“A veces quisiera estar muerta”, dice Clarice Precious Jones, una adolescente negra y obesa atrapada en una realidad terrible: violada por su padrastro, madre de una hija con síndrome de Down, analfabeta, embarazada y obligada a vivir con una mamá que no deja de recordarle lo mucho que se arrepiente de no haberla abortado.Precious, la cinta del director Lee Daniels, no es ninguna metáfora sobre la vida ni mucho menos deja una esperanza para seguir adelante: es, por el contrario, un drama durísimo y descarnado que nos obliga a quedarnos pegado a la silla varios minutos después de que empiezan a correr los créditos y nos deja durante mucho rato la imagen de su protagonista en la cabeza. Y todo porque sabemos que, mientras regresamos a nuestra cómoda realidad, el mundo está lleno de Precious que no tienen ni siquiera un presente (y así ni hablar de un posible futuro).
No sé si venga al caso, pero Precious me reforzó una idea que he venido pensando y que –por supuesto– no es ningún descubrimiento: el mundo no es para los débiles. Siempre nos llenan la cabeza con ese cuento de que debemos ser los mejores, sobresalir, vencer, triunfar; cada minuto es valioso para alcanzar la cima, así no sepamos muy bien por qué ni mucho menos qué objeto tiene. Pero hay vidas, tantas vidas, que están perdidas de antemano; gente que se entrega en el camino o gente que nace rendida porque sencillamente su realidad no le deja oportunidades. Clarice es una de ellas.
Precious es una película para joderse. Una cinta para quedarse pensando en el sentido que tienen las cosas (si es que lo hay) y para salir del cine estremecido, fregado, noqueado. Destacables, además, las apariciones de Mariah Carey y Lenny Kravitz en papeles que nos hacen olvidar por un momento sus realidades de estrellas de la música. En últimas, son actores secundarios: la que queda rondando, seguro por muchos días, es la imagen obesa y desoladora de Clarice Precious Jones.




