Vivir con el miedo

El bombazo sonó cuando apenas estaba amaneciendo. Duro, fuerte, con un eco que se expandió durante varios segundos largos. De inmediato comenzó otra vez la escena que tanto hemos vivido en este país de bombas: el pánico, la alarma, las especulaciones y el miedo. Sobre todo el miedo. Mientras desayunaba y me arreglaba para ir al trabajo pensaba que, a pesar de todo, tendría que tratar de hacer que el día fuera normal; creí que iba a ser difícil llegar a la revista, que las calles estarían atestadas de policía, que la gente dejaría de salir, que se hablaría otra vez de la guerrilla y que los años de terror que veíamos tan lejanos estaban en realidad agazapados.

Pero cuando salí a la calle (apenas a tres cuadras de donde explotó el carro bomba), todo seguía su curso: la gente caminaba tranquila, los carros pasaban por la carrera novena, dos jóvenes con morral esperaban el bus y un camión descargaba frutas en Carulla. Cogí el colectivo a la misma hora; el tráfico estaba igual que siempre. Afuera, la gente no parecía notar nada. Entonces pensé que tantos años de bombas nos han enseñado a vivir con el terror y ahora solemos mirarlo sin sorprendernos. Pensé que en algún lugar, no lejos de allí, un marido volvería a su casa a medio día, almorzaría con su esposa y apenas tratarían el tema por encima: "¿Viste lo de la bomba?", diría él. "Ah, sí: terrible", respondería ella. Y pasarían a otro tema.

Quizás lo más sorprendente de todo fue mi propia reacción. Aturdido por el bombazo y el sueño, con los ojos medio cerrados y las cobijas hasta el cuello, apenas intenté levantarme y pregunté, adormilado:

—¿Qué fue eso?

—No sé —respondió mi hermano, que estaba a punto de salir para el restaurante en el que trabaja.

—Qué raro —dije.

Y me volví a quedar dormido.

1 comentario:

Manuel Dueñas dijo...

Inquietante, Franco, inquietante.