Un extraño proceder

Tengo una tía que desde hace unos años se volvió cristiana. Y fanática. Como casi todas las personas que por cosas de la vida han terminado adorando al Señor de manera desmedida, mi tía no desaprovecha oportunidad para dejarnos saber por qué el Todopoderoso es la mejor opción de vida. No tengo nada con que las personas crean en lo que quieran, pero sí me aburre que los cristianos estén tratando todo el tiempo de imponerles a los demás su credo; por lo demás, es sabido que tratar de argüir con ellos es la mejor manera de perder el tiempo. Ya lo dice bien el lúcido Christopher Hitchens: “Si alguna vez has discutido con un devoto religioso, por ejemplo, habrás advertido que su amor propio y su orgullo participan en la discusión, y que le estás pidiendo que renuncie a algo más que un argumento”.

Yo, que aún me pregunto si Dios existe o no, creo que en ocasiones la propia vida –o el destino, o como se llame–, me dan más opciones para creer lo segundo. Me cuesta trabajo pensar que un Dios justo, como dicen que es, permita cientos de las cosas atroces que vemos a diario. ¿No es paradójico que a veces el Dios del que hablan se ensañe con la gente desprotegida y deje pasar impune a verdaderos cabrones? Pensaba en eso hace unos días a raíz de la muerte de María Camila Angarita, la niña de once años que falleció en el accidente del avión de Aires, en San Andrés. La historia es terrible: su madre, Noemí Sánchez, había ahorrado durante siete años para darle el viaje y, cuando finalmente logró reunir el dinero, ocurrió la catástrofe. Yo no creo que Dios tenga nada que ver en un accidente (digamos, mejor, que es una fatalidad más entre las muchas que ocurren a diario), pero si fuéramos a poner la cosa en esos términos, no estaría de más preguntarse por qué quiso el Señor llevarse a una niña que apenas comenzaba a vivir. Dirán, sí, que sus designios son inescrutables, pero a mí me sigue pareciendo una respuesta facilista.

Lo curioso del asunto es que, en vez de cuestionarse, la familia vuelve a dejarlo todo en las manos de Dios: “sabemos que es la voluntad de nuestro Señor. Él necesitaba tener el angelito más hermoso a su lado, y ese era nuestra prima María Camila”, dijeron. Los envidio, de verdad: sé que así al menos estarán más tranquilos, aunque la pérdida de un hijo sea un dolor para el que las lágrimas no alcancen.

El caso es que, si Dios existe, a mí aún me cuesta mucho trabajo entender su confuso proceder.

3 comentarios:

Juanito Efectivo dijo...

Mucha razón en eso de uno no solo estar debatiendo con los argumentos de otro, sino con su amor propio. Eso no solo aplica en la religión. Está tan arraigado el objetivo de salir ganando de una discusión que cuando uno reconoce una derrota argumentativa se presume de plano la ironía.

Yo también tengo unos tíos cristianos. Uno de ellos, Heliodoro, es mi referente moral. Yo hago caso omiso de su cristiandad, para mi ese es un atributo muy accesorio, como si fuera gay y ya.

Jorge Sánchez dijo...

Me gustó esta entrada, Martín. Yo dejé de creer en Dios hace ratos por la misma razón: no puedo tolerar que un "ser superior" permita todas las cosas horribles que pasan a diario en el mundo.

Martín Franco dijo...

Yo sé que no tiene sentido discutir, Juanito, pero así y todo a veces le dejo un comentario a mi tía en Facebook sólo por picarle la lengua. Es divertido. Jorge: así es. Qué bueno que vuelva; hace rato no lo veía por acá.