intelectuales como Daniel Samper Pizano o cronistas como Alberto Salcedo lo abordan desde la teoría, en la música popular apenas se agarra una figura conocida como Darío para trazar a grandes rasgos –y en mi opinión, más por satisfacer el morbo que otra cosa–, una cultura tan amplia como inexplorada.

Hay pues, ahí, un gran terreno desconocido al que valdría la pena meterle el diente. Por el momento, dejo la definición de “música clásica” de Arango y un video del gran Darío.

Música clásica. Cuando no existía la Fiscalía, mi papá trabajaba como juez de instrucción criminal en Manzanares (Caldas). Con frecuencia debía viajar a la zona rural para adelantar las investigaciones propias de su cargo. Lo que más le molestaba era tener que soportar la música de carrillera que le ponían los choferes de los jeeps que contrataba para los viajes. Así que decidió emprender una labor didáctica y, cada que viajaba, llevaba en el bolsillo de la camisa un casete con música clásica. Apenas comenzaba el viaje y el chofer ponía alguna canción del Caballero Gaucho o cosa por el estilo, papá le pedía el favor de que quitara eso y pusiera su casete de música clásica. Para completar su labor, papá les echaba siempre el siguiente sermón: «Mire, señor. Esa música que le acabo de poner se llama música clásica. Para que usted me entienda, le voy a explicar la diferencia con una comparación. La música clásica es como la mamá de la demás músicas. El rock, la balada, el vallenato, son como las hijas buenas de la música clásica. Mientras que esa porquería que usted puso al comienzo, esa música de carrilera, es como las hijas putas de la música clásica». No sé qué tan efectiva fue la didáctica de papá en cuanto al cambio del gusto musical de los choferes, pero lo cierto es que siempre le funcionaba en los viajes, ya que se oía su casete a la ida y a la vuelta. Hasta que un día un chofer lo miró a la cara después de terminado el sermón y le hizo la siguiente pregunta, como un alumno obediente: «Oiga dotor: ¿y usté dónde pasa más bueno: donde su mamá o donde las putas?».


ilusos

Leo en la prensa que el premio Planeta tiene casi 700 novelas –setenta y pico enviadas desde Colombia–, concursando por llevarse el jugoso galardón que este año premiará un jurado “de lujo” encabezado por Ángela Becerra. Leo en la prensa los nombres de los “finalistas” –seudónimos, casi todos–, y no puedo evitar sentir lástima por aquellos que de verdad han enviado su novela después de años de trabajar a tientas, con la esperanza de que un reconocimiento de este tipo los saque del anonimato. Lástima, digo, porque lo más seguro es que en algunos días, cuando conozcamos el nombre del ganador, nos demos cuenta de que es un escritor desconocidísimo como Jorge Edwards o Juan Marsé.

Jodidos premios literarios, jodida industria.

Leo en Internet una columna de Hernán Casciari, en Orsai, donde dice que renuncia a publicar sus libros con una editorial que se tomó la molestia de cambiar descaradamente los gustos de sus personajes y frases enteras de sus novelas sin consultarle. Así, de la nada, un protagonista que era hincha de Independiente en Argentina, pasó a ser hincha del América de México cuando la obra se publicó en el país Azteca. Y recuerdo, de paso, una columna de Héctor Abad en la que se quejaba de que en una editorial le habían cambiado decenas de palabras (como carro por coche) cuando iban a publicarlo en España.

Me pregunto cuántos manuscritos llegan cada día a las editoriales y cuántas historias ni siquiera se miran. Y, mientras tanto, los que escribimos conservamos la ilusión estúpida de que algún día nos llamen y digan “ya está, te publicamos”, y entonces creeremos que todo está solucionado, que es increíble, cuando en realidad es que apenas estamos abriendo la puerta de un mundillo de mierda.

Hace nueve meses pasé el primer manuscrito de lo que, creo, es una pequeña novela. La imprimí, la encuaderné y la llevé a Planeta, porque queda a la vuelta de mi casa. Nueve o diez meses, no sé, pero hasta ahora no he tenido respuesta. No importa mucho, la verdad, que tampoco me hayan respondido a un par de mails que mandé. Ya está, pasó, habrá que seguir insistiendo. Es bueno darse consuelo con esas historias que uno lee de los escritores que tocaron decenas de puertas antes de que alguna se le abriera. No quiero generar lástima; tampoco escribo esto por eso. La verdad es que ni siquiera sé por qué lo escribo, pues hay decenas de razones para desilusionarse del mundo editorial.

Tengo que escribir más sobre el tema, pero ahora solo me sale esto.

Mala cosa.

Hogar

He empezado a despedirme, poco a poco, del lugar donde vivo. No sé exactamente cuánto tiempo he pasado allí, pero sí que nunca me he sentido tan cómodo en ningún otro sitio. Es curioso cómo las casas, los lugares, se quedan con pedazos de la gente; los recuerdos son a veces como piedras que pesan, y por eso muchos deben mudarse cuando no pueden soportar más eso que les trae a la mente una sala, un cuarto, una cama. No es mi caso, por fortuna, pues me mudo a comenzar una historia diferente; una que sin lugar a dudas cambiará muchos de los aspectos de la que, para bien o para mal, ha sido mi vida hasta ahora.
Recuerdo cuando llegué a vivir a Bogotá, once años atrás. Por entonces no era más que un joven confundido (aunque quizás no he dejado de serlo del todo en varios aspectos), que se debatía entre el ánimo que le producía llegar a la gran ciudad y la tristeza que le daba dejar Manizales. Llegué a vivir a unas cuadras de la universidad, en la 38 con 8, justo al frente de la que fue durante muchos años la embajada americana. No es que guarde un recuerdo especial de ese apartamento; por el contrario, no veía la hora de salir de aquellas cuatro paredes en las que me sentía encerrado y solo. Muy solo.

Meses después me mudé a otro cerca al parque de la 93. Nunca me gustó el sitio, como tampoco me gustaba decir que vivía por esos lados. El ruido, la gente, los buses de la once, la congestión y, sobre todo, la sensación de estar viviendo lejos de lo que era en realidad Bogotá, me hicieron ir de ahí más pronto que tarde. Ah, claro: y los precios absurdos del estrato seis que ni un estudiante o un periodista podrían sostener durante mucho tiempo.

Al final vino el apartamento donde estoy ahora y que abandonaré en unos meses. No siento que será difícil dejarlo, pero seguro recordaré varios de los momentos allí vividos. Quizás en algunos años no será más que un lugar frío e impersonal que me hará recordar con nostalgia una época de mi vida. Un lugar que ya no tendrá demasiada importancia porque después de todo nos pasamos la vida llegando y yéndonos, aquí y allá.

el intermediario

Maldito Hernán Casciari. Maldito. No sólo se da el lujo de sacar una revista preciosa —en presentación y contenido—, sino que, además, escribe con inteligencia y gracia. Una belleza ese primer número de Orsai, con sus hojas de papel grueso, su diagramación minimalista, sus ilustraciones cuidadosas, su falta de publicidad y sus textos, sus textos. Textos tan buenos como este, en la introducción al cómic El Intermediario:

"La figura del intermediario existe en el mundo desde que se acabó la inocencia. Desde que perdimos la fe en los demás. Primer intermediario: el banco. En los tiempos del Renacimiento la gente pudiente ya no podía transportar dinero porque había ladrones hambrientos en los caminos, entonces los ricos que debían viajar se contactaban con un integrante de la familia Medici, que recibía el dinero en Ginebra, por ejemplo, y otro integrante de la misma familia que se lo devolvía en Florencia, quedándose con un poquito. El intermediario nace y florece cuando nace y florece el ladrón. Y el intermediario sospecha, muy pronto, que necesita al ladrón para que su negocio prospere. Y más pronto todavía saca cuentas y descubre, el intermediario, que lo más conveniente es ser el ladrón. Bancos, agencias de viajes, notarios, abogados, compañías telefónicas, gestores, editores, vendedores de alarmas contra robo, guardias de migraciones. Están porque el mundo es feo. Están porque te convencen de que nadie más que ellos te pueden salvar de la maldad del resto".

Gracias, Hernán.

máscaras

El viernes pasado entrevisté al nuevo embajador de Ecuador en Colombia, Raúl Vallejo, un escritor poco conocido en el país a pesar de su extensa obra. Supongo que entre los muchos motivos por los que se desconocen sus escritos entra esa desidia con que aún varios colombianos miramos a nuestros vecinos: si nos dicen Perú, Ecuador o Bolivia arqueamos las cejas, fruncimos el rostro y dejamos escapar un comentario despectivo. No pretendo generalizar, pero tampoco se puede negar que sin saber muy bien por qué seguimos sintiéndonos por encima –y no solo geográficamente– de muchas naciones vecinas. Un error estúpido, infantil y, sobre todo, ingenuo.

El caso es que Vallejo –hombre culto, de hablar pausado– decía en una parte de la conversación algo que no es nuevo pero que a mí me llama mucho la atención: que todos tenemos máscaras, no una sino muchas, y que solemos cambiarlas para afrontar los distintos escenarios de nuestra vida. No somos los mismos cuando estamos con la familia que cuando pasamos tiempo con nuestra pareja, ni actuamos igual cuando estamos en público o nos sentamos frente a la pantalla del computador. En este último escenario, sobre todo, sí que actuamos diferente: la seguridad que nos brinda evitar el cara a cara, el desparpajo con que hablamos al no tener que mirar a los ojos, nos hace asumir una posición de lo que quisiéramos ser pero no somos.

Pero, ¿qué somos, en realidad? ¿Quién en sus cinco sentidos va a andar desnudando por ahí sus defectos, la parte de sí mismo que no le gusta pero que no puede evitar? Pocos. Es muy difícil mirar hacia adentro y aceptar que hay cosas de nosotros mismos –muchísimas, supongo– que nos gustaría cambiar pero no podemos. Yo mismo, por ejemplo, me descubro muchas veces intolerante, irritable y detesto sentir que me tomo las cosas muy en serio. Yo mismo me sorprendo con la máscara de tipo interesante en el Facebook, tratando de poner siempre el comentario inteligente, la cita precisa recogida en algún libro, la frase ingeniosa que me haga ver como alguien astuto. Yo mismo me censuro a veces porque siento que algo pueda sonar estúpido y yo mismo, cientos de veces, cierro la boca cuando no estoy en confianza para no parecer un pendejo.

Supongo que esa es una de las muchas máscaras que me conforman y que, como a todos, me hacen un simple mortal, lleno de miedos y defectos. La suma de todas esas cosas da algo indescifrable; algo que muchos conocen por un simple nombre.

el cazador, cazado

Por aquellos días, en Málaga, el dinero me alcanzaba apenas para lo necesario: hacer un mercado básico, pagar el arriendo del apartamento y comer. El único lujo que podía darme eran las cervezas Cruzcampo y a veces, sólo a veces, una botella de aguardiente antioqueño que compraba en El Corte Inglés. Los pocos libros que llevaba de Madrid los había leído hacía tiempo pues me había hecho a la idea de no comprar y, en cambio, aprovechar el servicio de bibliotecas públicas: durante los primeros seis meses, en el barrio donde vivimos en la capital, visitaba con cierta frecuencia la que quedaba a unas cuadras de la casa y en la que encontraba de todo. Así que pensé que en Málaga podría hacer lo mismo, pero unos días después de estar allí me di cuenta de que no iba a ser tan fácil.

Para empezar, la biblioteca más cercana a mi casa quedaba casi a treinta minutos en bus; como trabajaba todo el día redactando comunicados y asistiendo a ruedas de prensa, me quedaba muy poco tiempo. El día que finalmente pude ir me topé con que sacar el carnet no iba a ser tan sencillo: necesitaba copia del documento y varios papeles; para rematar, me dijeron que se demorarían un par de semanas en activármelo. No deseché la idea de la biblioteca, pero preferí hurgar en las librerías del centro para buscar libros baratos. Un día, en una de ellas, encontré uno que por muchas razones terminaría marcándome: El corazón es un cazador solitario. Era una bonita edición de Seix Barral, con un dibujo de dos hombres en la portada, escrita por una autora que apenas si había escuchado nombrar de pasada: Carson McCullers. No lo compré, claro, porque no me alcanzaba el dinero.

Poco tiempo después regresé a Madrid y me fui a vivir en un barrio de latinos, un poco más allá de la plaza de toros. Ubiqué la librería más cercana y regresé a mi vieja práctica. Fue allí, mientras miraba qué sacar para leer, cuando encontré la misma edición del libro que había visto en Málaga. No lo pensé dos veces: lo leí ávido, voraz, sentado en la silla de ese apartamento que daba contra la cancha de fútbol de un colegio. No sé por qué, ahora que lo pienso, guardo tan gratos recuerdos de esa última etapa en Madrid, en ese barrio, cuando ya casi todos los amigos que conocía se habían ido. Pero ésa es otra historia.

Luego regresé a Colombia y estuve más de un año buscando el libro en todas las librerías que encontraba. Ninguna lo tenía. Sólo en una me dijeron que podían conseguirlo de segunda mano y tiempo después me llamaron para entregarme una edición pequeña, de pasta dura, con hojas amarillas y subrayadas. Me quedé con esa y la roté entre unos buenos amigos hasta que hoy, por pura casualidad, me dio por decirle a mi novia que nos fuéramos caminando hasta el centro. Allá llegamos y, antes de regresar, dimos una vuelta por la librería del Centro García Márquez. Ya nos íbamos, después de darle la vuelta, cuando en un estante diagonal a la entrada la vi: la misma edición de Málaga, de Madrid, de Seix Barral. La que llevaba tanto tiempo buscando. La que quería.

Creo que sobra si digo que hoy fue un buen día.

un día más, periodistas

Hoy llegaron a mi bandeja de entrada más de veinte correos felicitándome por el día del periodista. No es que sea muy popular, por supuesto, pues me sobran los dedos de la mano para contar los amigos que tengo; lo que sucede es que las empresas que de alguna forma nos necesitan se toman el trabajo de hacer sus propias tarjetas y enviarlas a sus bases de datos llenas de colegas. Es su trabajo, claro, y se les abona la intención. Lo que no estoy seguro es hasta qué punto uno deba celebrar un día como hoy, cuando la situación de los periodistas en todo el mundo es precaria y los medios se convierten cada vez más en un negocio que sólo busca el lucro.

Decía Germán Castro Caycedo en una entrevista con El Espectador que "la chiva es la prostitución del periodismo colombiano". Estoy de acuerdo. Y además, ¿quién con más autoridad para pronunciar esa frase? De esos periodistas, por desgracia, quedan pocos; el reportero de ahora es un tipo con micrófono y grabadora que vive pendiente de lo que dice y hace una sola fuente a ver si puede obtener la noticia. Lo que vende es lo que perturba, lo que nos crea repulsión, las cifras de muertos y heridos. Ejemplos sobran: hoy, en el noticiero, decían que el concejal Marcos Baquero llevaba quinientos-no-sé-cuántos días secuestrado. ¿No era más fácil decir un año y siete meses? No, hay que hacer ver un número grande, que se sienta la desgracia enorme, el dolor de la familia. Las cámaras y el directo, las declaraciones apresuradas: el dolor ajeno convertido en un burdo espectáculo.

Soy un romántico del viejo periodismo, aquel que contaba las historias de manera diferente, ese en el que los protagonistas tenían un rostro. Soy un estúpido. Ahora, gracias a la entrada de las nuevas tecnologías, nos hemos comido el cuento de que el público es imbécil y no lee más de dos líneas; por eso hay que hacer los artículos cada vez más cortos, bombardear con fotos gigantes y videos, y dejar al lector como al principio: sin saber nada. O díganme, pues, ¿de verdad alguien sabe con pelos y señales lo que sucede en Egipto, a pesar de que sale todos los días y a toda hora en radio, prensa y televisión? Así es la cosa: ver un noticiero es desinformarse.

Yo agradezco, pues, a los que me felicitaron en el Facebook y hasta los que me llamaron. No dudo de sus buenas intenciones, pero para mí es sólo un día más.

aire

Hoy es uno de esos días en que todo me sabe a mierda. Me sabe a mierda el periodismo, y me sabe a mierda pensar que tengo muchísimos años por delante en un oficio que a veces no me llena. No quisiera algún día tener que correr tras la famosa ‘chiva’, esa noticia de último minuto que se da sin anestesia así el periodista deba pasar por encima de quien sea. Es curioso ver un noticiero de televisión o a veces, incluso, escuchar radio: uno sabe que suceden cosas, que en Egipto la gente lleva una semana protestando, que han matado decenas de personas aquí y allá, pero al final no conoce los motivos. La televisión, la radio y muchas veces los periódicos, son los paraísos de las cifras: números de muertos, de desempleados, de desgracias. Entre más grandes, mejor. Pero hay pocos rostros, pocos nombres, pocas historias que lleguen.

Si uno se pregunta para qué escribe lo más probable es que no se termine contestando nada. O sí, mentiras: escribir sirve mucho, muchísimo, pero para cosas banales que no valen la pena. Escribir sirve para entender el comportamiento humano y de paso darse cuenta de que no se entiende nada: que decimos una cosa y hacemos otra, que sabemos lo que nos conviene pero realizamos lo contrario, y que estamos hechos de una gran dosis de hipocresía y mentiras.

Me gustaría tener más razones para creer en el optimismo, pero no puedo dejar de pensar que eso es apenas un distractor. Supongo que el mundo no va a cambiar porque alguien se llene la cabeza de ideas bonitas, o porque la gente suspire viendo el comercial de Coca Cola donde dicen que por cada no sé cuántas armas que se venden, tantas parejas buscan un hijo. A mí me da miedo pensar en las próximas generaciones porque, en verdad, lo único que les estamos dejando es un muladar cada vez más grande. Pero cada quien puede ser optimista y creer que en verdad algún día las cosas serán diferentes.

En realidad, creo que la tendencia general del ser humano es al optimismo. Es como cuando alguien se está ahogando y lo primero que busca es la manera de salir a la superficie a buscar un poco de aire. Eso es, supongo: todos, a nuestra manera, buscamos el aire.

Nadie debería volver

Confieso que no soporto la literatura de Juan Gossaín por una razón muy sencilla: el tipo nunca se pudo quitar de encima la cobija del realismo mágico que inventó y volvió popular su admirado García Márquez, y aún hoy escribe libros llenos de metáforas baratas y personajes que intentan emular los creados por el maestro de Aracataca. Y no lo soporto, tampoco, porque hasta en las entrevistas que da se le siente esa pose forzada, ese intento vano por parecerse al Nobel que resulta poco menos que patético.

Pero, en todo caso, el experimentado periodista sí tiene razón en una cosa: el hecho de no haber querido volver en tantos años a San Bernardo del Viento, el lugar donde nació, convencido de que regresar implica encontrarse con otra cosa, un lugar diferente al que alguna vez dejó y que ya nunca es ni será lo que fue. Una dolorosa realidad que se ve en las páginas de muchos, muchísimos escritores, quienes evocan la nostalgia de un pasado que consideran mejor a este sucio presente.

Tal vez por eso siempre que vuelvo a Manizales la siento como una ciudad cada vez más ajena; ya no me dice mucho recorrer su calles nuevas, ni las caras de la gente que nunca antes había visto. Ni siquiera las carreteras son las mismas, porque tanto la avenida Santander como la Paralela tienen nuevos puentes, nuevas vías, nuevos recovecos. Muchos de los lugares a los que solíamos ir han desaparecido, y la gente con que solía pasármela –con contadas excepciones–, se han ido o han cambiado tanto que ya no podríamos estar juntos de nuevo por más que lo intentáramos.

Hace dos semanas mataron a Julián y ahora que las cosas empiezan a normalizarse otra vez (y yo a hacerme a la dolorosa idea de que su crimen va a quedar en la más completa impunidad), comprendo que Manizales me da una razón más para seguirme apartando, para irme cada vez más lejos de sus montañas y su gente anodina. Uno no sabe lo que le depara el destino, pero la verdad es que no quisiera tener que regresar. No me gusta sentir ese vacío de soledad, esa ansiedad dolorosa que no tiene explicación, cuando un domingo por la tarde regresamos en carro de la finca a la casa. Yo prefiero quedarme con los recuerdos, bonitos y dolorosos, como esos que pinta Vallejo en sus libros. Como este de Los días azules:

“En la tarde elevamos el globo: con la ayuda de todos frente al corredor delantero lo elevé. De las ocho puntas sostenían ellos: papi, Lía, Elenita, el abuelo, la abuela, mis hermanos. Yo, de rodillas en el piso, encendí la candileja: el humo negro lo fue inflando, dilatando, y cuando empezó a tirar, ávido de inmensidades, soltaron todos de las puntas y entonces me levanté, y solo lo fui guiando, lo fui llevando hasta un espacio despejado donde no fuera a enredarse en los penachos de las palmas ni en los ramajes de los árboles, y despidiéndolo con un impulso de adiós lo dejé partir. Se fue yendo hacia lo alto, rumbo a la vastedad azul sin límites, rojo él y palpitando, encendido su rojo corazón”.

Tan natural como matar

Es muy difícil aceptar que un día estés con alguien y al otro esa misma persona resulte metida en un cajón y sepultada varios metros bajo tierra. Es muy jodido entender que no vas a volver a verla nunca a pesar de que ayer, o hace una semana, o hace un mes, le hayas contado secretos, hayan tomado trago o reído juntos. Y es más difícil hacerlo si a alguien se le ocurrió romper el orden natural de las cosas y quitarle la vida con sevicia.

Un padre no debería enterrar a un hijo, por dura que sea la muerte. La vida debería tener un orden lógico que, aunque nos duela, resulte mucho menos difícil de aceptar. Pero ya sabemos que el destino no obedece reglas y mucho menos los hombres.

Resulta terrible ver cómo hemos terminado acostumbrándonos a las muertes violentas en este país. En la oficina solemos almorzar viendo el noticiero y es aterrador constatar que todos comemos sin inmutarnos a pesar de que las noticias, una tras otra, son casi siempre las mismas: asesinatos aquí y muertes violentas allá por cualquier motivo. Matan a unos jóvenes universitarios en la costa sin mediar palabra y a otro en Santander porque estaba orinando en la pared de una casa y al dueño no le gustó. Esa es un nuestra forma de mostrar el desacuerdo: con plomo y cuchillo. Pero entiendo que hayamos dejado de conmovernos; al final hemos construido una barrera, una capa de insensibilidad que nos permite seguir viviendo el día a día.

Pensaba hace unos días que no existe casi ningún colombiano que no haya sido afectado por la violencia. Todos conocemos a alguien –un familiar, un amigo– que ha muerto por la mano de otro o sufrido alguna de las formas de violencia que nos azotan a diario. Aquí la muerte es una constante; el miedo, una cosa de todos los días.

Morir

No sé por qué la vida, a veces, tiene unas coincidencias extrañas. Uno de los últimos viernes de diciembre saqué de mi biblioteca El enterrador, un libro de Thomas Lynch que había leído hace ya algunos años. Era de noche y estaba con la mona. Habíamos comprado una botella de whisky y, luego de servirnos hielos y dar el primer trago, nos pusimos a leer un capítulo. ¿Por qué justamente ese libro? No lo sé. Pero esa noche nos metimos en uno de los relatos de Lynch sobre la muerte, un tema que el escritor domina a la perfección gracias a su experiencia como dueño de una funeraria en Michigan. No sé por qué esa noche, precisamente esa noche, el mismo relato que había leído tantos años antes me conmovió de manera tan fuerte; no sé por qué en algún momento de la lectura tuve que detenerme y pedirle a la mona que continuara, pues, cuando menos me di cuenta, tenía un nudo en la garganta.

Habíamos comenzado a leer A la derecha del padre, un relato sobre lo inexplicable, absurda y repentina que a veces es la muerte. Lo habíamos hecho, sin saber por qué, conscientes de que en vez de ese libro hubiéramos podido escoger cualquier otro; de que en lugar de ese relato hubiera podido salir un cuento de otro escritor, o una crónica, o lo que fuera. Pero fue Lynch.

En ese mismo instante, mientras nosotros leíamos el relato, a pocas cuadras de mi casa, una tía, su ex marido y sus dos hijos comían juntos después de mucho tiempo. Había pasado más de un año, quizás dos, desde la última vez que se habían reunido ellos cuatro, sin las novias de mis primos o algún otro miembro de la familia. Desde que decidieron separarse dejaron de hacerlo, pero esa noche, a pesar de la enfermedad de Juan Mario –su ex marido–, quien desde un principio alegó no sentirse bien, estuvieron comiendo en la casa de mi primo.

Mientras nosotros leíamos a Lynch, ellos estaban juntos después de mucho tiempo.

Horas después me emborraché y olvidé el relato, pero volví a acordarme de él en la mañana, a eso de las diez, cuando mi papá me llamó a decirme que habían encontrado muerto a Juan Mario en su apartamento. Por la noche, después de la comida, se fue a su casa, se puso la piyama y se acostó a dormir. En la madrugada se levantó de la cama y en ese mismo instante cayó fulminado. Eso fue todo: así de inexplicable y sencillo.

Tal vez no sea una casualidad; quizás solamente la vida está llena de momentos así que nosotros hilamos cuando sucede algo. Pero durante algunos días me quedé pensando en ello. Es como si la muerte hubiera avisado, de alguna manera, justo antes de entrar en nuestras vidas. Lo único que agradezco es que les haya permitido esa última noche juntos.

Aquí, ahora

En el último día del año me gusta pensar qué pasará con mi vida 365 días después. La incertidumbre de no saber en dónde estaré, ni qué sucederá, ni tampoco si seguiré frecuentando la misma gente o pasará algo que me cambie la rutina, es algo que me agrada. Lo más probable es que no sucedan muchas cosas, pero, como todos, me hace bien pensar que quizás un año después la vida será distinta.

Es normal que a veces queramos ser algo diferente a lo que somos; es normal que soñemos con la vida de nuestro vecino, o con la mujer de otro, o con la suerte que tiene gente como nosotros que ha logrado más cosas. Como también es normal que nos hagamos propósitos que no estamos dispuestos a cumplir. Y no lo hacemos porque al fin de cuentas estamos programados para ser como somos, por más que nos empeñemos en cambiarlo.

A mí, por ejemplo, me gustaría ser un poco más constante y menos inseguro. Me encantaría dejar de pensar, a veces, que lo que escribo es una mierda repleta de lugares comunes. Pero no quisiera cambiar el hecho de ver las cosas con cierto pesimismo; creo que lo verdaderamente dañino es ese optimismo desbordado adobado con ideas de superación que la gente asume con la esperanza de cambiar su vida. Tengo una tía pintora que solo lee ese tipo de libros, escucha en el carro conferencias sobre el éxito y su propio léxico está cargado de frases insulsas como “nada es imposible”. Pero a la hora de la verdad sus cuadros no se venden y a mí me da la impresión de que esa actitud es una simple máscara.

No tengo ningún propósito para este nuevo año; dije que abandonaría este espacio para hacer otra cosa, pero después de tres intentos por hacer algo diferente me cansé y aquí estoy de nuevo. No tengo ningún propósito porque sé que al final no voy a cumplirlo. Me gustaría que pasaran algunas cosas, claro, pero si no suceden no va a ser tan terrible. Supongo que ésa es la ventaja de pensar que al final las cosas no van a suceder.