Pero cuando salí a la calle (apenas a tres cuadras de donde explotó el carro bomba), todo seguía su curso: la gente caminaba tranquila, los carros pasaban por la carrera novena, dos jóvenes con morral esperaban el bus y un camión descargaba frutas en Carulla. Cogí el colectivo a la misma hora; el tráfico estaba igual que siempre. Afuera, la gente no parecía notar nada. Entonces pensé que tantos años de bombas nos han enseñado a vivir con el terror y ahora solemos mirarlo sin sorprendernos. Pensé que en algún lugar, no lejos de allí, un marido volvería a su casa a medio día, almorzaría con su esposa y apenas tratarían el tema por encima: "¿Viste lo de la bomba?", diría él. "Ah, sí: terrible", respondería ella. Y pasarían a otro tema.
Quizás lo más sorprendente de todo fue mi propia reacción. Aturdido por el bombazo y el sueño, con los ojos medio cerrados y las cobijas hasta el cuello, apenas intenté levantarme y pregunté, adormilado:
—¿Qué fue eso?
—No sé —respondió mi hermano, que estaba a punto de salir para el restaurante en el que trabaja.
—Qué raro —dije.
Y me volví a quedar dormido.


1 Moscas muertas:
Inquietante, Franco, inquietante.
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